El vía crucis de unos padres

Marisol Ayala

Seis víctimas de ‘bebés robados’ en Canarias reviven la dureza de años esperando una respuesta que acredite la muerte o no de sus hijos para poder así vivir en paz

Las asociaciones Colectivo Sin Identidad de Las Palmas y Tenerife llevan doce años en una labor de asesoramiento y acompañamiento a las víctimas por Desaparición Forzada de Menores en Canarias. “Dentro de nuestras posibilidades”, dicen desde la asociación, “hemos colaborado en impulsar una Proposición de Ley Integral, de Memoria Histórica de Canarias. Se conoce como Niños Robados, aunque la identificación a efectos jurídicos es la de Desaparición Forzada de Menores, que implica tanto a los neonatos como a los niños e incluso adolescentes apartados de su entorno familiar. Hemos propuesto que para otorgar un valor científico acreditable a las evidencias y testimonios de esas víctimas (ahora no reconocidas ni amparadas), se estudien sus casos en el ámbito académico adecuado, en Canarias en las dos universidades públicas. Ambos rectorados deberían desarrollar acuerdos de cooperación práctica con los respectivos Colectivos Sin Identidad”, sostienen. “A pesar de la labor realizada, la sociedad desconoce el nivel de compromiso e implicación efectiva de esos Rectorados ahora silenciosos en pleno procedimiento Parlamentario de una Ley, no sólo de interés social sino también, en su esencia de investigación relevante, de interés académico. Por la dimensión internacional que ha adquirido el problema queremos conocer la opinión que los Rectores”, dicen. “No es de recibo que sean las víctimas las que tengan que tirar de instituciones públicas como las universidades canarias ante un problema que afecta a la sociedad. Es difícil que estas líneas expresen el dolor que sentimos cada vez que tocamos “puertas” y recibimos buenas palabras y no colaboración efectiva y real.  Pretendemos que dada la gravedad y extensión del problema en Canarias, se desarrolle una Ley Integral de Memoria Histórica como demandan las familias afectadas”, concluyen.

De izquierda a derecha, Amada Quintana, Josefina Sánchez, Loli Guerra, Francisco Javier Perera, Ana Vera y Begoña Ramos, la semana pasada en el Cementerio de San Lázaro de la capital grancanaria, donde les dijeron que están enterrados sus bebés, aunque lo dudan

Llevo algunos años recuperando historias de ‘bebés robados’ denunciados en Canarias. Bebés que fueron arrancados de las cunas de sus madres para hacer felices a mamás impostoras, aunque para ello se destrozaran otras vidas. No importaba. Médicos, enfermeras y piadosas monjitas fueron el triángulo en el que se sostuvo uno de los episodios más aberrantes de la España negra. Esta semana, seis familias que aún buscan a sus niños recuerdan su lucha mientras pasean entre las tumbas donde, en el cementerio de San Lázaro de Las Palmas de Gran Canaria, presuntamente están enterrados aquellas criaturas.

Desde 1982, la fallecida periodista María Antonia Iglesias  comenzó a denunciar la existencia de  niños robados, con unos primeros reportajes que publicó en la ya extinta Interviú, y que provocaron que la sociedad española se le abrieran las carnes y se encendiera por fin una luz para investigar y denunciar aquellas atrocidades. En la actualidad, en Gran Canaria la asociación Colectivo Sin Identidad investiga 46 casos por denuncias de padres, madres o hermanos. Y es que, aunque pasen 50 años en algunos casos, los protagonistas de estas historias no pierden la esperanza de hallar a sus bebés robados.

A lo largo de los años he escuchado de esas madres ultrajadas sus miedos, su dolor… He sido testigo de su lucha desigual contra un sistema que se tragó su paz y les rompió la vida. Todo lo ocurrido, todo lo vivido está en sus memorias. Mujeres que sin el papá del hijo que supuestamente le arrancaron de la cuna son capaces de recordar, pese al tiempo transcurrido, dónde estaba situada la clínica, cómo era la habitación, el nombre de la amorosa monja, el del médico. Todo. Pero desgraciadamente a la hora de investigar -ellas y sus hijos- no han hallado documentos que les permitiera tirar del ovillo. Se atascan. Muchas se han rendido: 50 años de lucha les ha matado la vida y sus otros hijos les piden dejarlo todo.

Hace poco falleció el marido de Amada Quintana, que hasta el último momento le hizo prometer a su mujer que seguiría buscando a su hijo. “¡Deja ya esa lucha, ya está bien!” o “mamá olvídate. Igual no es como tú dices y realmente mi hermano murió en el parto”, le dicen sus hijos para intentar persuadir a quienes aún se empeñan en seguir en la durísima batalla. Pero ellas no se rinden.

Siempre San Lázaro

La asociación Colectivo Sin Identidad, que preside Begoña Ramos Vera, lleva doce años haciendo una gran labor altruista de asesoramiento y acompañamiento a las víctimas por Desaparición Forzada de Menores en Canarias. Entre las dos capitales de las islas tienen localizados a 200 afectados.

