Perfil de los canarios adictos a las drogas

Los isleños que fueron atendidos en la Fundación Yrichen en 2016 tienen entre 26 y 44 años (50%) y son politoxicómanos en un (75%);  en el caso de los varones, el tiempo de consumo ronda los 11 años (48%), mientras que las mujeres llevan entre 6 y 10 años (46%). Los ansiolíticos escala posiciones en la población femenina

La red de Atención a las adicciones (UNAD) en Canarias presenta hoy las conclusiones de un estudio sobre el perfil de las personas atendidas en la comunidad durante 2016. El trabajo, coordinado por la red UNAD, se ha elaborado en colaboración con el Colegio de Sociólogos y gracias al apoyo del Plan Nacional Sobre Drogas (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad).

El perfil de quienes solicitaron atención por problemas de adicciones el pasado año es el de una persona de entre 26 y 44 años (50%) que consume varias sustancias (75%);  en el caso de los varones, el tiempo de consumo son más de 11 años (48%), mientras que las mujeres llevan entre 6 y 10 años (46%).

Las drogas más consumidas entre las personas que han solicitado ayuda a UNAD Canarias son: en primer lugar la cocaína (27%), en segundo el cannabis (25%) y la heroína (25%). El informe, además, revela que los problemas con ansiolíticos y somníferos entre las mujeres (16%) multiplican por ocho al de los hombres (2%).

En lo que se refiere a quienes recibieron atención por primera vez en 2016, las sustancias más consumidas son cannabis (29%) y cocaína (27%). Resulta interesante señalar que entre las personas recién llegadas las mujeres superan a los hombres en el consumo de cannabis (32%), mientras que entre los hombres se demanda mayor asistencia debido al consumo de cocaína (28%).

El capítulo dedicado a las adicciones sin sustancia sitúa en cabeza la adicción al juego (92%) seguida de la adicción a videojuegos (8%). En este grupo, también se observan claras diferencias de consumo asociadas al género: entre las mujeres el juego patológico concentra la mayor parte de las asistencias, mientras que entre las personas usuarias se ha tratado la adicción al juego (91%) y a los videojuegos (9%).

UNAD Canarias ha realizado un importante seguimiento a las familias de las personas con problemas de adicciones. El perfil de familiar que acude a la red es principalmente el de una madre (70%), seguida de la pareja (20%) y en tercer lugar el padre (9%). En cuanto a la prevención, entre los servicios que prestó UNAD Canarias en 2016 destacan las actividades realizadas dentro del ámbito escolar, con menores y jóvenes.

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Vericuetos de la vida

Marisol Ayala

Los lectores, al menos los que transitan esta columna, tienen una sensibilidad que a veces comparten conmigo. Me envían textos que guardo sin más intención que disfrutarlos. Son historias, relatos familiares, recuerdos entrañables en los que en muchos casos aparece la figura de un menor. Eva es una de esas lectoras. Hace meses recibí un carta suya que publico hoy puliendo mínimamente su escritura porque esos renglones están plenos de orgullo y compromiso. “Te envío esta carta. Léela con atención”, pide. Comienza: “Te cuento. Mi hermana no podía ser madre y quiso adoptar; le daba igual que el niño tuviese un defecto físico, quería tener un bebé a quien proteger. Un día un médico Le comentó que había nacido una criatura con síndrome de abstinencia, herencia de madre toxicómana, a la que sus padres no podían cuidar. El doctor realizó los trámites y con la niña fuera de peligro mi hermana se la llevó a casa. Los padres biológicos, ya curados de su adicción, quisieron saber de su hija pero habían pasado los años, ya era tarde. Había sido dada en adopción. Aun así se presentaron en Menores para que no pusieran obstáculos si un día la niña, su hija, quería conocerles”. Tomaron nota y nada más.

“Mi hermana le dijo siempre a la pequeña que ella no era su madre y que cuando fuese mayor si quería podría conocer a sus papás, incluso irse con ellos”. La tía le ayudaría. “Quiso el destino que mi hermana muriera y la pequeña se quedó a vivir con mi cuñado que desgraciadamente también falleció joven. En suma, que con 11 años mi sobrina se quedó huérfana. Sin dudarlo mi madre y yo nos hicimos cargo de ella”. Cuándo cumplió 18 años fue a Menores y manifestó su intención de conocer a sus padres biológicos. Batalló hasta lograrlo, una vez consultados los adoptantes, claro.

“Curiosamente sin haber visto jamás a sus hermanas biológicas, al verlas se reconoció en ellas. Eran muy parecidas. En esos días nos reunimos las dos familias y partir de ahí nos vemos mucho, todos los domingos. Como te imaginas esos padres agradecen, especialmente a mi madre, haber cuidado de su hija y no poner obstáculo para abrazarla. Ahora mi sobrina tiene un bebé y los abuelos maternos están recuperando el tiempo perdido, pendientes de ella. A mi madre se le llena la boca diciendo que de no haber sido por ellos jamás habría tenido una nieta tan especial”.

