Canarios en un país al borde de la guerra civil

La esperanza aún está en la calle, en padres y abuelas que por primera vez se manifiestan contra Nicolás Maduro

Testigos y víctimas de lo peor de un paraíso acogedor que recibió a miles de emigrantes de las Islas y se ha convertido en un infierno

Manifestantes en Caracas protegiéndose de la carga policial

Desolación y miedo. Entre esos dos sentimientos se mueven los canarios y sus descendientes, que están siendo testigos y víctimas de la peor Venezuela, un país al borde de la guerra civil, con una situación límite de la mano de gobernantes que ejercen el poder como pollos sin cabezas. Un país de pesadilla. A rienda suelta. Sin norte, en el caos, en el temor. El miedo de los nuestros en la Octava Isla es tal que de las más de 20 personas con las que he hablado estos días en Isla Margarita, Puerto La Cruz, Caracas o el Estado de Vargas para sondear su situación, todos, salvo una mujer, han pedido omitir sus nombres y apellidos. “Aquí hay persecución”, dicen. Si elegimos algunas de las frases pronunciadas por los entrevistados las hay hasta de esperanza: eso sí, una sola. Aunque una esperanza a largo plazo, tal es el caso de Ángela Molina, cuyo padre nació en Gáldar y emigró a Venezuela, donde ella nació. “Venezuela resurgirá, no tengo la menor duda; los jóvenes universitarios, los abuelos, las mamás que nunca han salido a protestar están ahora en las aceras haciendo presión contra el gobierno. Se han echado a la calle. Esa presión no hay gobernante que la aguante y no te cuento si hablamos de la fuerza que tiene el hambre. Es duro ver cómo los hijos y los nietos no tienen qué comer, que carecen de todo. La protesta de abuelas y padres es muy tenaz y eficaz”, aunque no saben si servirá para algo. Hace dos años que Ángela retornó a Gran Canaria; una decisión impulsada por la violencia que domina el país y que sufrió dos veces en primera persona haciéndole temer por la vida de sus hijos.

“Se metieron en mi casa de Caracas varios encapuchados”, dice. “Estuve 6 horas encañonada”. Reconoce que su actual situación económica en Canarias le permite unos lujos que otros emigrantes isleños no tienen. Dos o tres veces al año viaja al país para ver a su gente, otear la situación y “paliar en la medida que pueda la falta de medicamentos o leche para bebés; en fin, una larga lista de carencias que tratamos de cubrir entre nuestros conocidos. En Venezuela no encuentras ni paracetamol. Imagina”, relata. Su corazón está allá, con los suyos, los que dejó en la Octava Isla. Se pasa el día pendiente de las redes y se sorprende de que un tuit (está muy presente en esa red) que informa de un acontecimiento crítico sea superado a los pocos minutos por otro que eleva la gravedad de la situación.

Cuando Ángela habla acerca del origen en que sitúa el principio del fin del Estado de Bienestar venezolano, sobre cuándo fue consciente de que su país transitaba en dirección equivocada, no tiene dudas: “1989 con El Caracazo, el juicio a Carlos Andrés Pérez y la llegada al gobierno de Hugo Chávez en todo su esplendor. A partir de ahí, Venezuela se convirtió en un país a la deriva y hasta hoy”. Pese a todo, se niega a caer en el pesimismo.

