Personajes curiosos

Marisol Ayala

Hay historias, episodios de nuestras vidas, que viven adosados a tu memoria. Tratas de sacudirlas pero ahí siguen. Hablo de vidas muy locas, como la de Andrés, Juana, Óscar, o la de quien se paseaba por las redacciones repartiendo tarjetas con la leyenda “hago de todo”. Tal cual.  Este pillo apareció por el periódico para mostrarnos su último invento, un artilugio que pelaba tres papas a la vez y casi por obra de magia, decía, iban a parar a la sartén y salían fritas y todo. Con los huevos nunca pudo. Le recuerdo flaco, con un chiquillo que lo miraba admirado mientras papá lo daba todo. Nadie vio funcionar jamás la “máquina” pero nos reímos mucho.  Personajes que el tiempo ha borrado sus nombres, no sus historias, esas que me han permitido acabar el año recordándolas mínimamente en un libro (Historias Prestadas. Editorial Mercurio).

Por ejemplo Andrés. Media vida dando tumbos hasta que con 32 años decidió que lo mejor para encaminarla era atracar un banco. Si lo detenían contaría los preparativos y sí escapaba se piraba a Holanda. No era un profesional de los atracos, no. Debutaba. Tan poco profesional era que cometió un “pequeño” error. Se hizo con un pasamontañas oscuro, entró en una sucursal bancaria, se llevó lo que pudo pero, la inexperiencia, la ansiedad y su asma lo pusieron al límite así que antes de llegar al coche en el que le esperaba un cómplice se quitó la prenda y dejó su cara al descubierto. El pasamontañas quedó en la acera. No dejo una foto suya porque se olvidó. Detenido.

Historias curiosas. Otra. A  finales de los noventa fue cuando conocí a quien me vino heredado de un colega. El golpe militar contra Pinochet, septiembre 1973, trajo a Canarias un puñado de chilenos que huían de la dictadura. Entre ellos un golfillo, un vividor de traje raído, corbata deshilachada y verborrea. Vivía en un centro de acogida de  Alcaravaneras y rentabilizó el golpe militar como nadie. Se había montado una película de la que nos beneficiamos más de un periodista. “No puedo hablar para la prensa, soy perseguido político, pero déjeme unos días para consultar”. Al rato llamaba. “Yo viví al lado de Allende sus últimas horas  en la Moneda, era de su guardia personal” y le creíamos. Traía fotos en las que no había más que bultos negros “¡ese, ese soy yo!”, decía. Su historia era bonita pero era mentira. Un día confesó la verdad.

El papel aguanta lo que le pongan.

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