“Como ustedes”, le escribo.

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La obsesión, cómplice de los destrozos estéticos

Marisol Ayala

Crónica de tres casos en los que los pacientes se jugaron la vida

Hace varias semanas, en una de esas noches en las que se para el reloj e intentas engañar a la madrugada, me dediqué a bucear en la red. Hacía tiempo que no jugaba a noveleriar así que me paseé por páginas raras, curiosas. En eso estaba cuando cambié de dirección y con desgana entré en la plataforma (HBO) y como siempre fui a parar al apartado de documentales, es decir, la vida misma. La imagen de una portada atrajo mi atención y el título ya me situó en el epicentro del bisturí loco. “Es lo que buscaba”, me dije. Un trabajo de investigación periodística. Se trataba de una mini serie americana basada en la experiencia de tres casos quirúrgicos -“Desastres Estéticos”, creo- en el que dos mujeres y un hombre de edades comprendidas entre los 40 y los 60 años contaban por separados hasta dónde puede llegar la obsesión por corregir con la cirugía defectos físicos que en ocasiones solo ven ellos. Imperceptibles. Se juegan la vida si hace falta y se ponen en manos de los primeros que ven en una publicidad engañosa. No se molestan en saber titulación, ni capacidades. Solo les importa la envoltura de sus mentiras y el precio, aunque tampoco tanto.

Cirugía estética

Eran tres. Una liposucción, una operación para mejorar el aspecto del cuello y eliminar las arrugas y el tercero, el único varón, su inocente intención de corregir y eliminar una pequeña verruga en la punta de la nariz. Ese era el cuadro, los mimbres para el cesto de la basura donde fueron a parar los tres. Cuando ves estos trabajos periodísticos esperas que la hecatombe no tarde en aparecer.  La dirección del documental supo dosificar el temor del espectador alargando ese momento sin mostrar mucha miseria. Con cuidado y paciencia, supongo que con dinero y tiempo también, de lo contrario es imposible desplazar a un equipo durante meses a realizar un seguimiento tan largo, lograron su objetivo.

La cosa es que lo primero que aparece en la pantalla es una mujer americana de cuerpo rotundo, grande, fuerte, rubia y feliz junto a su marido. Allí estaban ellos contando en una bolera del pueblo que estaban a punto de jubilarse y que la ilusión de ambos era disfrutar de su finca y recorrer los estados que no conocían. Habían trabajado mucho y ahora tocaba descansar pero eso de que el hombre propone y Dios dispone comenzó a asomar la patita. La mujer era diabética y rechazaba la grasa que se acumulaba en su barriga, de ninguna manera excesiva, pero para ella era un problema. Estaba obsesionaba.

Un día estaba viendo tv cuando reparó en un anuncio que mostraba chicas altas y delgadas que según una voz en off de la mano de un cirujano o sucedáneo de cirujano, habían quedado así de esculturales. Delgadas, altas, melenas y juegos en la playa. Imagen idílica. A la señora le impresionó aquella publicidad y esa fue su perdición.

Contaba la mujer que era diabética y que durante años los médicos le aconsejaron ejercicios para que desaparecieran esos kilos en el abdomen. Pero no había manera. La solución, entendió ella, estaba en el cirujano de los milagros, el de la tv. Los ejercicios no causaban el efecto esperado.

Como se imaginan acudió inmediatamente a la clínica y allí le dijeron que ni la diabetes ni otras alteraciones de su salud, entre ellas una inestable tensión arterial, sería problema alguno para someterse a una cirugía. Le dieron precio, le prometieron un éxito y sin una mínima prueba analítica la metieron en quirófano.  Estaba encantada. “¿Por una liposucción?, nada, usted no tendrá que pedir la baja laboral porque a los dos días estará en casa”. Error de cálculo. Cuando la mujer despertó se encontró muy mal, con dolores importantes que los sanitarios lo solucionaban con calmantes, pero sin conocer al origen del problema. Pasaban los días y la señora no levantaba cabeza; aun así le dieron el alta pero al día siguiente la familia, al ver su estado, la trajo de nuevo a la clínica. “No, acuda usted a su médico de cabecera”, le dijeron.  Ante esa respuesta su esposo tuvo la feliz idea de consultar con otro cirujano.

Fue ahí cuando supieron que el cirujano que la había operado en la clínica (que no lo era, era médico general) perforó el estómago lo que llegó a comprometer su vida de tal manera que los dedos de un pie acabaron necrosados y tuvieron que amputar primero los dedos de un pie, más adelante una pierna y más tarde la otra. Un reportaje impresionante que debían ver todas y todos los que se ponen en manos de quienes son unos delincuentes con el bisturí y expertos en el engaño.

