Encuentro con lectores

Marisol Ayala

El viernes estuve en la Feria del Libro de San Telmo (LPGC) firmando ejemplares de mi libro Historias Prestadas. Ya saben que se trata de un texto muy personal, en el que agradezco a los lectores de tantos años su complicidad que hayan depositado en mí sus historias. Siempre me han regalado relatos personales que me invitan a leer. Son notas sueltas escritas con esmero, casi siempre a mano. Las dejan en LA PROVINCIA y desde allí me avisan. “Tienes un par de sobres”, me dicen. Ya iré, pienso. A veces la tardanza en retirarlos propicia que ese par se convierta en cuatro o cinco. Son vivencias que van desde su niñez a su boda, separaciones, celos, frustraciones o infidelidades. De todo hay. En ellos se asoman familiares, amigos. Vida. Siempre modifico nombres y escenarios para evitar que sean reconocidos, pero me quedo con la esencia. Hay cartas que encierran una ternura inusitada. Para mí lo es que alguien se identifique con un espontáneo “soy el hijo de Telle. Mi madre me está dictando una carta para usted. La lee hace mucho. Trata de localizar al taxista que hace 40 años, ya ven, el día de su boda, la llevó a la iglesia”, cuenta. “Solo recuerda que el chófer vivía en San Roque pero nada más…” Una aguja en un pajar.

Hace nada recibí un correo que contaba una historia de compromiso que guardo con cariño, apuntes que tienen entidad para desarrollar un relato largo y que cuando menos lo esperen se pondrá de pie.

Otro. ¿Hay mayor generosidad que acoger a un bebé hijo de toxicómanos, tenerlo entre algodones hasta que años después, ya adolescente, la niña pregunta quiénes son sus padres y ellos los buscaron y les abrieron la puerta de casa? Ayer recordé esa carta, no sé por qué. La facilidad actual para comunicarnos me ha permitido acceder a historias que no me pertenecen pero están escritas con tanto cariño que inevitablemente las hago mías. De ellas se ha nutrido ese libro.

Tal como hago siempre comuniqué en las redes, en el blog, allá donde pude que estaría en la feria. Allí llegaron lectores que después de tantos años ya son amigos. También dejaron sobres. Historias de sus vidas que leeré con gusto. Llegaron con ejemplares del libro en cuyas páginas se ven reflejados. Los firmé pero esta vez con foto tal como mandan los tiempos.

Esos encuentros y el afecto demostrado tienen más valor que la misma feria.

Para mí, claro.

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Ciberaliado

Marisol Ayala

Gustavo León es médico y desde hace ocho años combate una Esclerosis Lateral Amiotrófica en cuyo proceso las nuevas tecnologías han sido imprescindibles para mantener su actividad intelectual.

Gestiona un blog con 1.300 seguidores, tiene 1000 amigos Facebook y la estrella, Tobii. Una cámara instalada en su PC que le permite controlar el ratón con la mirada y escribir, además del móvil, y el entorno, así como la luz, una puerta.

Gustavo ha rechazado la medicina convencional “no he tomado ni una pastilla, me trato yo. Soy el único responsable de mi cuerpo”.

Se llama Gustavo León, tiene 51 años, nació en La Aldea de San Nicolás (Gran Canaria) y hace 8 que convive con ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Es médico homeópata y su vida la comparte con Lourdes, su mujer y sus hijos de la pareja, Gustavo y Lara. Desde que al padre le diagnosticaron la enfermedad en 2011 y esta comenzó a ocupar parcelas de su cuerpo las nuevas tecnologías han entrado en la vida de Gustavo hasta convertirse en sus mejores aliadas. Blog, redes y una tan imprescindible como el aire que respira, la invitada especial de su relación tecnológica, se llama Tobii. Se trata de una cámara que permite controlar el ratón con la mirada, además del móvil, y el entorno, así como la luz, una puerta, etc.; cualquier elemento eléctrico. “La sensación de libertad que produce su manejo es maravilloso para los enfermos que tenemos dificultades en el control”, señala Gustavo. Su coste está en los 3.500 euros y lo comercializa una firma alemana.

