En tu vida mando yo

Marisol Ayala

Le cuesta sonreír, sus labios secos revelan que le duele articular palabra. Esa tarde jugaba con los dedos, con las manos, miraba sin ver. Estaba pero no estaba. 42 años. Hace siete años se las prometía muy felices cuando abrió su vida a una niña de cuatro años y hoy, al finalizarse el aroma del amor, está afrontando el dilema más duro de su vida; no lo disimula. Un día quiso el azar que Lucía, así la llamaremos, reparara en un anuncio del Gobierno canario. El texto invitaba a familias canarias a iniciar la adopción temporal. Comprometerse con los niños necesitados. “Ese anuncio está escrito para mí”, dice que pensó. Se trataba de acoger temporalmente a un menor, integrarlo en la familia y que el tiempo y los acontecimientos marcaran el camino y la relación. Cara o cruz. Las dos se jugaban momentos dolorosos aunque tal vez la que más arriesgaba emocionalmente era Lucía. O abrazar para siempre a su niña o devolverla a Menores e indicarle el camino de su familia biológica que, probablemente, no tenía ni medios, ni cabeza, ni tal vez ganas de más problemas. Esos distanciamientos familiares siempre causan fisuras propias de las relaciones complicadas, de la pobreza, de la miseria y esta lo había sido.

Han sido seis años compartiendo vida y conflictos, solas, cogidas de la mano para alcanzar la orilla. Eso une y desgasta. Dijimos que Lucía no es comunicativa, por ello sorprendió su “ahora me toca a mí” en aquella reunión. Y habló. Y contó. Estaba avergonzada, pero lo hizo. La niña que adoptó se le ha subido a la chepa desplegando desde ahí el amplio muestrario del síndrome del emperador. Esclavizar a mamá, aquí mando yo. No dejarla salir, controlar su móvil, recriminar sus tardanzas, rechazar a sus amigas y mil cosas más. Hace poco hicieron una mudanza en casa y la niña maltratadora dirigió el operativo sentada en un taburete mientras su mami recibía órdenes. La machaca.

La pregunta que una se hace es la misma que se harán ustedes y la respuesta es “¡sí!”. En su afán dominante ha habido empujones e insultos y sospechamos que algo más. Le ha perdido el respeto. “¿Cómo has llegado hasta ahí?”, pregunta una amiga. Se encoge de hombros.

La pena mal entendida. El concepto “pobrecito” ha hecho mucho daño. Educar en la compasión está abocado al fracaso. Necesitan disciplina, amor y saber quién manda. Lucía no se explicó bien.

Hoy las dos viven horas decisivas.

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Las llaves de Vegueta

Carla Sánchez

1478, cuatro cifras que marcan el inicio de un escenario fascinante y no me refiero al hotel que usa este número por nombre, que también, pues todo lo que salía de la mente y lápiz de Miguel Martín Fernández, se convertía en un plano fascinante. Me refiero al lugar atado a la fecha, al principio de Las Palmas de Gran Canaria, protegida de piratas e intrusos por una muralla, que encuentra su desahogo en “La portada”, hecho, que nos convirtió, a todos los moradores de los arenales en vecinos “de fuera de la portada”.

Yo con esta fecha, quiero hacer referencia al lugar donde “al mar repican”, que además, custodia como un tesoro las obras de Luján Pérez, donde oró Colón a su paso por esta isla, al suelo que alberga las estancias que generosamente Gregorio Chil y Naranjo donó en favor del Museo Canario, a las callejuelas por las que dio vida Víctor Doreste a Faycan y su pandilla perruna, parándose a ver, el rugir del Guiniguada cuando llovía, desembocando en el mar, no si antes pasar bajo el puente de palo, a la vista de quienes se echaban un “pisco” en el mítico bar polo. Es en este lugar, donde llegó al mundo una voz eterna, Alfredo Kraus, donde tropezaba entre adoquines el bastón de Néstor Álamo, en su paseo desde su taller de la calle La Peregrina, hasta su casa en la calle San Marcos. Hablo también, del lugar de origen de las raíces dormidas del árbol del responso, donde se daba el último adiós a los finados, a la sombra de sus ramas, en la calle de los Reyes, me refiero, por tanto, al lugar desde el que se esparció la ciudad y es vigilado en sus riscos por cinco santos, San Nicolás, San Juan, San Roque, San Antonio y San Francisco, custodiado por una vigía de cinco picos, que a la vista de los que miramos desde el mar, tiene sólo tres, conocida, entonces, por todos, como la casa “de los tres picos”.

