Saldar una deuda

Una noche se escucharon gritos. Salían de un piso cercano. A los gritos les sucedieron golpes, carreras y portazos. Era de madrugada. Poco a poco los vecinos, alertados, aparecieron por las ventanas. Los insultos tenían voz de un hombre, eran alarmantes. Se miraban unos a otros. No sabían si llamar a la policía o si callar y mañana será otro día. Y en eso estaban cuando sonó el portal. Alguien salía. Era una mujer. Llevaba de la mano a una niña de unos ocho años con un jersey y un pañuelo de esos que coges a la carrera. Ambas cruzaron la calle aquella noche y pararon en una cabina telefónica. Era evidente que mamá huía de las amenazas y protegía a su niña. Con las prisas olvidó el móvil. En la casa no se volvió a escuchar ruido alguno; ni gritos, ni insultos ni portazos. El animal estaba manso.

Como sabemos hoy nadie usa una cabina telefónica si no es por una necesidad imperiosa, pedir ayuda, por ejemplo. De pronto de un edificio cercano salió una mujer a quien el pijama le asomaba por debajo de la bata y se dirigió a la mamá mientras giraba la cabeza hacia la vivienda de la que poco antes habían salido los gritos que despertaron al vecindario. Madre y vecina cruzaron unas breves palabras. La segunda agarró la mano de la pequeña, la cubrió con una manta y la subió a su casa. Allí durmieron. Al día siguiente la abuela de la pequeña vino a por ellas. Palabras de gratitud eterna pero en esas horas algún vecino se interesó por la vida de las amenazadas y supo que son venezolanos y que carecen de familia en Canarias salvo la abuela, que comparte casa con una amiga en el sur de la Isla. Todas en mala situación económica.

Esa noche nadie supo ni quién era el amenazador, ni qué papel jugaba en la vida de la mujer. Al día siguiente contó que hacía seis meses que mantenían una relación. Cada cual siguió su camino y nadie pensó que las piruetas de la vida forman parte de la existencia misma. Un empresario conoció la historia y al mes la mujer tenía trabajo y la niña techo de alquiler que abona él mismo. Dijo estar en deuda con Venezuela y quiso saldarla ayudando a quienes ahora necesitan de Canarias como cuando él emigró a la octava isla.

Tal vez cuente su historia de emigración. Se lo he pedido.

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2 respuestas a Saldar una deuda

  1. Delia Rivas dijo:

    Me alegra mucho que un canario recuerde que en otra época éramos nosotros los emigrantes, y otros países los que nos dieron trabajo, aunque no fue mi caso, todos hemos tenido algún caso en la familia, recordarlo ahora es muy necesario.

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  2. Loly dijo:

    Hay tantas y tantas historias por desgracia que ponen los pelos de punta…..de este y otros tipos Marisol….un día hablaremos si Dios quiere

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