Paco Marhuenda, un periodista de granja

Por Esteban Ordóñez

Marhuenda es un periodista de granja. Posee cierto aire cansado de rumiante que, en virtud de méritos evidentes pero inconfesables, ha sido ascendido a guarda de la casa. Mantiene esa compostura de pachorra y respiración caliente que se le pone a los mamíferos que siempre encuentran el pienso en el mismo cubo.

Luce una consistencia poco sólida sobre las mesas de los platós, da la impresión de que siempre se está recuperando de algún catarro. Hay en él una importante falta de vitalidad, un aspecto de hombre desubicado que deriva, seguramente, de haber extraviado el oficio de periodista en un despacho con moqueta ministerial.

Tiene la cabeza empotrada en el pecho. Su cráneo es ancho y compacto como un archivador de oficina burocrática. Parece que bosteza continuamente, aunque no abra la boca para hacerlo. El efecto proviene, quizás, de que su boca depende jerárquicamente de su nariz. El cartílago nasal atrae los labios, los curva desde el centro y le pone cara de asco mal disimulada. Va por ahí con un gesto de agravio preventivo, de víctima de un gulag imaginario, y eso le procura un placer incalculable

Como ocurre con muchos conservadores, ciertos apéndices de rectitud y de pureza protocolaria se han ido fusionando con su cuerpo hasta dejarle una imagen pintoresca: vive ahogado por la camisa, cabalgado por la chaqueta, y la corbata parece nacerle de la garganta. Lógicamente, toda esta parafernalia acaba desoxigenando las neuronas. De ahí, la miopía ideológica de Paco Marhuenda. Su cortedad de miras se deduce fácilmente porque se ha integrado en su fisonomía. Sin mirarlo, fijándonos sólo en el recuerdo, diríamos que siempre lleva las gafas empañadas, aunque realmente no sea así. Cree que la realidad es lo que ocurre entre sus lentes y sus ojos, y en ese par de centímetros cabe lo justo: unos cuantos prejuicios antiizquierdistas y (como se dice por ahí) un par de nalgas predilectas que, bien besadas, han acabado otorgándole una medalla.

Tal vez por esa seguridad y ese tenerlo todo atado, cuando ejerce de tertuliano, unas veces se divierte y otras se mira las uñas. Merece respeto, eso sí, por su paciencia ante los ataques que recibe. Vive muy convencido de su partidismo y de su corral ideológico y por eso no pierde los papeles habitualmente. De cuando en cuando, se le escapa una risilla juguetona que sugiere un carácter entrañable. Pero de vez en cuando.

Posee dos mejillas fofas como dos barrigas, unidas en el centro por una sombra de bigote. A pesar del afeitado diario, se le intuye una barba tenaz, afectada por una incoherencia moral muy católica y muy española. La molla de su cara es blanda y disgregable, puede suponerse que su textura se asemeja a la del pulpo a la gallega. Alrededor del hueso de la barbilla hay dos principios de michelín.

Es dueño de sus manos, eso es innegable, pero no así de su lengua. Le ocurre igual que a Rajoy. Padece la misma torpeza expresiva y los mismos tropiezos sintácticos. Comparten un diccionario de palabras infantiles, incapaces y anodinas. Aunque no es excusa, ambos poseen una lengua ancha y moluscosa que les colapsa la boca. Por algún motivo, mientras la lengua de Rajoy tiende a la tribulación, la de Marhuenda cae en el agotamiento. Hay que añadir que el director de La Razón tampoco controla sus cejas,  que dan pequeñas sacudidas cuando lo interpelan: un claro tic de menosprecio antidemocrático.

Por mucho que le duela a su nacionalismo español y panfletario, su aspecto físico general, si uno se fija bien, resulta un poco como si a Artur Mas lo hubieran metido en la lavadora con agua muy muy caliente y se hubiera destensado. Hay un vínculo extraño entre ambos personajes, una hermandad en el ridículo que incita a pensar en la conspiración.

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El chico del ascensor

Cuando has hablado con tanta gente a lo largo de la vida, cuando fugazmente has entrado en las vidas más variadas, recordar los rasgos de todos los personajes es imposible. Los tratas durante uno o dos días con el fin de preparar un reportaje y no más. Terminado el trabajo cada cual sigue su camino. En alguna ocasión, muy pocas, llaman para saber de ti o al revés. Es cierto que por las razones que sean algunos rostros se te quedan grabados pero son los menos. Al día siguiente ya estás en otra cosa.

