Tenía que conocerte

Carla Sánchez

Pudo ser en 2004 y para intentar identificar personalmente lo menos posible, diré que entré en una tienda que vendía productos a granel, bastante caros, porque su elaboración era especial. Compré al peso varios de ellos y en uno en concreto, se pasó al servirlo, 5 mg de lo que pedí y fue quitándolo poco a poco de la bolsa en una tarea, minuciosa, grano a grano. Salí de allí indignada, eran cosas carísimas, y me dejé un pastón en la compra, me pareció una falta de educación por su parte no dejar esos miligramos de más, era una usura, vaciarme eso, con todo lo que me llevaba. Al poco tiempo pasé por la zona de nuevo y la tienda estaba cerrada a cal y canto y el local vacío, “no me extraña”, pensé, o, mejor dicho, juzgué.

Pasaron, bastantes años, al menos diez, me aburría soberanamente en una clase del master jurídico que estaba haciendo, y usando mis técnicas de desaparición ninja, me fui de clase, eché a caminar y lo encontré. Encontré un lugar, que me llamó a entrar casi instintivamente, sin saber qué era. Una casa antigua, seguramente de las primeras construcciones de la ciudad, se juntaba en un mismo lugar dos de mis cosas favoritas, historia y vino. Alguien muy afable y simpática me invitó a sentarme y me recomendó un vino buenísimo del que pedí una copa, empecé a analizar aquel sitio, mirando todos sus rincones detenidamente, cuando llegué al techo, se me abrió la boca y tardé un rato en cerrarla, aquel lugar tan antiguo, tenía en el techo pintados a mano desde…vete a saber cuándo, símbolos claramente masónicos.

Nueva York desde Rockefeller Center

Yo tengo un problema, hablo con todo el mundo, siempre, aunque sea un ascensor, pero, si además esa persona me ha servido una copa de vino, lo mínimo es entablar una conversación con forma y fondo, así fue. Era encantadora, no me cansaba de oírla y abría los ojos casi deslumbrándome con su brillo cuando era yo la que hablaba. Sabía hacer numerología y clavó mi número, me dijo: eres todo mente, a nadie le gusta serlo, lo relacionan con la locura…yo me reí, y le dije, que me encantaba mi número, yo no sería nada sin mi mente, rumiante, cansina, imparable, taladrante, pero siempre en marcha….me miró, abrió los ojos muchísimo de nuevo y me regaló una sonrisa enorme.

Seguimos hablando y me contó, como en un viaje a la India, descubrió que la felicidad puede estar en un vertedero y cuanta soledad puede darte el dinero y el poder, porque hace muchos años, intentó ser empresaria, tuvo un negocio justamente en el sitio donde yo compré los productos a granel, era la misma tienda, los mismos productos, era ella. Le cambió el rictus facial mientras me explicaba las agonías que pasó para hacer frente al costosísimo alquiler de aquella zona, con unos productos con tan poco margen de beneficio y lo peor, que cuando el agua le llegó al cuello y quiso cerrar, le asaltaron diez abogados que gestionaban los locales para informarla del pastizal que debía por dejarlo antes de fin de contrato, estaba satisfecha con la experiencia, aunque sonaba horrible, porque había aprendido muchas cosas.

  • Eres tú, le dije.
  • ¿Cómo?, Me preguntó.
  • Nada, que no he llegado aquí por casualidad, tenía que venir, para saber por qué pesabas de forma tan precisa tus productos, yo tenía que conocerte, aunque fuese diez años después y no podíamos hacer nada por evitarlo.

No sé si entendió algo de lo que le dije, pero volvió a sonreír de nuevo y me sirvió otra copa más.

Al tiempo, volví a aquel lugar y le conté que viajaría en navidad a Nueva York, nuevamente la boca le llegó de oreja a oreja, porque acababan de salir de allí algunos miembros de la embajada americana y ella les contó que su abuelo emigró y vivió muchos años en Nueva York, hasta que regresó a casa con su familia.

