Los muros de la soberbia

Marisol Ayala

Nunca fue una relación fácil. Un padre de carácter fuerte y un hijo que desde la adolescencia lo intentó todo para allanar el camino del afecto, pero luchar contra quien no acepta contradicción alguna es una derrota diaria. Y así durante años viviendo un pulso. Hay padres que creen que pagar estudios y vida cómoda les autoriza ejercer el ordeno y mando sin un rechistar. El hijo es médico y como tal se ha desvelado por ese padre que envejece y enferma, ley de vida, pero para papaíto siempre hay médicos mejores, con más conocimientos, con mejor currículo y entre ellos nunca está su hijo, siempre es otro. La tiranía del poder doméstico. Pero la vida, la vejez, las enfermedades no saben de buenas o malas relaciones; un día llegan y hay que armarse para que no salgan victoriosas. En ese escenario todos los aliados son pocos. ¿Quién le iba a decir al papá huraño y despreciativo que el alivio a su dolencia estaba en casa? Lleva diez años luchando contra una enfermedad que no tiene piedad, dolorosa y tenaz. Aunque parezca una amarga pirueta de la vida esa enfermedad, ese diagnóstico, esa precariedad física los ha acercado como nunca. Padre e hijo son ahora paciente y enfermo sin ningún reproche, al contrario, todos los cuidados posibles para aliviarle son pocos.

Hace unas semanas escuché de ese hijo que la enfermedad ha dulcificado a su padre. Ni por un momento le dice lo que sería fácil “ahora me considera porque me necesita”. Y tal vez sea cierta. Ahora escucha palabras de gratitud, de cariño; un “no tardes, hijo” o un “¿te quedas esta noche conmigo?” Y se queda y lo mima y lo atiende y juega a las cartas y le lee en voz alta. No hay consulta médica a la que no acuda de su brazo, incluso cuando la cita se retrasa le anima para que vaya a tomar un café “que estarás cansado, hijo”. En ese escenario hay una mujer que observa y escucha lo que escucha sin abrir la boca. Su madre.  Cuando hace dos meses lo operaron de nuevo solo quiso tener a su lado a ese hijo que nunca valoró, el que habla con los especialistas, el que traduce los diagnósticos, el que sube o baja la dosis para aliviar dolores. Parece como si de pronto se hubiera producido un enamoramiento. Y no. Se han querido siempre pero la soberbia construye muros tan altos que solo derriban la generosidad.

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4 respuestas a Los muros de la soberbia

  1. flora dijo:

    Por fin he podido abrirlo.Ya lo había leído en el periódico y face.,al hacerlo ahora,he vuelto a emocionarme.Será que no tuve ocasión de cuidar a mi padre,con quien tuve una relación difícil,se fue demasiado pronto.Por eso entiendo que el tiempo cura las heridas,si hay afecto,como es el caso.Precioso artículo.

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  2. octavio sall negrin dijo:

    Genial marisol, precioso relato , como la vida misma. Un abrazo , octavio

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  3. Lola Arencibia Moreno dijo:

    Puees…bendito sea Dios, que aunque sea a través de una enfermedad
    se han podido acercar y tener la relación que siempre debieron tener:
    bueno y saludable para ambos, e incluso para la madre.

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  4. Lola dijo:

    Corcholis. Siempre me saltas las lágrimas. Y es que a estas alturas salen antes con la ternura que con el sufrimiento. Cosa que me place. Bonita historia Marisol. Nunca es tarde para enamorarse, de un padre, una madre, un hijo etc. El amor puede con todo.

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