Les cuento. Hace unos días entré a un ascensor amplio y cómodo de un centro comercial. Entre las personas que accedieron a la vez observé a un chico de unos 20 años en silla de ruedas al que cuidaba un hombre; todos hicimos hueco para ubicar al chico y a su padre. Los observé y seguí a lo mío. De pronto el hombre que venía con al muchacho, que sospeché era su padre, me miró y le vi sonreír, “¿no lo conoce?’”, dijo mientras señalaba al chico. Desconcertada y sorprendida porque el ascensor estaba lleno le dije un dubitativo “no…”. “Mírelo bien…” insistió. “Ahora mismo, ni idea, la verdad” concluí con firmeza a fin de dar por finalizado lo que yo creí que era una confusión. “Sí. Lo conoce pero no lo recuerda. Mire, la silla de ruedas que tiene es gracias a usted que denunció nuestra situación en el periódico. Por eso se la dieron”. Me vino un leve recuerdo y entonces no se me ocurrió mejor final que acariciarle la cabeza y decirle “Está hecho un hombre, eh!”, miré al papá luchador, sonreímos, se abrió la puerta y salí. Durante unos minutos mientras miraba unas prendas en el centro comercial recordé la escena pero no volví a recordarla hasta días después.

Cuándo hace dos o tres días me dio por colgar en Facebook el relato, muchos comentaron el gesto del señor. Y es que cuando te inclinas por el periodismo de la cercanía hablas con tantas personas a las que no vuelves a ver jamás, si acaso durante el tiempo que dure la batalla mediática, que los borras de tu cabeza. Aquí debió ocurrir así. Alguien me dice que tiene los reportajes guardados y ha prometido dejármelos. He podido recordar que la criatura vivía en La Paterna y nada más. Juro que ocurrió exactamente así, juro que no recordaba al muchacho y juro que esos gestos no tienen precio. No pensaba contarlo, pero hace tiempo que no me pido permiso. Viendo las malas noticias con las que cargamos cada día, esta por su sencillez, me parece una bonita historia.

Breve y bonita.

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Saldar una deuda

Una noche se escucharon gritos. Salían de un piso cercano. A los gritos les sucedieron golpes, carreras y portazos. Era de madrugada. Poco a poco los vecinos, alertados, aparecieron por las ventanas. Los insultos tenían voz de un hombre, eran alarmantes. Se miraban unos a otros. No sabían si llamar a la policía o si callar y mañana será otro día. Y en eso estaban cuando sonó el portal. Alguien salía. Era una mujer. Llevaba de la mano a una niña de unos ocho años con un jersey y un pañuelo de esos que coges a la carrera. Ambas cruzaron la calle aquella noche y pararon en una cabina telefónica. Era evidente que mamá huía de las amenazas y protegía a su niña. Con las prisas olvidó el móvil. En la casa no se volvió a escuchar ruido alguno; ni gritos, ni insultos ni portazos. El animal estaba manso.

Como sabemos hoy nadie usa una cabina telefónica si no es por una necesidad imperiosa, pedir ayuda, por ejemplo. De pronto de un edificio cercano salió una mujer a quien el pijama le asomaba por debajo de la bata y se dirigió a la mamá mientras giraba la cabeza hacia la vivienda de la que poco antes habían salido los gritos que despertaron al vecindario. Madre y vecina cruzaron unas breves palabras. La segunda agarró la mano de la pequeña, la cubrió con una manta y la subió a su casa. Allí durmieron. Al día siguiente la abuela de la pequeña vino a por ellas. Palabras de gratitud eterna pero en esas horas algún vecino se interesó por la vida de las amenazadas y supo que son venezolanos y que carecen de familia en Canarias salvo la abuela, que comparte casa con una amiga en el sur de la Isla. Todas en mala situación económica.

Esa noche nadie supo ni quién era el amenazador, ni qué papel jugaba en la vida de la mujer. Al día siguiente contó que hacía seis meses que mantenían una relación. Cada cual siguió su camino y nadie pensó que las piruetas de la vida forman parte de la existencia misma. Un empresario conoció la historia y al mes la mujer tenía trabajo y la niña techo de alquiler que abona él mismo. Dijo estar en deuda con Venezuela y quiso saldarla ayudando a quienes ahora necesitan de Canarias como cuando él emigró a la octava isla.

Tal vez cuente su historia de emigración. Se lo he pedido.

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