La envidia

Marisol Ayala

Hacía tiempo que deseaba escribir sobre la envidia, un sentimiento para mi desconocido y que de pronto la he visto llegar a mi vida, escondida tras la máscara de una falsa generosidad. Una, que cree saber mucho de la vida, se ha dado cuenta de que sabe muy poco y desde luego de la envidia nada. Reconozco que me sorprende la evolución de ese mal sentimiento porque es doloroso en quienes lo sufren como diana miserable como para su poseedor porque pone al descubierto lo peor del ser humano.

Estos días leyendo de esa alteración mental, que lo es, e identificado a personas que han paseado por mi vida con impostado afecto pero desde que han visto que asomas la cabeza con notoriedad, la herida de la oculta envidia ha sangrado hasta la hemorragia.

El envidioso quiere poseer algo, ya sea belleza, dinero, éxito, poder, libertad, personalidad, etc que él no tiene y el otro sí. Desearía destruir a toda persona que como en un espejo le muestre sus limitaciones. La envidia es la rabia vengadora del impotente que en vez de luchar por sus anhelos prefiere eliminar la competencia. Es la defensa de los fracasados. Es un sentimiento que forma parte de ese rasgo humano, el narcisismo, desde el cual el sujeto experimenta un ansia infatigable de destacar, ser el centro de atención, ganar, quedar por encima, ser el “más” y el “mejor” en todas circunstancias. Se siente continuamente amenazado por los éxitos, la vida y la felicidad de los demás. Vive en perpetua competencia contra el mundo. No es que los demás tengan cosas que ellos desean: las desean precisamente porque los demás las tienen. Para no sentirse menos o para no “quedarse atrás”. Ese sufrimiento condiciona su personalidad, su estilo de vida y su felicidad. Todos ellos, sin excepción, están condenados a la soledad y hay que huirles.

La envidia de narcisistas y codiciosos nutre los concursos de televisión y sus audiencias. La mutua envidia de las mujeres y hombres robustece el colosal negocio de la belleza y la moda. La envidia sexual es el combustible del morbo y la prensa rosa. En suma, cuanto más débil, insatisfecha o narcisista es una persona, tanto más envidiará a la gente que posee lo que a ellos les falta.

Este texto podría dedicárselo a varias personas pero no lo haré. Ya no están en mi vida. Olvidé sus nombres. Seguro que leyéndome hoy han recordado a alguien. No tengo la menor duda.

Yo a unos cuantos.

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Salió mal

Marisol Ayala

En ocasiones tomamos decisiones en las que acertamos de pleno sin pensarlo mucho; en otras pensamos tanto sus pros y sus contras, medimos cada paso, y nos estrellamos. Cuando el fracaso causa daños colaterales ocurre, como dice el protagonista de la columna, “me destrozo y destrozo, terrible”.

Le conozco hace años, más a él que a su mujer. Siempre me pareció un hombre sólido, que respetaba y le respetaban. Y guapo, qué también es un valor. Nadie sabe apenas de sus vidas, discretos, unidos. Al menos yo solo conozco lo que destilan, coherencia, buenas personas, compromiso. Un día de hace dos años me envió unas palabras por messenger que  he visto ahora. Los escondrijos de las redes ocultaron sus palabras durante ese tiempo pero hace días haciendo limpieza tropecé con ellas.  Saludos, afecto y por mi parte gratitud por el tiempo en el que me buscaba la vida y me ayudó. La misiva tenía una coletilla, origen de estas letras “si te apetece cuéntalo un domingo que te parezca”, me invitaba. Y eso hago hoy. Es un médico especialista, no diré más.

Tienen un hijo por encima de los treinta años y una buena situación económica. Un día decidieron aumentar la familia por la vía de la adopción, “somos progres, no pijos”, aclara. Felices, ilusionados y nerviosos le abrieron a una niña las puertas de sus vidas. La llamaron Estrella. Vivían pendientes de sus hijos pero la vida siempre camina por donde más cómoda se encuentra aunque el riesgo sea infinito. La chiquilla dio batalla desde pequeña. Sufría un TDAH, (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) diagnóstico que despuntó cuando con cuatro años comenzó a normalizar su asistencia a clase. Era un torbellino que lo alteraba todo. Pero lo peor estaba por llegar. Un día de esos años los educadores llamaron a los papás porque aquella criatura era incontrolable. Ese día abandonó la clase acompañada por la policía. Como se imaginan la vida de la pareja se ha convertido en un infierno que arde por los cuatro costados. Estrella dejó de ir a casa; pasaba los días con gente poco recomendable así que ocurrió lo que estaba previsto. Un embarazo. Rechazó a su bebé, no quiere ni verlo; lo crían sus abuelos. Para que la pequeña reconozca a su madre, cada mes buscan a Estrella y la llevan a casa para que se familiarice con la cara de mami. Está poco y regresa a su vida, a trapichear con heroína.

Todo salió mal.

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Se veía venir

Marisol Ayala

La estupidez es prima hermana de la torpeza. Conozco estúpidos y torpes que viven en el mismo cuerpo pero hasta en ese ranking de imbéciles hay niveles. Los de matrícula de honor y los de aprobado raso. Meteré en ese bombo a dos torpes, funcionaria y arquitecto que no se conocen pero de alguna manera han llevado vidas paralelas. Cuando cada uno se quedó solo y tuvo que caminar sin muletas, cosa que cada cual hizo con la torpeza que les caracteriza, pero en primera línea de playa, es decir, culpando al mundo de la caída en desgracia, fueron fieles a sí mismos. Es decir, verbalizando la seguridad de que los torpes, estúpidos, suficientes, malhumorados o malcriados eran otros, no ellos. Con el tiempo se han superado en la estupidez apartando de su lado a quienes hasta les quisieron, una buena legión, por cierto. Atrás quedó la brillantez de ambos, cada uno en su profesión. A él, que transitó terrenos peligrosos en una exhibición falsaria de Rey de la pista, mil veces le acogieron amigos cuando despuntaba el día, y no sabía ni donde vivía. Esos  estuvieron cerca hasta el agotamiento compartiendo éxitos y fracasos, cada vez más lo segundo que lo primero.

Sus incondicionales fueron los que descubrieron en cada uno que su amargura tenía mucho que ver con la soledad, la cercanía del fracaso personal, o el infierno interno, ese que abrasa. Nada queda ya de aquel hombre deportista y divertido que fue.  Lo de ella es para nota. Habla tanto y de tantos que ya no tiene ni con quién hablar, ni a quién recurrir, ni se abren puertas que se abrían. La torpeza y la estupidez, malcriada y grosera, la retrata con precisión. Con los años se le ha dibujado un rictus de quien tiene la cabeza metida en un retrete. En realidad su vida habita en la vasija. Lo chungo es que solo ellos son culpables de su deriva, de su incapacidad para remontar, para reconocer logros ajenos. Cada uno por su cuenta se acostumbró al éxito, a maltratar compañeros hasta maltratarse  a sí mismos. La envidia y la frustración siempre les impidieron valorar logros ajenos. Enfermos de yoismo. Cuando alguien piensa en ellos para un proyecto siempre hay otro alguien que los rechaza. No los quieren. Son tóxicos. Han sido unos linces para hacer picadillo sus vidas habiendo sido lo que han sido. Se veía venir. Bueno, lo vimos todos menos ellos.

Y ahí están, en la cuneta, mendigado un saludo.

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