Ella misma, Begoña, busca a su hermana. Hace unos años que le hicieron una confidencia: “tu hermana es fulana de tal”, así que un día coincidió intencionadamente con ella en un lugar público y la observó con detenimiento. “Quería tenerla cerca para mirarla.  No hubo posibilidad de pruebas de ADN pero no pudo ser”.

Para hacer el reportaje, finalmente se inclinaron por reunirnos el Cementerio de San Lázaro porque la decisión tiene base. A casi todas las mujeres que ven en la imagen que ilustra esta página, más Javier, un padre afectado, cuando le robaron sus bebés de la Clínica Santa Catalina, el Hospital Nuestra Señora del Pino o la Clínica de Urgencias, se repetía la misma escena.  “Nos decían que el niño había muerto y te traían una caja, siempre blanca, que el marido, la madre o un enfermero llevaba a San Lázaro. Nunca supimos si estaba muerto, vivo o si la caja estaba vacía. Lo que sabemos”, y casi todas recuerdan lo mismo, “es que se nos decía que fuéramos al camposanto”, lugar que aún tienen clavado en el alma.

Hay un terreno en el cementerio capitalino al que llaman Zona Común en el que no hay lápidas ni hay nada. Un solar de mala muerte. Debe ser un osario común en el que cada cual, sin tener certeza de nada, hace un montoncito con piedras y arena, pone flores y deja algún detalle como un chupete, una bañera de juguete…, y allí los protagonistas de este reportaje han recordado al ser querido, niño o adulto.

Llevan años arrastrando ese dolor y han querido volver a ese escenario de dolor “para estar más cerca de nuestros hijos”. El paso de los años hace mella en sus cuerpos, en los andares cansados, en la tristeza de sus miradas. Casi todas las víctimas de ‘bebés robados’ con las que he hablado a lo largo de los años tienen un largo recorrido de vida, tal vez por eso conmueve comprobar que aún se emocionen relatando su historia. A nuestros muchos encuentros siempre han llegado con fotos, documentos ilegibles y fotocopias. Saben que hoy hallar a sus hijos es como encontrar una aguja en un pajar. Casi ninguna ha tenido apenas trato con periodistas, no les gusta. Lo hacen por el bebé perdido; el amor y la rabia les ha dado fuerza y allá donde les dejan van y meten la cabeza para gritar su injusticia.

Pero la vida les ha regalado otros hijos maravillosos que no han dudado en coger las riendas del dolor materno y estar a su lado.

Josefina Sánchez es quizás de todas las entrevistadas la que ha dejado pasar más años viviendo con unas imágenes que le devuelven uno de los días más amargos. Pero a Josefina la vida le dio dos hijas más que la llevaron a otras luchas. Y en ellas se embarcó con éxito. Lo prioritario estaba en otro sitio y allí vivió hasta que ahora, más sosegada con la paz del deber cumplido, busca a su hijo. El 19 de agosto de 1973 Josefina tuvo un varón en la Cínica Cajal de Las Palmas de G.C. Entonces tenía 22 años y era su primer parto. Recuerda que durante el embarazo sufrió una hemorragia y la trasladaron a ese centro médico. Localizaron al médico ginecólogo, Juan Bosco Monzón, que, por cierto, acabaría cumpliendo condena por la muerte de una mujer durante el parto por el incorrecto control médico. A la cama de Josefina llega Bosco, la observa y le comenta con suficiencia: “esto trota como un caballo”. Es decir, el niño estaba perfectamente, ningún problema. “Me acabaron haciendo una cesárea y me dijeron que el nació muerto aunque yo nunca lo vi. Ni supe ni me informaron. A mi padre y a mi tío le dieron una caja en la que presuntamente estaba mi bebé y le dijeron que la llevaran al cementerio de San Lázaro. Lo mismo que a todas”. Ella es la última que ha dado el paso de buscar a su vástago y lo hace como quien trata de aprobar una asignatura pendiente. “No quiero dejarlo pasar y aunque no se entienda, lo hago en recuerdo de mi hijo y para batallar junto a quienes llevan luchando muchos años buscando la verdad”, admite.

Loli Guerra dio a luz en el Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria el 7 de febrero de 1992. Recuerda con claridad que estuvo en la planta siete, habitación 27. Teniendo en cuenta las remodelaciones que a lo largo de los años ha sufrido el hospital, hoy esa ubicación puede ser otra. Cuenta que los médicos le informaron que su hijo tenía problemas de hidrocefalia, cosa que Loli desconocía ya que no tenía pruebas médicas que avalara ese diagnóstico. De hecho, con siete meses de embarazo Loli se sometió a una Amniocentesis que no arrojó ni un dato en ese sentido. “Daba la impresión de que el médico me estaba preparando algo para justificar luego la muerte de mi hijo y llevárselo. Así de claro. No tengo dudas de que me hijo ya estaba asignado a alguien porque durante años estuve reclamando el certificado de defunción del bebé y nunca me lo dieron. Yo no quiero decir el nombre del especialista que me atendió porque no tengo más que la experiencia que viví pero no me dieron ni un documento pues de lo contrario lo hubiera denunciado desde el primer momento. Ahora solo tengo recuerdos”, explica la señora.