Mapping Museo Canario

En este lugar, hechizado, histórico, mágico, se montó una buena el pasado jueves, pues la revista Con Estilo, se supera cada año por su aniversario, con fiestas en lugares únicos. La que va camino de convertirse, en la fiesta del verano en la capital, invitó a brindar y nos dio las llaves de las puertas de Vegueta. Con la imprescindible colaboración del Museo Canario y los vecinos del histórico barrio, las calles Doctor Verneau, López Botas y Luis Millares, sacaron las sillas y sillones a la acera, y formaron una U, uniendo el diseño, la música, la cultura, el interiorismo, la restauración, el ocio, el deporte y la moda, para demostrarnos que todo esto y más es lo que compone, el néctar de la tinta, con la que cada mes, se imprime la revista Con Estilo. Esta revista tiene detrás un equipo, que nos recuerda que los canarios tenemos mucho que enseñar al mundo, no sólo teniéndonos como protagonistas, sino también como sede de los lugares que nos acercan en sus páginas.

Con Estilo, soplaba las velas por tercera vez y es capitaneada por Miguel F. Ayala, pero tal como se recogió en las palabras de los presentes, Con Estilo es un equipo de profesionales, que construyen sus páginas tanto con reportajes como con el esfuerzo de conseguir el patrocinio de su rompedor contenido. El resumen del origen del lugar en el que se montó, tremendo sarao, se proyectó, junto con otros vídeos, en forma de mapping, en la fachada de la inacabada ampliación del Museo Canario y se vivió en cada loza de la calle, con el jazz de Flor de Canela, la gastronomía, los cocteles, y la Big Band que Germán G. Arias puso a versionar a Queen al pie de los riscos de Jorge Oramas. Todo esto, parece magia y es un truco que ha salido de la chistera de Clapso, al toque de la varita mágica de Israel Reyes, ya sabemos que Israel, hace cosas mágicas cada vez que se lo propone.

Todo lo que he dicho hasta aquí, queda muy formal, un formalismo, que dejamos de lado, la madre del cordero (Marisol Ayala) y una servidora, cuando coincidimos en la peluquería, donde también hicieron magia con nosotras. Estaba nerviosa, porque antes de periodista, es madre, pero no hay nervios que valgan, si detrás tenemos periodistas profesionales de cuna como Miki Ayala.

Mis felicitaciones al equipo de Con Estilo, por superarse cada año en publicaciones y fiestas y por acercar a los canarios, contenidos que saben a nuevo, a fresco, que tienen estilo.

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Los perros y los niños

Marisol Ayala

Hace días hablando con Pilar Eyre descubrimos que pensamos igual respecto a la importancia que tiene un perro en la vida de un niño. Las dos tenemos nietos y hemos sido testigos de eso. Crecen juntos y juntos descubren juegos y miedos. De tal manera que cuando hoy vemos a nuestros niños abrazando, besando, jugando con un perro pensamos que un día ellos vivirán la vejez de su hermano de cuatro patas, ley de vida, y el final. La charla con Pilar, activa militante en la defensa de los animales, surgió por una experiencia que colgó en la red. Contaba que se encontró con una amiga empujando orgullosa el cochito de su nieto. La conversación debió derivar en alguna pregunta relacionada con el perro de la abuela del cochito y la relación con el bebé porque la respuesta fue tajante: “Lo tuvimos que quitar porque molestaba al niño”. Una abuela imbécil e ignorante que hurtó a su nieto la experiencia de compartir su vida de la mano, mejor de la pata, hablando de lo que hablamos, de la nobleza. Es una actitud tan torpe como ridícula. Confieso que cuando mis hijos me regalan imágenes de mi nieto jugando con su perra lo celebro con una sonrisa. Es la reina. En esa casa no se da un paso sin ella, vayan donde vayan, allá va. La persona que me razonó la importancia de un perro en la vida de un niño es un amigo psiquiatra. Mi hijo el mayor estudió en Málaga lo que supuso que su hermano, se llevan siete años, quedara descolocado dado lo unidos que han estado siempre. Tenía, sí, a la familia pero en el día a día del niño había un vacío, se quedaba solo, sin compañero de juegos. La preocupación era lógica y ese amigo nos indicó el camino. “Tráete un perrito a casa. Que el niño comparta su vida con él, se acompañarán mucho”. En eso estábamos cuando mi madre supo que en el barrio un vecino tenía una camada y regalaba algunos. Fuimos a conocerlos. Todos eran marrones. Mi hijo se enamoró del que nos miraba asustado y acabamos llamando Pepe. Vivió diecisiete años en casa como uno más de la familia.

Hoy cuento la historia porque Pepe fue el mejor compañero, el fiel amigo, cariñoso y juguetón. No lo olvidaremos jamás.

Y es verdad, ignorante la amiga de Pilar. Nunca sabrá la felicidad que le ha robado a ese niño.

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