Gustavo León, Lourdes, su mujer, Gustavo y Lara, sus hijos

Desde hace tres meses gestiona un blog que bautizó www.vidaconella.com y activa cada semana plasmando en los post pensamientos, experiencias o situaciones. Gustavo no se lo había planteado hasta que un día Joel, uno de sus cuatro hermanos, leyó un texto suyo y le animó a abrir una ventana al mundo en forma de blog que “está siendo una experiencia gratificante y sorprendente” reconoce.   Tiene 1.300 seguidores en el blog y unos 1.000 “amigos “en Facebook. Desde Canadá hasta Chile, desde Rusia hasta Japón, Gustavo recibe comentarios de personas que se interesan por su estado, por la evolución de su enfermedad o simplemente le saludan.

Ventana al mundo.

En esos foros Gustavo ha hecho amigos. Tiene muchas curiosidades que contar, una de ellas es la amistad entablada con una joven de República Dominicana, Nailette Ivonne Rodríguez, cuyo padre falleció de ELA y ella ha compartido con Gustado su desconcierto y sus miedos respecto a la enfermedad. Nailette tiene en el grancanario un guía, esa persona que le aconseja en sus estudios y Gustavo en ella como una hija; “me produce mucha ternura, me siento un poco padre”. Su amiga ha terminado dos carreras, Derecho y Psicología, de lo que se siente muy orgulloso, no lo disimula. “La amistad con Nailette empezó por su interés por conocer nuevos tratamientos sobre ELA y la conocí porque se puso en contacto con mi hijo; esa fue la vía. Lo verdad es que cada día recibo a través de las redes o en el mismo blog comentarios, preguntas o simplemente muestras de apoyo. Me anima y acompaña”. Para Gustavo el blog está siendo “como una terapia de volcado”, dice. ”No preparo nada, cuando tengo ganas me pongo y escribo de un tirón unas 500 palabras. Es como el que acude al psicoterapeuta y comunica cosas de tal manera que luego ni me acuerdo de lo que escribí, es una catarsis. Me gusta”.

Gustavo León, usando su amigo tecnológico Tobii

Ya saben que nuestro personaje es médico y como tal trabajó varios años en los servicios de urgencias del SCS pero pronto supo que ese no era su mundo. La medicina convencional no le gustaba y de hecho durante su enfermedad no ha tomado ni un solo fármaco. Lo explica con cuidado en un texto escrito con los ojos, de la mano de su amigo Tobii, la tecnología que mejor lo entiende.

“Hay dos factores primordiales sobre mi rechazo a la medicina convencional. Uno, mi falta de fe para tratamientos crónicos aunque no puedo negar, y más habiendo trabajado en los servicios de emergencias y urgencias canarios, que en el sistema público hay importantes recursos a los que sería una locura desechar”, comenta.  “Y el segundo factor es que sólo dos medicamentos están aprobados por la Agencia del Medicamento para su uso con la ELA y lo único que hacen es prolongar la vida del paciente unos pocos meses o en ocasiones semanas. Yo me trato sólo. Soy el único responsable de mi salud. Llevo a cabo experimentos conmigo mismo en los que recopilo datos que según parece se van a publicar en una revista médica”.

La abuela “medio curandera”

“¿Por qué opté por la homeopatía?”, pregunto. “Bueno, yo soy hijo de la medicina natural, mi abuela materna, Carmita Navarro, era medio curandera, pero realmente a quien le debo lo que he sido como médico es a mi tío Octavio León, que me inculcó el ansía por saber y el amor por la medicina natural, buscando siempre el equilibrio cuerpo, mente, emoción”. Dicen amigos comunes que la relación de Gustavo con sus pacientes hasta que cerró la consulta ha sido siempre de mucho amor, complicidad. “Mis pacientes siempre fueron mis amigos. De tal manera que cuando fui trasmitiéndoles la noticia de mi enfermedad me sentí muy arropado, incluso uno, con el que tengo contacto, se llama Tino, me ofreció sus ahorros por si los necesitaba. Era algo más que su médico, su homeópata, un consejero espiritual, creo yo”.

