Diana, Sara, Yeremy

Marisol Ayala

29 de diciembre 2017, 10.15. Una noticia sacudió el país: Detenido “El Chicle”, presunto autor de la muerte de la joven Diana Quer. Un escalofrío nos recorrió de arriba a abajo. Más detalles, más estupor. La filtración a un diario gallego de la identidad del principal sospechoso precipitó la detención de José Enrique Abuín, autor confeso del asesinato. Ha sido tal la sucesión de detalles, imágenes y testimonios conocidos estos días que tenemos el corazón en un puño. Leer azul sobre blanco en la web de La Provincia la detención de El Chicle encendió las redes. Horas después se difundieron detalles de la investigación que conduciría a la Guardia Civil al pozo en el que tiró a Diana. Entonces, como activado por un resorte único, la sociedad española hizo suyo el dolor de la familia. Inimaginable. Dicen que el hallazgo de un cuerpo, una víctima, aporta paz a los suyos pero yo no comparto esa teoría. No creo que después de la devastación que supone ver desaparecer a una hija haya nada que devuelva la cordura. Es cierto que hay personas que resuelven las adversidades con más fortaleza que otras que viviendo ese dolor tienen gestos públicos que las hacen grandes. Canarias no es ajena a los desaparecidos. Hay dos casos que aquí duelen especialmente, Sara Morales y Yeremy Vargas.  No sé de qué están hechas esas dos mujeres, sus madres, especialmente Ithaisa, la mamá de Yeremy.  Con ambas tengo una relación de cercanía, en particular con Nieves, la madre de Sara. Han sido muchas horas de confidencias y la conozco bien. Siendo tan iguales en el dolor sus reacciones ante casos que tengan que ver con desapariciones son distintas. Ithaisa, menuda, de escasa estatura siempre da un paso al frente y de hecho desde que apareció el cuerpo de Diana colgó en las redes unas palabras de emocionado apoyo. En su casa la han llorado como si les perteneciera, decía. Ithaisa se envalentonó aunque luego se venga abajo porque es todo corazón y ese órgano está tocado. En cambio Nieves hace tiempo que desapareció de los medios. No quiere, ni puede, no tiene fuerzas. Está cansada. La desaparición de su niña, Sara, y la ausencia de pistas la ha dejado sin fuerzas. Por ellas sé que hallar los cadáveres cerrará una página pero no aliviará ni el dolor, ni la amargura, ni la rabia. Nieves hablará cuando tenga noticias de su hija. Antes no, “¿Para qué?”, le escucho.

Vive su dolor puertas adentro, dejándose llevar, esperando el milagro.

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