Tú, te, ti, contigo

Carla Sánchez

Hacía muchísimo frío y llovía, era el día perfecto para pasarlo con una manta, pero esos días pueden repetirse cuando quieras, esos no son tus días. Me vestí, me abrigué, cogí mi cartera, las llaves y el móvil en modo avión, pues sólo lo usé de reloj. Eché a caminar unos pasos y la guagua que necesitaba coger, llegaba y me llevó hasta mi primera parada.

Hay un sitio en esta ciudad que para mí personalmente tiene algo que respiro al entrar, pasa por mis fosas nasales, llega a los pulmones y se envía una orden a mi cerebro para hacerme saber que estoy en casa, no quiero hacer publicidad, pero “La Casa Suecia” es un lugar tan mítico, donde merendé tantas veces de niña y donde ahora adoro ir a desayunar y leer. Cuando te sientas allí, tienes la sensación de que estás en una cabaña y fuera está nevando, aunque sea agosto. Allí tomé mi desayuno despacio, mientras leía y junto a mi mesa se sentó una mujer de unos cuarenta y pocos años que gritaba bastante al hablar y estaba contándole a un señor mayor su vida:

“Yo le pedía permiso para todo, la casa tenía que estar limpia, la comida hecha, la ropa planchada, no tenía ni voz, ni voto, ni dinero y encima, si los niños cuando fueron creciendo, hacían alguna bobería, la pagaba yo…y la pagaba bien, por eso me separé y ahora tengo mi sueldo, mi casa, mi vida, no doy explicaciones a nadie (por fin respiró, pues lo dijo todo seguido, como quien necesita vomitar una pena)…¿Usted sabe lo feliz que soy yo ahora conmigo misma?”

Yo, conmigo misma

Como siempre, no escuché esa conversación por casualidad, la escuché en el día que había decidido pasar conmigo misma. Al salir, el tiempo había mejorado, vi el escenario del carnaval, que, aunque esté vacío sin público, me suele dar un chute de energía y alegría, tanta, que eché a andar hasta la puntilla y avancé por los vestigios comerciales que aún quedan en la ciudad, esos establecimientos que no han cambiado nada, lo más que se adaptaron a los nuevos tiempos fue poniendo el 928 delante del número fijo. Esas tiendas de telas, pijamas o tecnología estaban aquí cuando los extranjeros se sacaban fotos con Lolita Pluma y grababan con una super 8 la playa, para acabar cenando en Juan Pérez y tomarse una copa en La Bella Época o el Britania, cómo tenía que alucinar esa gente al llegar a un lugar tan recóndito y tan cosmopolita al mismo tiempo.

Decidí meterme en el papel de guiri y la mejor forma era subirme a la guagua turística. Con mis auriculares puestos, escuché las hazañas de Juan Rejón y como Néstor Martín-Fernández de la Torre, proyectó cerca de los jardines del Hotel Santa Catalina, lo que ahora es El Pueblo Canario, finalizado por su hermano Miguel, ya que Néstor murió bastante joven, sonreí al pasar, porque hace bien poco se descubrió en sus obras de rehabilitación, lo que parecía ser una cámara masónica, curioso y valiente, el atrevimiento de construir algo así en ese tiempo.

Todo este recorrido lo pasé sola, pensando en mi y las cosas de las que he sido capaz, pero las he hecho siempre por inmediatez, porque es lo que toca y eso no me ha dejado ser consciente de todo lo que he logrado por mi misma, porque siempre me ha parecido necesario, inmerecido, obvio.

Llegando a Vegueta, decidí volver a ser canaria y bajarme de la guagua. Hacía mucho frío para seguir paseando y divagando, así que me acerqué al cine Monopol y pedí una entrada para la película que acababa de empezar, sin saber cuál era. Por suerte era una comedia, pero iba sobre una boda, ¿Qué hago yo aquí?, pensé. Realmente esa boda era el escenario de fondo para reflejar la vida de un hombre de mediana edad, perdido, desbordado, estresado, infartado durante toda la película porque el banquete salga bien, incapaz de delegar, que lo quiere siempre todo perfecto y esa perfección tiene como destino al resto, porque para él, sin embargo, no hay tiempo nunca. Ese hombre era yo.

Al salir, vi en el cartel que el título de la película era “c´est la vie” (así es la vida) y no podía poner un final mejor a mi día, porque sí, así es la vida, sólo TÚ puedes saber cómo te sientes en cada momento, si TE escuchas, sabrás lo que necesitas para ser feliz, además, todo el tiempo del mundo es poco si es para TI y es CONTIGO con quien pasarás el resto de tu vida, quieras o no.

Esto no es una oda al egoísmo, así es la vida, los demás existen, pero primero, tú, te, ti, contigo.

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2 respuestas a Tú, te, ti, contigo

  1. Natividad Velazquez Perez dijo:

    Cómo fascinó con cada historia Carla.Más que historias es la propia vida pero contada desde tu perspectiva,la hace única,diferente,y sobre todo muy auténtica.
    En varias de ellas me identifico pero sabes por qué? Respuesta sencilla porque tenemos algo en común que nos une y por siempre jamás.

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  2. Daniel dijo:

    Y hoy llega a mí este texto. Nada es casualidad. Como siempre un gusto leerte.

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