La lata de mantequilla

Carla Sánchez

Cuando era pequeña, fui una pesadilla para comer, mi madre era una buenísima cocinera que siempre tenía la mesa llena de gente, pero hasta que yo fui cogiendo fundamento culinario, las pasó canutas para que me comiese un triste plato de sopa. Ahora las cosas han cambiado y mucho, paré de crecer a lo largo para centrarme sólo en lo ancho y como de todo, es más, puedo clasificar mi afición a la cocina como un placer, me encanta cocinar, comer y beber, casi tanto como viajar o escribir, alguno que me conoce, va a leer esto, mal pensado, dirá por dentro, “beber es lo que más te gusta, que nos conocemos”.

Hace semanas me vi frente a este bote de mantequilla en un supermercado, me lo pensé durante algunos minutos, mis analíticas siempre son combinación ganadora con reintegro y complementario, imaginé a mi hermana echándome la bronca porque no me cuido, pero es que un bote como este, fue testigo y culpable de mi madurez temprana, así que pasé de todos los consejos de saber vivir y me lo llevé a casa.

Como ya dije, yo era malísima comiendo, pero toda regla tiene su excepción y yo abría mi apetito al mundo siempre que comíamos en un restaurante (preferencia estrella por las tapas en una barra) o me invitaban a comer en otra casa. Mi madre se indignaba, por un lado, pero por otro, cansada de escuchar la palabra anemia en el pediatra, con tal de que comiese, cuando me daba por algo, me dejaba darme un festín sin límites.

La lata de mantequilla

Algunos años, mientras fui pequeña, todas las tardes, mamá visitaba a su amiga Paca. Ella y su marido, eran buenos amigos de mis padres y entre los cercanos eran conocidos como Tata y Cacú, para más señas, “Cacú el cuartapan”. Cuartapán es una referencia-título nobiliario de los típicos en barrios y pueblos, que, según contaban mis padres, tiene su origen en los padres de Cacú, que regentaban una tienda de aceite y vinagre, donde te servían con lo que pidieses para beber un cuarto de pan.

La casa de Tata, era la sede de Europa Press de este barrio, de hecho la puerta sólo se cerraba de noche y allí, se reunían por las tardes todas las vecinas para arreglar el mundo, dar golpes de Estado, contrastar noticias, acordarse de los muertos de alguien o suspirar deseando tener veinte años menos, cuando Andoni Ferreño salía en el telecupón. ¿Qué pintaba yo tan chica en ese cuadro? Pues ciertamente nada…pero era demasiado chica para quejarme y mi madre empezó a notar que ganaba peso (siempre estaba en los huesos) y mejoraba a medida que pasaba tardes en casa de Tata. El secreto era simple, Tata se pasaba la tarde entera dándome trozos de pan de matalaúva untados con mantequilla del Castillo y los alternaba de vez en cuando, con trozos de chocolate Tirma con almendras. Ante este panorama, como comprenderán no iba a quejarme y pasaba la tarde poniéndome ciega y escuchando historias de todo tipo, allí se lloraba, se reía, se escandalizaban, se recordaba y para completar un debate serio, obviamente se criticaba. Estas historias, seguramente me hicieron “vieja desde pequeña”, pero yo las recuerdo con muchísimo cariño y nitidez.

Tata tenía hijos y nietos a los que adoraba, pero sentía algo especial por mí, siempre me dejaba la pintura de labios marcada por todos los cachetes. Siendo muy pequeña, me dio una crisis convulsiva y cuando se enteró estaba en su casa descalza, lo soltó todo y descalza llegó al hospital. Nunca me faltó su regalo por el día de Reyes como a una nieta más y me gustaba escucharle, porque exageraba todas las historias y eso nos hacía mucha gracia. Cuando se fue no pasó inadvertida para nosotros, Tata y Cacú están en casi todas las historias felices de la infancia de mis hermanos mayores y también, como ven, en las mías.

Estoy escribiendo este texto mirando la lata de mantequilla para sentirme niña de nuevo, como la miraba mientras escuchaba la vida de medio barrio, a la espera de que las manos, con manicura esmerada de Tata, terminasen de untarme el siguiente trozo de pan. Una vez, alguien que cree en la reencarnación me dijo, para convencerme de que existe, que yo, era una persona “muy vivida”, no tengo tantos años como para serlo, lo que sí es seguro, es que he sentido la vida de otros, casi tanto como si fuese mía.

La lata de mantequilla se está acabando, como todo lo consumible, todo lo material, pero las tardes en casa de Tata y todas sus protagonistas, pese a que ya no están, seguirán conmigo para siempre.

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4 respuestas a La lata de mantequilla

  1. David Rodríguez Medina dijo:

    Hola.
    Hace tiempo en el blog de Marisol Ayala pude leer por encima un maravilloso relato de Carla Sanchez titulado “la terraza”.
    He intentado por muchos medios volver a leerlo y no lo consigo por ninguna parte. Es posible que al cambiar el formato del blog ya no exista en la red.
    Alguien podría facilitármelo?
    davidrmedina@hotmail.com (r entre David y medina).
    Agradecido….

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    • Carla Sánchez dijo:

      Hola David, gracias por tu comentario y por el cumplido. Efectivamente al cambiar el formato del blog de Marisol, es complicado encontrarlos, pero yo misma te lo haré llegar, guardo copia de todos mis textos.

      Un abrazo

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  2. Ana dijo:

    Que bonito Carla cómo todo lo que escribes…Me hace recordar a mi niñez que también era un desastre con la comida…

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    • Carla Sánchez dijo:

      Horas y horas mi madre haciendo el avión y cantando susanita tiene un ratón con el plato de rancho……..era horrible!!!!

      Muchas gracias Ana.

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