Dicen que regalar un dólar da suerte, el día que me volvía de Nueva York, miré por la ventana, me quedé muy cerca de Wall Street, imaginé a su abuelo, con un chaquetón de paño, muerto de frío, agarrándose el sombrero (si es que como emigrante podía tenerlo), para que el viento frío de diciembre no se lo arrebatase, caminando por esas mismas calles con una montaña de horas de trabajo a sus espaldas. Saqué un dólar de la cartera, me senté en el escritorio de la habitación y se lo dediqué, lo escribí entero, cuánto podría trabajar su abuelo, por un dólar como ese, cuánto trabajó ella en aquella tienda, para que gente como yo, le juzgase.

Le perdí la pista y aún, guardo el dólar porque no he podido dárselo, o mejor expresado, estoy esperando que el destino me dé la oportunidad de dárselo, no me cabe duda, de que pasará.

¿Hasta qué punto crees en las casualidades? Cuantas veces, has conocido a alguien, con quien conectas en los primeros cinco minutos de conversación y quieres saber más y más sobre esa persona, quieres escucharle o te sientes totalmente identificado con muchas de sus vivencias o hasta con sus rasgos. Nadie pasa por tu vida, por casualidad. Yo tomaba cervezas con uno de los hijos de Marisol Ayala sin saber que lo era, mi madre recortaba columnas suyas, que guardaba y yo encontré muchos años después de morir mi madre y conocer a Marisol y ahora, escribo para ella y también, tomamos algún que otro vino, admitirlo es el primer paso.

Todo el mundo tiene algo que aportarte y está aquí ahora, mirándote, por algo. Ustedes me dirán, pero Carla, yo he conocido a gente mala, gente que me ha hecho mucho daño, claro que sí, a todos nos ha pasado y voy a usar para esto una frase de Alejandro Jodorowsky de su libro Cabaret Místico:

“Un ciego, de pie en medio de un desierto llano, se queja de no poder avanzar porque no encuentra obstáculos que lo guíen”

Esto nos enseña que cada persona o situación desagradable, es un obstáculo, un golpe, que duele, pero marca el límite y te devuelve al camino, que para cada uno es distinto y tiene que hacer el suyo propio. Si no tropiezas, seguirás impoluto, pero no podrás aprender, ganarás tranquilidad, pero perderás experiencia y la experiencia es lo único que podrá salvarte cuando no haya tranquilidad.

Para todos los que lean esto y me conozcan, sí, tenía que conocerte.

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8 respuestas a Tenía que conocerte

  1. maribel gonzalez cazallas dijo:

    Me ha encantado el relato, haces que lo viva.

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  2. Lidia Esther dijo:

    Cuanta razón…. Que cosas tiene el destino, te conocí entre los muros de la universidad, donde fuimos compañeras de días buenos y días menos buenos. Donde ambas buscábamos cumplir un sueño, un objetivo y era Licenciarnos en Derecho. Hoy deseo ver tus relatos con el mismo deseo que tenía y por leer los de Marisol.

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    • Carla Sánchez dijo:

      Hola Lidia, los días menos buenos para mi, eran los que había clase estando fuera la fiesta del vaso……eran horribles ajajaja. Muchas gracias por seguirme y a Marisol por publicarme y hacerme caso…que dado el nivel de chifladuras que le digo, tiene mérito….

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  3. Paqui Batista dijo:

    Primero que nada Carla,felicitarte por esta historia ,real ,mágica ?,puede,a mi me ha llegado a lo más hondo ,es una historia profunda ,la casualidad ,no creo que exista,creo que lo que sucede ,sucede por algo .Me encanta cómo escribes ,conectas con el lector ,me pasa lo mismo con la gran periodista Marisol Ayala.Enhorabuena.

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    • Carla Sánchez dijo:

      Marisol Ayala podría tener un chalet de siete plantas, pero eligió periodismo social y sobretodo no estarse callada, eso da menos dinero, pero conecta con todo el mundo porque es lo justo, son situaciones reales, que hemos vivido, nos suenan de algo o nos ponen los pelos de punta. Yo cuento mis cosas tal cual las siento y me alegro de conectar con la gente, muchas gracias por seguirme Paqui, un abrazo. (Por cierto, la magia y las casualidades, no existen…)

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  4. carmina hernandez chacon dijo:

    muy buen relato Marisol

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