La mudanza

Marisol Ayala

Dicen que a lo largo de nuestras vidas  hacemos unas cinco mudanzas, pocas me parecen, sin embargo, creo que hay varios tipos de mudanzas; las que son como paseo al parque que airea la vida y no suponen ningún esfuerzo y otras que por mil razones se afrontan complicadas. Una mudanza invita a la reflexión porque la casa que dejamos huele a los seres queridos; tiene el aroma de la ausencia y en la mayoría de las ocasiones para huir de una vida que no te gusta. No es el caso. Veintinco años después de habitar la casa que me dio cobijo, donde me propuse rehacer mi vida y vivir con mis dos hijos, niño y adolescente, y seríamos felices en un volver a empezar. Y lo hemos sido. Aquí, en el salón donde hoy escribo mi última columna en el entorno agasajador de años, hoy rodeada de una vivienda desmantelada, de una casa troceada en mil pedazos, cajas, bultos, en fin, una mudanza en estado puro, aquí, en mi casa vieja he escrito casi todo lo que han leído con mi firma a lo largo de más de dos décadas. El refugio elegido para darle forma a tantos textos. Reportajes, columnas y libros. Entre estas cuatro paredes hemos tenido risas, carcajadas, alegrías y tristezas. Y momentos complicados, muchos más de los que quisiera recordar.

Termino. Lo peor de una mudanza son los cajones traicioneros, la aparición de cosas olvidadas que vamos guardando y que años después, ahora, hoy, no sabes ni para qué sirven, ni siquiera por qué han permanecido ahí tantos años, exactamente en el mismo sitio, como quienes han alquilado el espacio.

Casualidades de la vida; por la vivienda ya vacía se han interesado una docena de personas. Mucha casa para una persona sola. No se sabe bien la razón pero entre las últimas que se interesaron por ella llegó una mujer separada, madre de dos hijos, de edades parecidas a los míos cuando pisé la vivienda por primera vez. Cuando alguien comentó que los chicos al entrar a la casa eligieron sus habitaciones me recordé a mi misma en esa situación. Mis hijos hicieron exactamente lo mismo.

Las casas enamoran y ésta tiene vocación de coqueta. Me iré cerca, seguiré viendo a los vecinos que conozco, a los que escuché más de lo que hubiera querido. Conversaciones y reproches, las paredes hablan. Lo mejor de la mudanza ha sido que mis hijos y nieto decidieron vivir conmigo la última noche en la casa vieja.

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Pobre infeliz

Marisol Ayala

Nunca se supo si aquello era amor o qué era. Había opiniones. Unos hablaban de obsesión y otros de manipulación. Ella decía incluso después de muerto un «lo amaré siempre», confesión que sorprendía a unos e indignaba a los que conocieron a la extraña pareja. Fue una buena mujer que perdió la dignidad cuando se disfrazó de felpudo y lo cuidó con mimo, vivía para él. Ella murió hace unos años pero antes paseó el dolor de su luto a cara descubierta causando entre compasión y burla. Vivía en el norte de Gran Canaria pero les gustaba tanto la noche que un chófer los trasladaba a la capital hasta llevarlos de nuevo a casa. El no era muy feo pero enano y moreno teñido. No se sabe por qué pero aún así se lo rifaban. Presumía en las narices de su mujer de ser un picaflor pero ella no se enteraba, hasta que se enteró, claro. Alguien le contó un día que una vecina joven había tenido un bebé, más tarde otro. La mujer oyó el chisme pero no le dio importancia, de hecho le oyeron comentar un compasivo «tan joven, por Dios…». Dieciséis primaveras.

Pasaron unos años y la vida siguió igual o al menos eso creía ella. A veces estar rodeado de personas que todo lo saben es arriesgado porque tienen la necesidad de demostrar que ciertamente saben mucho. Van dos pasos por delante sin importarles el daño que causa la lengua. Los niños crecieron y ya se preparaban para la Primera Comunión, es decir, comenzó un trasiego a la parroquia del barrio.

Un día de Catecismo alguien decidió joderle la vida sin ahorrar esfuerzos en cuyo destrozo su marido había dado los primeros hachazos. Empezó con un «dicen por ahí que ese chiquillo se parece a tu marido, mala que es la gente…». Precisa daga. Días más tarde culminó la maldad con un «mejor que lo sepas… tu marido le paga el colegio a los niños, entra mucho a esa casa…”. Y se destapó todo; los dos hijos eran de su hombre pero era una mujer  comprensiva y lo perdonó. Más tonta y no nace. Los negocios del matrimonio sirvieron para mantener a los dos niños y a la mamá.

Sólo al padre de la mujer vejada un decía se le hinchó la nariz lo esperó en la calle  y le dio un par de puñetazos. Le rompió hasta las gafas. Su hija estuvo años sin dirigirle la palabra.

A su padre, claro.

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La realidad de María

(Varios lectores me han pedido el texto que le dediqué a María hace muchos años. Ahí lo tienen)

Marisol Ayala

Cuando conocí a María hacía siete horas que uno de sus hijos, el mayor, había sido hallado sin vida en la inmundicia que eran los Apartamentos Astoria de la capital grancanaria pero ella no lo sabía. Lo sabía la policía y dos periodistas madrugadores. Ocurre que en esta profesión las historias humanas tienen dos caras, la cara amable y la cara amarga y dura. Estamos en la segunda. Una mañana de mediados de los años noventa casi amaneciendo la casualidad quiso que me tocara cubrir esta noticia. Realizar un reportaje, una tragedia que cambió en algo mi vida y que de alguna manera propició que entrara en mi casa una mujer honrada y trabajadora que hasta ese instante era para mí una desconocida.

Un parte policial que vomitó el teletipo hablaba del hallazgo en el portal de un conocido y problemático edificio de Guanarteme de un chico de veintidós años con una jeringuilla colgada al brazo. Alguien lo encontró en tal estado que poco después fallecería. El aspecto del muchacho era el de un chico guapo, bien vestido, alejado del perfil que por entonces teníamos de un toxicómano. Mis jefes me encargaron reconstruir su vida porque era una época en la que sucesos como esos impactaban mucho en una sociedad que veía estupefacta el destrozo que la droga hacía en cuerpos jóvenes. No sé si ese tipo de reportajes hacían bien o mal pero la noticia surgía y había que cubrirla como mejor sabíamos, en mi caso, siempre con el corazón encogido.

Nos hicimos pues con los datos personales del muchacho especialmente su dirección y con la angustia lógica de quien tiene que enfrentarse a un dolor ajeno que siempre salpica, caminamos el fotógrafo y yo rumbo a una ladera de San Juan. El acceso hasta la vivienda era tan complicado que los coches no llegaban a las casas. Caminos de piedra, barro y miseria. De manera que aparcamos donde mejor pudimos y caminamos unos doscientos metros hasta dar con la vivienda. Una puerta verde de dos alas y un llamador grande. Era la casa de los padres del muchacho que había sido hallado sin vida horas antes. Tocamos. Ya he dicho que la intención era reconstruir su vida y conocer que vericuetos había transitado el infeliz hasta que finalmente la droga se lo llevó por delante; y en el mismo porcentaje ofrecerle al lector una historia muy dura que como sabemos todos, vende, conmueve y poco más.

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