Chiquillos con suerte

Marisol Ayala

Viendo vídeos de personas que han luchado contra el agua en piscinas o en el mar me vino a la memoria dos casos en los que dos pequeños, niño y niña, no perdieron la vida de pura casualidad, sin otro mérito que haberse encontrado en su lucha una mano tendida. Supongo que algún lector sabrá que fui nadadora y monitora de cursillos, es decir, que enseñé a nadar a docenas de chiquillos. Siempre recuerdo lo que nos decían los monitores experimentados; «cuidado, un niño se ahoga en un minuto». Así es. El terror juega en esos momentos un papel vital. Les impide entender consejos que les calme. Hace tiempo que no voy a la playa de Alcaravaneras así que desconozco si lo que conocíamos como La Peña Dos Hermanas, así bautizadas porque estaban juntas, separadas por un remolino de agua que jugaba a su antojo, siguen allí. Con el agua quieta no había peligro pero si la marea se enfadaba había que tener cuidado.

Así que estábamos unas adolescentes sentadas en la peña cuando recuerdo ver a un niño de ocho o nueve años a punto de ser engullido por ese remolino. Su pelo rubio iba desapareciendo bajo el mar. Mi experiencia con el agua le salvó de lo que pudo ser como poco un gran susto. Mis manos no alcanzaban las del niño que estaba en serio apuro de manera que estiré las piernas, lo enganché por el cuello hasta que él, aterrado, se abrazó a una de mis piernas y de un tirón lo saqué a flote. Recuerdo que ya en la arena le dije que  fuera en busca de su madre a la que resulta que yo conocía. Por entonces nos conocíamos todos.

El otro caso es el de una niña que hoy es anestesista. Con unos siete años comenzó en los cursillos de natación a los que venía con su hermana mayor. Le daba clases y la pequeña no se separaba del borde de la piscina hasta que llegaba su hora. De pronto me di cuenta de que la pequeña no estaba a mi lado; miré alrededor y no la vi. Entonces miré al fondo de la piscina y la descubrí trepando por la pared para alcanzar la superficie. Me tiré y la saqué como un pollo. Y ahora viene lo curioso. Con los años, la encontré en un quirófano. Fue la anestesista que me anestesió cuando me sometí a una intervención.

Ella no sabía lo que nos unía, ni yo se lo dije.

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Estado civil: cansada

Carla Sánchez

Estoy cansada, sí, han leído bien, no casada, para eso todavía falta y el día que lo haga será un acontecimiento insular, ahora mismo estoy can-sa-da.

Me quedan pocos días para aceptar (gustosamente) mis treinta y cuatro años, mi vida a esta edad es muy distinta a como la imaginaba con veinte, no es mejor ni peor, solamente es distinta, porque cuando imaginas o idealizas cosas, dejas al margen miles de detalles que pueden aparecer.

Mis amigos y familia me dicen que yo nací vieja, que soy vieja desde pequeña, por mi forma de ser, de comportarme, de reaccionar o responsabilizarme de las cosas, pero lo cierto es que yo me miro al espejo y me veo estupendamente, soy un calco de mi madre que mientras tenga un poco de color en la piel, a mi siempre me parece que estoy bien, aunque tenga las ojeras de un mapache. Yo no me siento vieja, al contrario, cuando tengo que decir mi edad, dudo, porque no soy consciente de la edad real que tengo y siempre pienso que es menos, lo que yo estoy es cansada, muy cansada y aún más cansada de repetir que lo estoy.

Esto parece la página de un diario personal, pero no lo es, es un resumen de las cosas de la vida que seguramente nos agotan a todos, pero no nos atrevemos a decir. Por ejemplo, las uso a diario, pero estoy cansada de las redes sociales, de la esclavitud del ser humano al “que dirán”, de la gente que desayuna, almuerza, merienda y cena todo frío, porque se ha enfriado mientras sacaba la foto con la luz perfecta, en el ambiente perfecto, que yo también las hago, pero a toda prisa porque me muero de hambre y me da igual si de fondo sale una señora con un solo diente comiendo bizcochos de Moya. Estoy harta de encender el móvil por las mañanas y que todo sean catástrofes, robos a manos llenas, fatalismos, predicciones del fin del mundo y lo único positivo que haya en todo eso, es cómo hacerte un bolso de mano con un cartón de leche. Estoy cansada de los políticos que cuando gobiernan son seres humanos que cometen errores y cuando están en la oposición son seres diseñados a medida en pulcritud, honestidad, trabajo y ejemplo, que jalean como en el circo romano, la cabeza de sus oponentes, olvidándose, de lo realmente importante, fuera del circo, la mayor parte de la población no pudo ni pagarse la entrada.