Lourdes y sus hijos son sus manos y sus piernas, los que le dan cuerda a su corazón, le emocionan y llenan su vida de felicidad; de pequeños momentos que se hacen grande en la casa amable, acogedora, de pocos ruidos.

“Los primeros síntomas de la ELA no los compartí con nadie, me parecía tan terrible que lo oculté casi nueve meses, menudo parto”, recuerda sin dramas. Cuando en el 2008 los médicos le confirmaron el diagnóstico Gustavo pensó cómo decirlo a su familia sí bien su mujer, Lourdes, ya estaba al tanto de las pruebas a las que se estaba sometiendo su marido. Finalmente Gustavo optó por escribir un breve texto, imprimirlo y repartirlo entre los suyos. “Eso es lo que tengo” les dijo. Así se enteraron. En ese mismo instante todos decidieron subirse a la vida nueva de su padre. Mujer, hijos, hermanos, padres… Lo comparten todo. En casa saben que una de las cosas que Gustavo echa especialmente en falta son los baños en el mar pero hoy su proceso se lo limita. Durante la entrevista ese es el mismo momento que se emociona levemente.

“El mar… es que yo iba a la playa y solo salía del agua para tomar una cervecita, solo para eso. El mar es un símbolo de libertad y lo he disfrutado mucho. Hoy puedo bañarme, claro, pero la libertad de movimiento es otra cosa”.

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Dos clases de hombres

Marisol Ayala

Desde que siendo una niña su mamá puso punto final a la relación con su padre, ella, hoy 28 años, abogada, creció entre discusiones y portazos. Se acostumbró o, más que acostumbrarse, aprendió a capear el tsunami doméstico. Sus padres decidieron vivir cada uno por su lado, La Laguna y Lanzarote. No tendría nueve años cuando a la familia de tres se la tragó la vida. Como estaba previsto su madre por un lado y su padre por otro recolocaron sus vidas y aunque la relación entre los ex no era buena su padre desde la lejanía siempre se interesó por su niña. Pero solo sabía lo que ella contaba cuando hablaban. “¿Bien, hija?”, preguntaba; “todo bien, papá”, contestaba. Mentía. Estaba harta de escuchar gritos y golpes del compañero de su madre y desarrolló un blindaje virtual que aislara el sonido del dolor.

Era evidente que su madre se había enamorado de quien no la merecía. Tiene una foto del hombre en un Hillman amarillo, rubio, chanclas y gafas grandes. Imagen de una época y perfil de un guaperas que quería ser guiri pero no tuvo suerte. Es canario, nació en Agulo (La Gomera). A medida que la joven cumplía años menos entendía la agresividad del tipejo y el aguante de su madre. Hablaba con ella: “No permitas que te pegue, mamá”. Pero una mujer asustada, sin trabajo, sin medios, es la víctima perfecta para un maltratador. La chica se le enfrentó mil veces; “¡Métete en tus cosas!”, gritaba. El ganso olvidó que la mujer a la que maltrataba era su madre. La permisibilidad fue dándole confianza al machito hasta atreverse a enlazar una agresión a su pareja con abusos sexuales a la muchacha. Era una colegiala de manera que la posibilidad de irse con papá dejando a su madre sola no estaba ente sus planes. Calló. “Un día te mata, mamá”, insistía. Dependían de él. Fue entonces cuando decidió recurrir a su padre, ajeno a todo. Ese día le contó lo que de verdad ocurría en casa; “mi viejo lloró como un niño, no tenía ni idea”. El hombre pidió ayuda a una empresaria que contrató a la chica como reponedora y algo parecido hizo con la madre. Ese padrazo primero las protegió, les dio techo y luego las llevó a comisaría. Poco más tarde estaba ante el juez. Pagó con cárcel el maltrato continuado. No han vuelto a verle.

En julio iremos de boda. Aquella niña se casa. También ella encontró a un hombre bueno.

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