La vida en un taxi

Marisol Ayala

“Aquí donde me ve gracias a mi oreja se resolvió la muerte de una mujer en San Cristóbal, hará unos diez años”, dijo sin venir a cuento. “Un fantasma”, pensé. No le hice mucho caso. Iba al volante de su coche limpio como los chorros del oro pero como no le ponía atención comenzó a hablar de la importancia social de su trabajo, de lo que escucha y calla, de lo que ha visto y de lo que tal vez cree haber visto. Me envolvió con sus comentarios y acabé tomándolo en serio pues al fin y al cabo, pensé, es un trayecto corto y si me da la paliza será poca cosa. Pero no. Estaba orgulloso de su trabajo, de haber asistido el parto a una nigeriana, de haber montado una infraestructura mínima para no dejar pasar una oportunidad en cada “lléveme a tal sitio”. Listo. Se ha hecho con una clientela variada “gente a las que ayudo y me ayudan”. Su teléfono no para; un móvil y un bloc de notas. “Aquí apunto los recados del día”. Giró a cabeza. Algo debió ver en mi cara porque dijo risueño “soy un taxista todo terreno. Salí a mi padre, también taxista. Él me dio el mejor consejo para una profesión en la que tratas con todo tipo de gente: “Cuando un cliente se sube al taxi hay que hacerle el trayecto agradable”. Me contó tantas cosas, todas a gran velocidad, consciente de que se acercaba el final del trayecto. Yo escuchaba pensando en lo que pienso cada vez que tropiezo con alguien de su perfil, una persona a la que le gusta tanto contar cosas como a mí escribirlas. Lleva niños al cole, hace recados, acude a recoger compras o acerca ancianos al médico. Concluyo que es un lince. No deja pasar oportunidad para incrementar sus ganancias, siempre con buena cara.

“Usted me dijo antes algo sobre la muerte de una mujer, ¿qué fue eso?”, pregunté curiosa. Terminó el trayecto y arrimó el coche para explicármelo con énfasis. Una tarde lo pararon dos chicas por La Ballena. Entraron y de pronto escuchó como una le contaba a la otra que sabía quién había matado a una mujer en un barrio de la ciudad. El taxista puso la antena, anotó datos, llamó a su padre, fue a comisaría y lo contó sin dar su nombre. A los pocos días la prensa informaba de su detención.

“¿Orgulloso, no?”. Su sonrisa contestó por él.

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