Escapó de la quema

Marisol

Marisol Ayala

Era pequeña, ocho o nueve años y unas dotes especiales para escapar de la quema, subirse a la mesa del salón y desde ahí observar cómo cada día en la casa estallaba una discusión, un pleito a empujones en el que casi siempre ganaba papá, un hombre alto, fuerte y alcoholizado. Aquello ni era un hogar ni nada parecido así que en ese ambiente malvivía la niña. Pero hoy, con 28 años, aquellos recuerdos no le dañan. Tuvo la suerte de que sus padres se separaban, él salió de una esquina de Schamann a Madrid y ella, su madre, a ver como resolvía. La señora andaba mal de la cabeza. La situación en casa pintaba mal porque viviendo estaba cansada, harta de resolver vidas ajenas. Fue entonces cuando la chica comenzó a vivir en la calle y entrar y salir en centros de menores por “un mal rollo que tuve con mi vieja”, dice. El mal rollo del que habla es una agresión a su madre que tuvo graves consecuencia en el peor momento posible. Ahí debutó en el banquillo y en ese revoltillo fue mamá. La juez de Menores que la juzgó es blanda de corazón y de decisiones duras. Ella, sin que la muchacha lo supiera, le había hecho seguimiento. Conocía su trayectoria y entendió que la joven necesitaba un baño de realidad. Así lo hizo. Ordenó ingresarla en Tabares (Tenerife), centro para menores infractores. “Cuando iba camino de Tabares perdí el habla, no entendía nada”

A esa chica guapa y ocurrente la conocí hace unas semanas durante un encuentro con familiares que tienen hijos en centros parecidos a Tabares. Allí contó su experiencia. Regaló su verdad. “Hice barbaridades, por ejemplo, llevaba a clase Baileys me lo bebía y aquí estoy”. El “aquí estoy” quiere decir que le quedan 3 asignaturas de Derecho y desea ser juez; hace unos años que trabaja con menores en conflicto. “Yo los entiendo bien”

Tiene un hijo adolescente que es su pasión.

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Contar bien una mala historia

Marisol

Marisol Ayala

Hace unos días conocí en Fuerteventura a una mujer de 52 años. Estaba como yo en una reunión/debate organizada por mujeres de todas las edades que contaban como habían verbalizado en casa, ante su marido, madre, hermana, etc, que estaban luchando contra un cáncer. Los testimonios que escuché fueron tan sorprendentes como desgarradores. La franja de edad de las mujeres estaba entre los 45/55 años. Cuando acudes a esos debates entras pensando que nada te va a sorprender. El mismo dolor, la misma enfermedad, el mismo miedo y el mismo deseo de que todo termine. Muchas contaron su experiencia y muchas pidieron a los asistentes que no usarán el móvil. «Por favor, no saquen fotos». Habría unas 45 mujeres. Discursos repetitivos bañados en lágrimas.

La dinámica del acto era levantar la mano y esperar turno para intervenir. Entre los asistentes estaban representadas mujeres labradoras, educadoras, amas de casa o trabajadoras del turismo. Las intervenciones eran largas y rebuscadas, atropelladas. De pronto a una mujer rubia de ojos verdes le toca intervenir. Tiene un monedero entre sus manos y me temo que acabará perjudicado por el nerviosismo. Está nerviosa y comienza reconociendo que lo está.

«¿Ven este cuerpo?  Pues ha vencido dos cánceres, de mama y de huesos. No dije nada en casa, salvo a mi marido, que estuvo de guardia, a mi lado, desde que me los detectaron. Le hice prometer que ni mi madre, cerca de los 80 años, ni los niños, todos por encima de los15 años, podían saber nada. Cumplió él y cumplí yo. Los viajes y los ingresos en Gran Canaria, lejos de casa, vinieron bien para esconder mi realidad pero todo se destapó cuando los oncólogos ordenaron un estudio genético a mis hijas. “Me quise morir”. Cuando se envalentó y se puso frente a su a madre a contar su secreto no la dejó hablar, “Mi hija, lo sé todo. Anda, acuéstate aquí conmigo”.

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Un tsunami en el salón

Marisol

Marisol Ayala

Me han invitado varias veces a conocer cómo es vivir en un piso con seis niños entre 7 y 14 años, dos madres acogentes, una abuela, un tío y una puerta blanca que cuando la abres deja al descubierto una vivienda de tres habitaciones y un espléndido salón al que hay que acceder con cuidado para no tropezar con juguetes. El salón recuerda a una juguetería el día después de Reyes. Las mamás de la casa han tenido que ampliar la vivienda originaria y alquilar el piso vecino para alojar a la tropa menuda y ofrecer comodidad a la familia que vela por los pequeños. Esos familiares son imprescindibles en el orden y concierto del hogar. El día que pasé con ellas un joven pelaba papas y otra picaba verduras; el objetivo es preparar la comida de la casa tsunami para chicos y grandes, que son muchas bocas que alimentar.

A las madres de la casa las conozco hace años cuando una amiga me contó la historia de esas dos mujeres que se enamoraron y caminaron juntas hasta formalizar su unión. Cada vez que cae en mis manos una buena historia le doy mil vueltas antes de su publicación. Pero esta historia me pareció tan linda que el primer fin de semana la publiqué. Quise conocerlas, escucharlas. Me maravillaron. Los niños a los que han acogido dignificando su infancia, sus vidas. A cambio ellas reciben los cuidados de los pequeños. Por ejemplo, una de las mamás es diabética y sufre subidas y bajadas de glucosa que puede ser peligroso, pero ahí están sus niños enfermeros que cuando la ven dormida e inquieta no la dejan sola y le hacen un control analítico. Cada niño sabe cómo sacar de mami lo que quiere. Las llaman por su nombre salvo cuando no ceden. Un “¡venga ya, mamá!” y mi amiga se emociona y pierde.

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