El 29 de enero de 1968 Ana dio a luz a su primera hija. Pudo identificarla a los pies de la cama, pero no supo si era niño o niña, si tenía o no vida. Ese dolor fue lo que impulsó a su hija Begoña, presidenta en Las Palmas del Colectivo Sin Identidad, a formar la asociación. Begoña busca a su hermana y Ana, a su hija. Su relato es atropellado. Estas mujeres solo tienen recuerdos y denuncias formalizadas de la mano de Bego. “Yo le cuento lo que sé. Habla el corazón de una madre que no quiere morir sin saber qué pasó y si está viva, que creo que sí, pero en otra casa. Yo empecé con dolores y me llevaron a la Clínica Santa Catalina. Entonces apareció una monja con unos aparatos raros, me tocó por aquí y por allá hasta que dijo ‘esto lo tienes muerto. Se asfixió con el cordón umbilical’. Con 22 años, me quedé sorprendida hasta que pensé que era imposible. Camino de la clínica sentía a la criatura moviéndose, viva. Después, con esa pena, fueron naciendo mis hijos, otros cuatro, pero lo que paso con la primera nadie me lo quita de la cabeza. Me la robaron allí y la dieron a alguien. A mí, como a todas, me dijeron lo mismo: la metieron en una cajita como de zapatos y les dijeron a mi marido y a mi hermano, que estaban en la habitación, que la llevaran a San Lázaro y eso hicimos. Nada más”, concluye.

A Francisco Javier Perera le abrieron los ojos los múltiples reportajes que hace alrededor de doce años se emitieron en España sobre niños robados. Hasta ese momento, pensó que la niña sin vida que tuvo su mujer en febrero de 1975, en la Clínica Santa Catalina de Las Palmas de Gran Canaria, era producto de la adversidad. Pero cuando pasado el tiempo le llegaron rumores de las irregularidades que se producían en los centros médicos de tantas ciudades para traficar con bebés, se puso en macha. Lo de Javier es, además de una barbaridad, una chapuza. “Lo que pasó es que mi mujer cuando tenía ocho meses de embarazo sufrió una oclusión intestinal por lo que la tuvieron que operar de urgencia, con el riesgo añadido de que tenía el embarazo muy avanzado. Todo lo que cuento pasó en la clínica Santa Catalina. Nada, al día siguiente se le presentó el parto, es decir en medio del postoperatorio y nació una niña a la que yo escuché llorar”, dice. “Yo entendí que la niña había nacido bien y a los tres días me llaman y dicen que el bebé había muerto pero sin explicarme por qué casusa ni nada más. Lo que hicieron fue darme una caja con el cuerpo de la pequeña; yo no la abrí ni nada, pero era así porque me dijeron que fuera a San Lázaro que me estaba esperando un monje. Y eso es todo. Mi mujer seguía ingresada”, prosigue Javier con su relato, “pero lo asombroso es que cuando poco después fui a buscar el certificado de defunción de la niña y datos de la operación de mi mujer me dijeron que no había nada. Que ni mi hija ni mi mujer habían estado en Santa Catalina, no figuraban”. Javier Perera vivió muchos años en la creencia de que todo había sido mala suerte pero cuando comenzó a escuchar historias de madres que buscaban a sus hijos ya se puso en marcha. Tiene la documentación de su caso en perfecto orden, grapada, subrayada, con apuntes a pie de página. La trata con mimo, como si entre esos papeles estuviera su pequeña: “Con el tiempo y la madurez que te da la vida no tengo la menor duda: nos la robaron en Santa Catalina”. De pronto el bueno de Javier muestra una foto para que la comparemos con otra que trae en su teléfono móvil. Son dos mujeres. “¿No se parecen?” pregunta. No sabes ni qué decir.

Amada Quintana tiene 73 años. Hace un año que murió su marido pero ella sigue en la lucha. Busca a su hijo, que nació el 1 de marzo de 1960 en una clínica de urgencias de  Las Palmas  de Gran Canaria, ya desaparecida. Pero Amada tiene recuerdos que si mil veces se lo preguntas mil veces lo cuenta con la misma exactitud. Su experiencia del parto marcó de tal manera a Amada, con 18 años, que su segundo hijo lo tuvo en casa. “Tenía terror de que también me lo robaran”. ¿Era un niño, Amada?, pregunto. “Sí. Mi madre estaba a mi lado y vio sus genitales. Era un varón. Mira, yo tengo dos cosas muy claras: una, que cuando la monja levantó al bebé para asearlo orinó, es decir, que estaba vivo. Y dos, que en la puerta de la habitación había una persona a la que luego le dieron a mí hijo y le dijeron “¡llévatelo, llévatelo, llévatelo!”. Yo no lo vi más pero recuerdo el llanto de mi niño, sin duda era suyo porque en la habitación no había nadie. Estaba yo sola, no había más parturientas”, rememora.

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