Hasta el límite de la carencia de empatizar generalizada entre todos, que hace imposible ponerse en el lugar del otro, de los jueces sin toga que juzgan y sentencian las vidas ajenas, cuando la suya, es un campo de minas del que no sabe como salir, porque si lo supiera, saldría corriendo. Me cansa también la falta de memoria, esa demencia extendida del ser humano que le impide por completo recordar qué o quien hizo por el o ella cuando más lo necesitó, pero recuerda perfectamente y te lo dice cada diez minutos, que esta mañana te pagó el café. Hasta el mismísimo de la máxima del envidioso, que no quiere lo que tu tienes, lo que quiere es que tú no lo tengas.

Hartazgo de los filtros de las fotos, esos que no nos dejan reconocernos como somos y nos pintan una imagen de parejas, amigos, familia, vacaciones o escapada perfecta, en la que, tras la foto, todo el mundo coge su móvil y no vuelve a dirigirse la palabra. Estoy cansada de quienes leen el titular y no la noticia, o mejor expresado, de quienes no leen y sin embargo transmiten como la misma pólvora, noticias, debates, primicias y exclusivas bajo el conocimiento de un experto en nada.

Me cansé hace tiempo, de estar en el ring de boxeo, sin guantes ni protección, porque no me subí a pelear, pero, en cambio, me llevo una cascada de golpes sin que me salve la campana. Además, los golpes más rastreros, vienen siempre rápidos, certeros y de quien último lo esperarías. Hasta las narices de las formas que hacen perder la razón al fondo, de las últimas cenas y los besos de Judas, de los filósofos que sientan cátedra sólo en su cuarto de pileta, de los profetas que quieren colarnos como moderno, sano y revolucionario, algo que lleva entre nosotros toda la vida y apartamos de nuestra vista, manipulados únicamente por una moda, por los medios, porque sí, porque lo dice mi vecina.

Pero ojo, también me canso de cosas sencillas, como la cerveza caliente, el vino malo a precio de órgano en el mercado negro, las papas arrugadas crudas, la cebolla caramelizada en todos los platos como antesala a la estrella michelín, las plantas a las que doy todo mi amor y se me mueren, buscar mis gafas con ellas puestas, maldecir al cosmos porque no encuentro las llaves teniéndolas en la mano, etc.

Yo sé que están pensando que, esto es un texto digno de, como dicen ahora, una “hater”, que de toda la vida se ha llamado “coñazo de tía” en la Península Ibérica y “bobamierda” en canarias, pero no, yo me alegro de estar cansada, porque estar cansada significa que me pasan cosas, que las siento, que aprendo,  es el resultado de estar viva y yo, no estaba muerta, de momento sólo estoy…….de parranda.

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Amargo septiembre

Marisol Ayala

Esto no lo para nadie. Hemos vivido el peor mes de septiembre desde que existen registros: 11 mujeres asesinadas en crímenes machistas, dos de ellas niñas. Tres de las once victimas así como la madre de las niñas de Castellón habían denunciando la situación de peligro real en la que vivían. Un espanto que lejos de mejorar empeora. El fracaso es de tal calibre que el asombro es diario.
Desgraciadamente en las páginas de sucesos tienen cada vez más presencia las mujeres. Las mujeres a las que asesinan, agreden, maltratan y ellas mismas matan en defensa propia o en la de sus hijos. En los periódicos esas páginas han sido siempre de las más leídas; por ellas pasa la vida y la muerte; cada vez son más las imágenes de mujeres asesinadas con un historial de agresión silenciosa y terrible. Su infierno.

Hay lectores a los que les apasionan esas páginas, y las comentan sin rubor y hay otros a los que les apasionan igualmente pero no reconocen leerlas por entender que hablar de muertos, de asesinatos, de robos, desmerece, está feo. Hipocresía. Aunque luego, eso sí, luego compartes una sobremesa y te sorprende el conocimiento que tienen de cada suceso y su desenlace. Y es que todos nos  empeñamos en mantener distancia ante la dura realidad. En fin, no saben esos que, en el fondo, las páginas de sucesos reflejan como ninguna la vida misma, el trajín diario de la sociedad con falda que la combate con las armas que tiene a su alcance. Hace tiempo que en estas páginas las mujeres se han hecho hueco con firmeza. Son mujeres, muchas de las cuales mueren a manos de esos asesinos que han tenido la suerte de vivir en un país en el que la justicia no es todo lo diligente que debiera, con clamorosas carencias y tiene jueces que se burlan abiertamente de las denunciantes. Recuerden hace unos días cuando un juez llamó puta a una denunciante de malos tratos.  Total que hoy interpretando las cifras de mujeres asesinadas, leyendo testimonios, viendo el manifiesto fracaso gubernamental en el área de protección a mujeres  y sus hijos he recordado a Moni, una de las primeras mujeres que en Canarias se atrevió, no solo a denunciar a su maltratador sino a hacerlo en público, en estas páginas y con todo lujo de detalles. Fue muy valiente, es verdad, pero seis años después la mató. Le echó el coche encima. Sirvió de poco.

Hoy, no sé por qué, la he recordado.

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