Salvador, de 69 años, vive en Isla Margarita y tiene cuatro hijos de tres mujeres y el miedo metido en el cuerpo. Llegó a la isla caribeña porque su padre tiró de él y luego de sus hermanos, niños y adolescentes, a los que había dejado en El Hierro hasta buscar casa y un trabajo en el país latinoamericano. “Es que en aquellos años”, recuerda, “en Venezuela el dinero corría, el trabajo sobraba y la gente era feliz. Después vinieron mis hermanas y ya hicimos una piña y vivimos todos juntos aquí. Unos en Puerto La Cruz, otras aquí, en Margarita, y otras en Caracas. Mire usted, las fiestas en fechas grandes como Navidad o un cumpleaños eran una cosa muy linda. Por ahí tenemos fotos todos juntos; recuerdo que mi madre hacía un ponche que nunca he olvidado, ninguno era igual al que ella hacía; fueron los sabores de nuestras adolescencia. Fiestas que nunca se repetirán”. Salvador es todo nostalgia: “Ahora esto es una prisión: ni hay libertad, ni hay comida, ni hay alegría, ni hay dinero… Hay tristeza. Y miedo, eso. Cada día voy a la cola para agarrar unos panes pero a veces estoy cuatro horas allí y cuando me toca la vez ya no queda nada. O la leche. Tengo una nietita de cuatro años y no todos los días comemos. Yo puedo pasar, pero ella no. ¿De todo lo que veo qué es lo que más me anima? Que la gente se ha botado a la calle y eso es importante porque ya no son solamente los jóvenes. Y que hasta los que estaban con Chávez antes y con Maduro hoy están en la calle con protestas. Amiga, aquí hay hambre y el hambre de unos hijos puede más que cualquier arma. Mucho más. Yo planto alguna cosa, berros o hierbas, y hago caldo, le echo papas y de ahí saco algo caliente. Dichosos los que viven en Canarias”, termina.

Todos cuentan las lágrimas del consejero de Empleo, Comercio, Industria y Desarrollo Socioeconómico del Cabildo de Tenerife, Efraín Medina (CC), cuando, recientemente, en un emocionante discurso lloró recordando las miserias que sufrió su familia en Canarias y que paliaban sus familares desde Venezuela en los años 70. “Tuve que emigrar a Venezuela en 1975 pero siempre recuerdo el cheque que desde allí venía por Navidad”, recordó Medina, que agregó: “Los hermanos de la Octava Isla piden que no les olvidemos y están clamando libertad y justicia”.

Francisco. Vive en el Estado de Vargas y fue de los últimos canarios que llegaron a Venezuela como emigrante. “Llegué un viernes, el 11 de mayo de 1970. Había tanto bienestar que cada tres años viajaba a La Gomera para ver a mis padres. Con 28 años monté una especie de restaurante donde vendía arepas y me iba muy bien. Pero yo no conocía el negocio y acabé quitándolo aunque vivía de otros trabajos, y mis tres hijos sobrevivían bien pero, poco a poco, con los años, todo se fue viniendo abajo. Llegaron unos políticos que no estaban preparados y se lo digo yo, que a pesar de todo le voté tres veces a Chávez porque prometió ayudas, cambiar lo que ya venía mal y al final? ya sabe cómo acabó todo”. Dice que nunca pensó ver esta Venezuela “donde los niños no tienen ni para desayunar y eso es horrible. Yo no soy optimista, no creo que viva para ver un país mejor. Las instituciones son calamitosas y los gobernantes un desastre. Los padres y los abuelos no comemos para que puedan comer nuestros nietos, nuestros hijos. Más espero una guerra civil que un progreso y eso, el enfrentamiento entre hermanos, es mi pesadilla. Personas muy mayores que no tienen medicamentos, ni comida, ni nada. He perdido la esperanza y si pudiera regresaría a Canarias pero es muy costoso y mi familia en Canarias tampoco puede acogernos. Somos un pueblo masacrado, asustado, que sobrevive en un túnel sin salida”.

