El periódico de mi vida

Marisol Ayala

Los que hemos pasado tres décadas viviendo día a día el frenesí de la mejor redacción que ha habido en Canarias llevamos unas semanas con la memoria activada en un tobogán de emociones. La Provincia, el periódico de mi vida, cumple su 40 aniversario y Editorial Prensa Ibérica lo ha celebrado exhibiendo en la calle, como regalo exclusivo, 17 primeras páginas que son historia de nuestra tierra.  Páginas que el frenesí de la profesión han ido borrando de la memoria pero que al recuperarlas de nuevo recuperas momentos vividos, momentos compartidos. Han sido varias generaciones de periodistas que gracias a La Provincia/DLP vivimos en sus páginas contando el diario acontecer de nuestras islas, de los lectores, de lo que pasa ahí fuera. Algunas de esas primeras páginas las tengo grabadas a fuego. Cuánto trabajo, cuántos matices hay en cada una de ellas. Una página no la hace una persona sola; la noticia adquiere categoría de primera página, porque así lo decide el director, luego texto y foto se adaptan a la creatividad de la maqueta y finalmente hay que buscar un titular que atrape al lector. Paseando por ellas hay algunas que me han trasladado a la mesa del mejor redactor jefe que he tenido, Paco Cansino. Un apasionado del periodismo que nos enseñó la importancia de un titular directo y una buena entradilla, las patas del banco para enganchar al lector.

Estos días he visto varias en las que tuve algo qué ver, por ejemplo, la entrega de Ángel Cabrera Batista, “El Rubio”, el juicio y su sepulcral silencio. O la muerte del magnate de la prensa Maxwell en aguas canarias. La prensa inglesa ofreció cantidades mareantes por una foto del suceso. No se vendió. Éramos ilusionados periodistas a quienes La Provincia nos regaló ejercer periodismo del bueno. Cada uno tiene en su memoria una noticia, la página que trabajó en silencio, a veces con el miedo de ser desmentido al día siguiente.  Ya puestos diré que tuve cerca a la mejor cómplice, la mejor periodista, Ángeles Arencibia. Hacía fácil lo difícil.
Uno de los momentos mágicos vivido en tantos años fue la ingesta de Alprazolan de la modelo británica Noemi Campbell en el hotel Santa Catalina. El compañero Rafa Avero cazó a la modelo en el hospital del Pino, donde ingresó y la página dio le vuelta al mundo. Tantos recuerdos y tanto agradecimiento que uno de mis hijos, Miki, se quedó en esa casa cuando yo me fui.

Lo dejé en las mejores manos.

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Hombres valientes

Marisol Ayala

Aarón Martín Marrero tenía seis años el 4 de enero de 1979, el día que en la Factoría de Pescados y Fábrica de Hielo Hijos de Ángel Ojeda situada en El Rincón 11 obreros perdieron la vida atrapados por los gases que emanaban de una tubería interna y que ellos, en su inocencia, en su ignorancia, bajaron al fondo de la factoría para desatascar una arqueta. Pero no era una arqueta. Todos trabajaban sin seguridad, a pecho descubierto. Los dos primeros que bajaron, los más jóvenes, cumplieron las órdenes de los jefes, una panda de ignorantes que pensaron era un atasco sin más.  Nadie comprobó previamente la causa del atasco y los dos primeros que bajaron no subieron; ante esa la situación terrible otros dos compañeros se ofrecieron voluntarios para tratar de rescatar a sus compañeros y solucionar el problema. No subieron. Cuatro fallecidos más. Finalmente el número se elevó a once. La tragedia recorrió el país. Aunque entre los supervivientes se organizó en la boca del pozo una cadena humana para impedir que bajara ninguno más la histeria y el dolor pudo con todo. Violaron el cordón humano.
Por razón de su edad, seis años entonces, Aarón no recuerda nada del suceso. Sus recuerdos son herencia de lo que escuchó de niño y leería de mayor. Pues con lo poco que memorizó, cuando terminó sus estudios de Seguridad Laboral decidió que un suceso tan brutal, con tantos muertos, cuyos culpables no fueron otros que los dueños de la fábrica Ojeda que le abrieron el ataúd, sin máscaras de oxígeno, protección cero, se propuso que el abuso de autoridad, la imposición de ordenar bajar a encontrarse con la muerte había que escribirlo. Así eran las cosas hace 40 años cuando el valor de un obrero era la nada. Para Aarón, hoy Policía Local del Lpgc, escribir “Hombres Valientes” es un golpe a la consciencia de quienes pescando, pescando, pescaron a los más débiles, a los más vulnerable llevándoles a la muerte. El relato de Aarón pretende por encima de todo destacar la valentía de unos hombres que dieron la vida por sus compañeros. El libro es una página negra de nuestra historia que aporta sentencias y datos técnicos de una forma de trabajar y vivir que hoy cuesta entender.

El libro se presentará el martes 2 de octubre a las 19.00h en el IES El Rincón. Hay un párrafo  que destaca la solidaridad de aquellos  obreros que se jugaron la vida por salvar a sus compañeros.

Hombres muy valientes.

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La niña de la patera

Marisol Ayala

Es bonita hasta decir basta. Su cintura cabe en un puño, su piel es suave, negra, brillante, maravillosa. Hoy tiene 22 años y hace unos días vino a casa a echar la tarde. Ella sabe que nuestra casa es la suya, que donde estemos cabe ella. Viene menos de lo que nos gustaría. Llevaba seis o siete meses sin verla y le tiré de las orejas. Aquí los amigos vamos guardando los regalos que no viene a recoger; ella sabe que están a buen recaudo. Lo único que le exigimos es que solo se los daremos a ella, excusa perfecta, para poder verle la cara. Ese día, cuando tocó en casa, escuché un “abre…soy yo” y me hizo gracia. Así pasen mil años ese “abre… soy yo” es ella. La vi entrar, guapa, pícara, atesorando aún la niña que conocí cuando la cogíamos en brazos. Recuerdos y recuerdos. Siempre quiso estudiar magisterio aunque pasó por coquetear con Farmacia y Periodismo hasta que finalmente sus mamis cogieron las riendas de su confusión y la orientaron. ¿Dije recuerdos?, sí, maravillosos recuerdos. Nació en Ghana y llegó a Canarias en una patera. Era un bebé. Sus mamis de hoy buscaban entonces una adopción después de siete años de noviazgo pero querían un ser especial, un bebé que las enamorara con solo mirarlas. Así que un día se fueron a Miller Bajo, al centro de Acogida de Extranjeros, y allí hablaron con un amigo periodista que las orientó. Estaban decididas a aumentar la familia por esa vía y fue entonces cuando en el Centro de Acogida de Menores Extranjeros de Gran Canaria pusieron las cartas boca arriba. Alguien les habló de la historia de la niña que vino a casa. No será fácil, advirtieron. Cada cual movió las fichas que tenía a su alcance, se localizó al bebé y se supo que el expediente estaba pendiente de que algún familiar reclamara a la niña. Esos días las mujeres me dieron una fecha y un recorte de La Provincia en el que se leía. “El bebé que llegó en patera hizo la travesía con sus padres que perdieron la vida”. Localicé el original. Impactadas se empeñaron en que esa sería su niña o en todo caso, de ese perfil. Nunca han sabido sí la niña que han criado llegó en patera en moto náutica o en avión. No les importa, cuestión de protección, pero sin duda la joven de ojos negros, feliz, que escucho tararear es la suya. La que querían, la que quieren.

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