A propósito de Mónica

Marisol Ayala

Hace siete días, este periódico publicó la historia de Mónica Arroyo; una mujer de 43 años que manejando una inofensiva barbacoa cometió una imprudencia. Sufrió quemaduras en el 85% de su cuerpo. Ese reportaje, del que supongo que habrán escuchado hablar, ha tenido mucha repercusión por la lucha titánica que emprendió Mónica por volver a la orilla de la vida. Un trabajo periodístico que ha sido uno de los que más me han impactado en mi vida profesional. No miento. Experiencia inolvidable es conocer a una persona que estadísticamente estaba condenada a una vida en precario pero que decidió luchar y vencer todas las adversidades. Ocho años de tenaz batalla contra una marea de fuego que quería tragársela. Positiva, agradecida a los hábiles bisturíes que han moldeado su cuerpo y su alma; sin ápice de drama, con sentido del humor y llena de proyectos. Así es Mónica. Tan, tan generosa que desde que pudo sacar la cabeza pensó en el otro y reivindicó medios para los quemados canarios. Que no tengan que abandonar su tierra en busca de atención médica especializada tal como le ocurrió a ella. Resumiendo, que su historia descarnada me ratifica en la creencia de que periodismo no es solo escuchar con generosidad a quienes rigen el destino de nuestro país, nuestras ciudades, nuestros barrios. Esos que hemos bautizado como “la clase política”. No. Periodismo, al menos el que reivindico y ejerzo desde que puse los pies en esta redacción, es otro. Es escuchar, es estar cerca de la gente, contar la superación, la lucha de los anónimos, de los que viven ahí enfrente. En definitiva la historia de otras Mónicas.

Hoy que la profesión vive momentos complicados contar buenas historias tiene la bendición de los lectores, como siempre. Pero no todos los medios son sensibles a esas historias. Sé de lo que hablo. “Periodismo menor”, lo han llamado despectivamente, compañeros que, por cierto, no salen del paro. La historia de Mónica y otras que he tenido la suerte de contar, son un tesoro. Como en todo a Dios gracias hay amigos y enemigos. Esta profesión es muy cainita, a veces pandillera, muy grupal; o conmigo o contra mí. No crean que hablo de vanidades, que no lo soy. Pero si estar orgullosa y presumir de ejercer ese “periodismo menor” puede parecerlo, me lo miro. En fin, que sin otro ánimo que reflexionar creo que ese “periodismo menor” sigue siendo un buen sendero de palabras por el que deberíamos transitar con más frecuencia.

Modesta opinión.

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