La vecina del colegio

Hoy es profesora de Educación Física, guapa, piel clara, ojos azules y un magnetismo que atrapa. En todo lo que cuenta le va la vida, pura pasión. Tiene los chips de quien ha asumido responsabilidades desde la niñez. Tiene amigas que son hermanas, esas que la abroncan y la adoran. Mira el reloj sin disimulo. Tiene tareas que debe cumplir y cumple. Parece mentira que detrás de esa criatura resuelta, hoy madre de tres hijos, se oculte una infancia complicada que no la ha marcado. Cuando relató episodios de la chiquilla que fue lo hizo sin rencor.

Su madre no fue una madre modélica, no; fue una madre que quiso vivir la vida y que en ocasiones olvidaba sus obligaciones maternas. Lo peor eran los viernes a la salida del cole porque mientras sus compañeros desaparecían de la mano de sus padres ella se quedaba sola, esperando a esa mamá que no llegaba. Entonces aparecía una vecina que cuando la veía en la puerta hecha un mar de lágrimas, le preguntaba la razón del llanto. “Es que no me vienen a buscar”, decía asustada. “¿Y dónde está el problema?”, contestaba la mujer. “¡Venga, coge la maleta! vamos a tu casa, le dejamos una nota a mami y te vienes a la mía. Busca un papel y yo la escribo”. “La niña está en mi casa”, ponía. Y así en varias ocasiones. A la madre le gustaba divertirse, se enredaba con facilidad. Salía por un rato y llegaba al día siguiente. La vecina conocía sus andanzas pero no abría la boca. En su casa había niños y la chiquilla allí era feliz. Fin de semana de lujo en casa ajena. Cuando moría la tarde la alumna pensaba que mamá tardaba mucho. Preguntaba de nuevo por ella y otra vez la vecina le restaba importancia. “¡Ya vendrá, muchacha! desde que lea  el papel te viene a buscar. Venga, toma un bocadillo y vete a jugar. Se le habrá hecho tarde”. Como los niños desarrollan el olvido selectivo, a los diez minutos estaba brincando y saltando.

Cuando la madre aparecía leía el mensaje e iba a buscarla. La pequeña corría a sus brazos. Nadie reprochaba nada. Normalidad para evitarle daño a la pequeña. Cuando supe lo que ahora saben ustedes entendí el cariño de quien hoy es una mujer por la señora que estaba a su lado. Se la comía con los ojos.

Era aquella vecina que siempre aparecía como por casualidad.

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