Vuelve el Guaca

Marisol Ayala

Otra vez El Guaca, M. A. Rodríguez Rodríguez, histórico del narcotráfico en Canarias, en los papeles. Personaje que a golpe de delito esculpió la leyenda del traficante de barrio desde su cuartel general en la ladera de San José, ha vuelto. En los años 90 arropado por toxicómanos que daban lo que les quedaba de vida por el jefe. Fue el Dios de la droga. Cuando estos días su nombre ha vuelto a copar titulares, he recordado episodios que tenía olvidados.

Siendo un pibe, con unos 20 años,  El Guaca se metió de cabeza en el narcotráfico desde su zona de confort, San José, más tarde, casoplón al que los periodistas soñamos con visitar algún día. Un chabolazo construido con todas las comodidades e ilegalidades posibles. Para  los que seguimos sus pasos entre sucesos y tribunales El Guaca siempre fue garantía de titular. En una ciudad en la que las chabolas abrieron la puerta a los supermercados de la droga, El Guaca encarnó el poder de la miseria. Compraba, vendía, amenazaba y se enfrentaba a quienes osaban merodear por su terreno. Todos sabían a qué dedicaba el tiempo libre; su poder llegó a controlar más allá de lo que él imaginó pero la provocación, las idas y venidas de toxicómanos a “tienda” fue lo que encabronó a padres y vecinos de San José de tal manera que un día armados con palos fueron subieron la ladera y arremetieron contra El Guaca y los pobres toxicómanos, zombis, enfermos, que mendigaban desesperados su dosis de muerte. La Delegación del Gobierno intentó frenar la situación pero “chapaban” un garito y abrían diez. Mucha, demasiada demanda. Martín Freire, a dos pasos de San José, también formaba parte del universo Guaca. En ese contexto de carreras nació entonces un movimiento, Plataforma Ciudadana Contra la Droga, que aglutinó vecindad y padres. La movida la lideró un vecino con menos cabeza que un alfiler plano. Lo cierto es que entre todos vimos crecer a una trituradora de vida. El Guaca. La policía dio largas zancadas por aquellas laderas pero detenerlo era complicado. Su bunker era infranqueable y sin pruebas no hay paraíso. Pero cayó.

Los que tenemos años y memoria recordamos uno de sus primeros juicios. 1992. Su llegada a la Audiencia Provincial fue un baño de multitudes. Se rodeó de familia y seguidores que repartían manotazos a todo periodista que intentara disparar la cámara. De esos tumultos hay una frase que revela la personalidad del fulano. “Si quieren fotos nuevas que las paguen”.

Lo dicho, una trituradora de vidas.

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