Extraña relación

Marisol Ayala

Cuando nadie la ve, llora. Dice que de dolor y pena. Está en los ochenta años y hace uno que enviudó. Su compañero lo fue todo para ella; también el amor de su vida y ésa, la vida, hoy está vacía. Es hija de una época en la que se hipotecaba la adolescencia y la juventud, la vida entera, por y para un hombre. La necesidad de “realización personal” que reivindicamos otras generaciones no iba con ella. Mi amiga, con la que hablo por teléfono cada quince días y a la que sólo he visto una vez es una pertinaz lectora que sabe de todo, de todo opina y todo le interesa. Dice que a su compañero le ayudó mucho con su pasión por la lectura y que con él comentaba la actualidad, las cosas, la vida. Me ha contado que por eso leía; porque le lectura se convirtió en un motor de su vida y oxigenó a la relación. Siempre tenían de qué hablar. De joven estudió piano y poco más.

Pero hace cinco meses que mi anciana amiga está muy triste, tristeza que disimula delante de los suyos pero no conmigo. No quiere que la vean llorar. Está rodeada de hijos y nietos pero se siente sola. Añora la voz, las manos y la conversación con su marido. Siempre le escuchó decir un “quiero morirme antes que tú”. No podían vivir el uno sin el otro. Hace unos días hablamos de nuevo; me envió un libro y una carta. Cuenta que la lectura se convirtió en el motor de su vida y oxigenó la relación. Siempre tenían de qué hablar. Es esta una de esas extrañas relaciones que se originan en la redacción de un periódico donde tantas voces anónimas se escuchan cada día. Me pareció entrañable y curiosa desde que el azar nos comunicó una vez. Me producen ternura sus relatos y su emocionada voz cada vez que le menciona. Me ha prohibido que la mencione y no lo haré jamás pero estos días que anda tocada del alma quería decirle que es una mujer admirable de la que se aprende mucho. Su lucidez me asombra y me admira. Lo debes saber.

(Me ha prometido que estará en la presentación de mi libro el 13 de septiembre en el Club Prensa Canaria. Dependerá de sus piernas que ya le flojean. Pero lo intentará, lo sé…).

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Sara, once años

Marisol Ayala

Nos conocemos tan bien, hemos vivido muy juntas su tragedia que sin hablar sé lo que piensa Nieves Hernández, la madre de Sara Morales. Dos “hola”, un suspiro, un corazón enlazado en nuestro whatsapp son señales, mensajes. Cuando pasan semanas y no sé de ella me preocupo. Sus silencios me alertan. Sabía que el 30 de julio su cumplían once años de la desaparición de su hija y no la llamé. No quise. Nieves marca los tiempos y sabe bien que me importa, que aquí estoy. No quiere prensa, se cansó de no tener nada que decir. A veces usa el whatsapp para desahogarse, para reflexionar. Son textos de escasas líneas. Por eso cuando hace tres días me envió lo que ustedes van a leer tardé dos minutos en llamarla. Era, es, una carta larga para lo que generalmente escribe. Va dirigida no se sabe bien a quién pero resume dolor y decepción. Lucha sin fuerzas para que su hija no caiga en el olvido, por eso la escribió. Le pedí permiso para que su texto ocupara mi columna de domingo y su respuesta fue un “como tú quieras”. Y quiero. Si algo le consuela, siempre quiero.

Aquí la tienen.

“No sé si te escribo a ti o al resto del mundo para que continúes en sus mentes. Once años que no te veo y todavía aquel día permanece en mi cabeza como si fuese ayer, sin saber qué ocurrió realmente, sin ser capaz siquiera de poder imaginarme qué pudo pasarte, hija. Desde aquel día nada es igual; me parece tan irreal lo que nos está pasando? Lágrimas que vienen como tú vienes a mi cabeza para preguntarme siempre lo mismo, para intentar comprender por qué ni expertos en estos casos no han podido localizarte. Difícil, sí, pero sigo esperando una respuesta, un algo, un indicio, una sospecha, un quizás. Pero nada. Pienso cómo es tan fácil desaparecer, tan sencillo burlar a tantísimas personas y tan complicado resolver este enigma. ¿Porque vivimos en una pequeña isla?, lo cierto es que estamos como el primer día. Mismo dolor, misma angustia y los mismos resultados. La nada”. A veces lamenta su suerte, otras se enfada frente a tanta adversidad y alguna, cuando me quejo de cualquier bobería, me consuela. Yo me río y ella acaba riéndose de mí. Su argumento para guardar silencio es aplastante “¿Para qué?, ¿Para decir que once años después no hay nada nuevo? ¿Para hacernos más daño, no?”

Tenemos que protegernos de tanto dolor.

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Confidencias de lectores

Marisol Ayala

Los lectores, al menos los que transitan esta columna, tienen  sensibilidades que en ocasiones comparten conmigo. Me envían mails que guardo a veces sin más intención que releerlos en otro momento. Historia, relatos familiares, recuerdos entrañables en los que en muchos casos aparece la figura de un menor. Eva es una fiel lectora. Hace meses recibí un texto que hoy decido publicar puliendo mínimamente su escritura porque sus letras están llenas de orgullo y compromiso. “Te envío esta carta. Léela.”, comienza. “Mi hermana no podía ser madre y quiso adoptar, le daba igual que el niño tuviese un defecto físico, quería tener un bebé a quien proteger. Un día un médico le comentó que en un hospital había una niña con síndrome de abstinencia a la que sus padres no podían cuidar. El médico lo arregló todo y con la niña fuera de peligro mi hermana se la llevó a casa. Los padres verdaderos una vez curados de su adicción fueron a por su hija pero ya había sido dada en adopción. Era tarde. Aún así se presentaron en Protección del Menor para que nadie pusiera obstáculos si el día de mañana la niña, su hija, quería conocerlos”.

“Mi hermana”, continúa Eva, “siempre le dijo a la pequeña que no era su madre y que cuando fuese mayor si quería podría ver a sus padres de verdad”. Ella le ayudaría. Quiso el destino que esa mujer muriera  así que “la niña se quedó a vivir con mi cuñado que también murió joven. En suma, que con 15 años mi sobrina se quedó huérfana de padre y madre así que mi madre y yo nos hicimos cargo de ella”. Cuándo cumplió 18 años ella solita fue a Menores y firmó su decisión de conocer a sus padres biológicos. Y se conocieron. “Curiosamente, sin haberse visto jamás, dos hermanas biológicas que fueron a la reunión eran tan iguales a ellas en gustos, en gestos que llamaba la atención. Esos padres conocen a mi familia y ahora agradecen, especialmente a mi madre, haber educado a la niña y no poner obstáculo para poderla abrazar con el paso de los años.  Mi sobrina ha tenido un bebé y hoy los nuevos abuelos quieren recuperar el tiempo perdido; llevan 20 años limpios de droga.  Cuando agradecen los cuidados que le dimos a mi vieja se le llena la boca diciendo que de no haber sido por esos padres jamás hubiera tenido una nieta como ella”.

Gracias, Eva. Preciosa historia.

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