Ya era tarde cuando el abogado que contrataron se enteró que esa cadena de clínicas estéticas no tenía ni medios ni el personal adecuado. Iniciaron un largo proceso judicial y solo por la tenacidad de la enferma. Recibieron una indemnización aunque la clínica nunca asumió responsabilidades de mala práctica médica sin embargo cuando el caso salió en los medios y el desprestigio de la marca era el que merecían los directivos, cerraron los centros y los abrieron en otro estado. La señora no ha dejado de batallar, de aparecer en todos los medios que se lo permiten. En ellos cuenta todos los detalles de su drama. Las cámaras acceden a su casa y que se mueve en silla de ruedas que maneja gracias a sus manos.

El otro caso, la mujer coqueta que presenta el documental es tremendo porque para corregir unas arrugas de su cuello acabó con la cara descolgada, sin poner tragar y absolutamente devastada. Quien había sido su compañero sentimental explicó que ella siempre fue exigente con su cuerpo, coqueta y feliz, pero tal vez su obsesión le llevó a ponerse en las peores manos. Creo recordar que se sometió a unas 20 intervenciones posteriores a la que le causó el desastre original. Se convirtió en un problema para los médicos de tal manera que los especialistas eran reacios a entrar en un problema quirúrgico que otros habían causado y, también, porque, le dijo uno, “las posibilidades de mejorar son escasas”. Frente a esa afirmación la paciente decidió hacer un video casero para asimismo pasearlo por las televisiones. Lo hizo sola, mostrando su trágico estado físico. Sólo hizo un ruego al médico: “Cuando me muera quiero que usted investigue en mi autopsia para saber dónde comenzó el final de mi vida”. La mujer tenía 47 años pero aparentaba 80. Un despojo humano.

Verruga en la nariz

El tercer protagonista del documental es un hombre. Entre 45/50 años, de aspecto moderno, media melena, mirada franca y en general con buena planta, alto, delgado, pero fibroso. Aparentemente un hombre feliz, esa es la percepción que recibes al verlo. Pero ya sabemos que la mentira se pasea por el cuerpo como Pedro por su casa. Lo cierto es que este señor comenzó a obsesionarse con una especia de promontorio, no llegaba ni a verruga, que tenía en la nariz, a la altura de orificio izquierdo. No le gustaba, pensaba que le afeaba, no estaba a gusto. Contó que esa verruguita de nada crecía y crecía, seguramente él la vería enorme dado que una de las características de la obsesión es esa, creer qué lo qué te roe, una verruga, es otra cosa y nunca buena. En ese cuadro de obsesión se retocó la nariz con frecuencia, se miraba al espejo y aunque su mujer le decía que no le diera importancia él le dio importancia y dinero. La primera consulta médica que, evidentemente fue un bálsamo. “Nada, eso lo arreglamos por aquí y por allá. Aquí ponemos una especie de piel artificial, y nada. Queda estupendo”. Error, error, error. En ese proceso escuchó decenas de veces “lo arreglamos”. Su mujer, joven, guapa y sensata, no entendía la pendiente que había elegido su marido, la lucha encarnizada contra una verruga que ella veía como empeoraba en cada post operatorio y no entendía la importancia que él le deba. Por otro lado, los dolores de cada intervención, cada vez más arriesgadas y con el fracaso como punto de partida, eran importantes por lo que todo era inexplicable.  En el documental hay una escena que es sintomática de la obsesión de la que hablo. Un día su mujer lo trae a casa una vez que lo operan de nuevo, en esta ocasión con una nariz ya muy deformada, incapaz de aguantar una manipulación más. Los dolores que durante el trayecto sufría el paciente se veían reflejados en la cara de la mujer que de reojo miraba el sillón trasero y se lo encontraba recostado, tapándose la cara con toalla, loco de dolor. “Nada me calma”, musitaba. Mientras ella apretaba el acelerador un mundo de ruidos, frenazos, gritos, lunes, música, y claxons, lo empeora todo. Creo que fue en ese post operatorio en el que se produce una reflexión en voz alta que incluso sorprende al paciente. El dolor, el resultado quirúrgico, la sangría económica y la angustia con la que vive la familia su maridaje con el quirófano le animan a preguntarse en la soledad de su habitación. “¿Era para tanto?, ¿estaba mejor antes?”, sin embargo la obsesión, a veces la imposibilidad de asumir una derrota, así debía vivirlo, le quitó de la cabeza la sensatez de poner freno. No pudo.

Bueno, sí que pudo. Pudo cuando los cirujanos apenas no tenían hueco para colocar un material que diera forma a su nariz escasa. Antes de la rendición la cámara muestra como un bisturí ataca una de sus orejas y de la parte trasera extrae una lámina de carne y piel destinada a rellenar lo quedaba de aquella nariz.

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