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Como una reina

“Te pondré un coche en la puerta y un jamón en la despensa”, le prometió. Ella le creyó pero cada vez se retrasaban esas promesas especialmente en lo referente a una vida cómoda. No le importó porque lo quería, sí querer fuera eso. Estaba dispuesta a soportarlo todo incluido su fracaso personal como padre y esposo. Algunos golpes pudo esquivar a lo largo del matrimonio hasta que una noche se acercó a la habitación de su única hija y lo vio metido en la cama con su niña. Estaba borracho. Se volvió loca. Nunca supo si exageró o no quiso reconocer lo que realmente vio. Desde esa noche supo que tendría que salir de aquella casa. Poco a poco se armó de valor, logró trabajo y se fue con su hija de siete años. Su suegra le llamó loca. “¿No tienes un jamón en la despensa? ¿qué más quieres?”. Contó a su círculo lo que ocurría en casa. Putas y borracheras. El siempre tuvo la protección social del empresario de éxito, una etiqueta que blindaba su mala educación, su despotismo,  desprecio y su mala bebida. Para ellos era “un tipo brillante de mucho carácter”. Lo que todos desconocían es que ese carácter tenía  el añadido de un maltratador; esa era la tónica general de puertas adentro. Las dos caras de la misma moneda. La mujer pasó de tener una situación económica boyante a vender libros puerta a puerta. Siempre se rodeó de esas amigas con las que compartes los pasajes agridulces de la vida. Hoy hace humor hasta de los malos tiempos, aquellos en los que escuchar el llavín apagaba la luz y se hacía la dormida. Pero ha remontado su vida y es feliz con su hija. Suenan carcajadas cuando anuncia la presentación de un noviete que tiene el atractivo de la bondad pero demasiados años, pero la acompaña.

Ha viajado poco, por las islas y Madeira por eso le ilusiona ver Madrid, caminar por sus calles, comprar un abrigo y disfrutar de lo que desconoce. Ya ven; la mujer estaba colgando las botas cuando apareció ese hombre 20 años mayor y la enamoró con atenciones. Es empresario, le gusta viajar y el cine. Su vida ha dado la vuelta espectacular. Estos días preparan viaje a Paris. El novio está tan ilusionado que se ha quitado mil años de encima y dice que quiere casarse para ampararla. Lo harán en diciembre.

Por fin la tratan como una reina.

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Sira Ascanio, una sonrisa inmortal

Amparo R. Montero/La Provincia

La artista luchó durante 21 años contra el cáncer

Sira Ascanio, durante su juventud

Artista, risueña, simpática, cercana, comprensiva, elegante y coqueta. Así es como recuerdan familiares y amigos a Sira Ascanio Gutiérrez, que falleció esta mañana a los 71 años de edad tras luchar durante más de dos décadas contra el cáncer. Una enfermedad que logró vencer anteriormente en dos ocasiones y que bajo ningún concepto pudo borrarle la sonrisa que tanto la caracterizaba y que mantuvo “hasta el último momento”, según contó su hijo Ciro Gutiérrez Ascanio. Mañana, a las 14.30 horas, sus seres queridos le dirán el último adiós antes de que sea incinerada en el tanatorio de San Miguel.

Madre de tres vástagos y abuela de dos preciosas niñas, Ascanio llegó al mundo el 1 de enero de 1946. Una fecha que se convirtió en “el día grande” de su familia que celebró el inicio de cada nuevo año conmemorando el nacimiento de una persona poco convencional. “Mi madre era una bohemia”, recuerda con cariño Gutiérrez sobre su progenitora. Y es que haber crecido entre la fotomecánica y los linotipos de la empresa familiar que dirigía su padre, Paco, bajo el nombre de Fotograbado Ascanio, hizo de ella una amante de las Artes Gráficas desde muy joven. “Tenía muy buen ojo para la fotografía “, si bien la pintura fue la gran pasión con la que consiguió el reconocimiento artístico allá por los años 70.

Su vínculo al mundo de la cultura y del arte contribuyó a que pasara por la Escuela de Luján Pérez y estar en formación continua en numerosos talleres técnicos promovidos por el Cabildo de Gran Canaria. Esto hizo que conociera a pintores como Gordillo y Canogar que influyeron en su forma de pintar caracterizada por el estilo figurativo y abstracto. “La recuerdo siempre en el taller que ocupaba toda la planta de abajo de la casa de Tafira donde vivíamos, rodeada de muchos de sus cuadros, algunos a medio hacer, en proceso”, rememoró Ciro, cuyo salón está presidido por una de las tantas obras que su madre dedicó al mar. Una temática sobre la que creó varias series y casi siempre lo hacía a gran formato.

Adiós Sira Ascanio.
Anoche falleció una querida amiga, Sira Ascanio, vencida por su salud maltrecha, por una larga enfermedad a la que combatió como una jabata y que al final ganó la partida. Amante de la vida, del arte, especialmente de la fotografía y de la pintura, la diversión, la música, sus amigos, su familia…y de una nieta, el amor de su vida. De destacar algo en la querida Sira, alta morena, guapa, tierna y mimosa destacaría su sonrisa, su estilo, su ingenuidad y su sentido del humor. Ni en los peores momentos lo perdió. Una guitarra, unos boleros, un Sabina o un Milanés le daban vida. Y vida le dimos muchas noches, la última en casa de Elda Márquez.
Hace tres días hablé con ella muy de madrugada y me dijo, como preparándome, “Marisolita, estoy malita, pero yo lucho…”, “¿y no vamos a cantar más, ni te veré en la presentación de mi libro?”, pregunté. “Si me pongo buena iré y cantarás para mí”. Descansa en paz, Sira.
Foto significativa. Una noche no lejana se empeñó por vivir Vegueta y hacerse fotos. Ahí la tienen, debían ser las dos de la mañana y ella, tan linda y feliz, abrazando a un perro.
“Recordando mi niñez en la Plaza de Santa Ana, con la edad llegan los recuerdos” escribió esa noche en su muro al volver a casa.
Marisol Ayala

La casa de su hijo no es el único lugar en el que hay presencia del legado pictográfico de Sira Ascanio. También lo hay en el Gobierno de Canarias, donde Gutiérrez actualmente ostenta el cargo de director general de Universidades; así como en el rectorado de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria o el Club de Natación Metropole al que también estuvo vinculada durante muchos años gracias a prole. Ellos, Darío, Violante y Ciro, el fruto de su matrimonio durante 30 años con Carlos Gutiérrez, son las personas que han marcado los pasos de su vida. Ascanio no fue una madre convencional como las de las últimas décadas del pasado siglo. “Ella era diferente, no se dedicaba a las labores de la casa o a cocinar como hacían las madres de otros chicos de mi edad o la de mis hermanos cuando éramos pequeños”. A Sira era frecuente encontrarla más en plena creación de sus cuadros en el taller que ocupaba toda la planta de abajo de la casa donde vivían en Tafira, o entre exposiciones de obras de arte o tal vez en alguna reunión del Colectivo Espiral que integraban numerosos pintores del momento. Pero eso nunca le impidió velar por la crianza de sus hijos, a quienes tampoco mostró jamás la cara amarga de la enfermedad que con apenas media centuria se coló en su organismo.

Entre otras cosas porque además de ser risueña, era también “muy coqueta”. Hasta tal punto que Gutiérrez no alberga recuerdo alguno de los estragos que en ella hizo la quimioterapia a la que se sometió con el primero de los tres cánceres que tuvo a lo largo de dos décadas. “Se compró una peluca de tal calidad que yo nunca noté que no era su pelo”, asegura. “Ella era muy elegante y guapísima, morena, muy canaria”, apostilló con orgullo quien la acompañó durante sus últimas horas.

Todas ellas características de las que también se han hecho eco las redes sociales como Facebook donde, Ascanio pasaba muchas madrugadas charlando numerosos amigos que ayer escribieron emotivas despedidas y condolencias como la publicada por el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) en su perfil. Y es que ella era muy querida por su faceta artística, pero sobre todo por su forma de ver y vivir la vida. Esa en la que en la recta final volvió a sus orígenes, cambiando pinceles y paletas de colores por la por la fotografía a la que dedicó infinitas horas tras el ocaso, manteniendo viva la que fue su gran pasión hasta que nacieron sus nietas María y Nora. Las pequeñas a las que trató con “gran cariño maternal” y que al igual que el resto de su familia, mantendrán viva la sonrisa de Sira Ascanio en su recuerdo.

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