La nieta agradecida

Marisol Ayala

Begoña se crio con sus abuelos, las personas más importantes de su vida. Ella, que tiene ojos azules preciosos y una leve cicatriz en la ceja izquierda que le dan un aire altivo, dice que jamás se ha enamorado pero no es cierto. Desde que era un bebé quiso que los brazos que la acunaran, los que calmaran sus perretas, fueran los de Matilde y Octavio los abuelos que ejercieron de papás. Su amor eran ellos. Su hija, la mamá de Begoña, era azafata, viajaba mucho y ellos pusieron orden en la vida de la niña. Se harían cargo de la criatura. Prepararon la habitación más cercana a la suya y allí la pequeña combatió catarros y perretas. El distanciamiento con su madre era cada vez mayor. Vivió en Miami y en Isla Margarita. Disfrutó de su juventud y tuvo dos hijas más.

Begoña supo de mayor que tenía hermanas pero no movió un dedo para conocerlas. La tranquilidad de saber que sus padres cuidaban de su hija le permitió a la azafata vivir una vida divertida. Bego alcanzaba los 25 años cuando conoció a sus hermanas. Con los años fue testigo del deterioro de los abuelos pero ahí estaba ella para cuidarlos. Cuando un día la azafata quiso saber cómo estaban “los viejos” supo que mamá había muerto y que papá tenía demencia. «Busca un centro y lo ingresas. Yo lo pago», ordenó. Dio patas y finalmente halló uno y llevó al abuelo. Cuando lo acomodó en su nueva casa vio dos lagrimones deslizándose por las mejillas del anciano y entonces tomó la mejor decisión de su vida. Llevárselo a casa. En el camino notó un apretón en el brazo. Era su abuelo, su forma de dar las gracias. Regresaba al hogar con una nieta dispuesta a saldar una deuda; pagar en atenciones lo mucho que hicieron por ella cuando era niña.

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Los que llegaron

Marisol Ayala

Hay escenas, vivencias, que nunca olvidas. Hace dos semanas una docena de personas se reunieron para celebrar los años que llevan en Canarias. Treinta, veinte, quince. Muchos. Todos fueron emigrantes que salieron de sus países en la mayoría de los casos por razones políticas para respirar hondo y con las alas de la libertad volaron desde Chile, Uruguay, Venezuela y Cuba hasta las islas. Tres son amigos y sé lo mucho que les costó alejarse de los suyos, dejarlos en un país que vive en sus corazones y abrirse camino entre nosotros. La ausencia de uno de ellos pesó mucho en el encuentro. Todos tienen descendencia nacidas en las islas. Resulta que dos de ellos convocaron al resto para contarles que el paro, la soledad, las horas vacías de los primeros meses les animó con el tiempo a escribir la historia de sus vidas desde que llegaron a las islas, desde el momento que pisaron Canarias. Solo el trabajo mitigaba el dolor de la lejanía. El trabajo y la familia que formaron entre unos y otros.

El día de la cita le dieron al play de la memoria y entonces Juan relató el miedo que lo paralizó en el mismo aeropuerto. Tenía 26 años y en Uruguay había dejado padres y cinco hermanos. Su equipaje era un bolso de mano donde guardaba sus escasas pertenencias. «Bajé del avión a una tierra desconocida y me senté en un banco observando las típicas imágenes de un aeropuerto, regresos y despedidas». Desconocía que alguien había reparado en su pelo largo, sus gafas de pasta y el miedo en su cara. « ¿Qué pasa, hermano?», escuchó. La siguiente pregunta fue interesarse por su situación. No esperó respuesta, la sabía. «Ven conmigo, soy chileno». En Vecindario le hizo hueco y allí vivió tres años.

Hablan de Canarias con gratitud. “Aquí nos dejaron entrar sin tocar en la puerta”. Pronto publicarán el libro de vivencias, todo emoción.

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Periodismo en los pupitres

Marisol Ayala

Siempre le gustó un periódico, su tacto, escribir en sus páginas, tocarlo y emborronar con sus dedos de niño las fotos que le llamaban la atención. Hoy es un adulto generoso, jefe de Estudios de un IES de Gran Canaria, no es periodista pero su pasión sigue siendo la lectura esta. No puede creer la agonía de la prensa impresa por eso compra un diario cada día y el domingo dos. Creo que sin proponerlo le inoculé el veneno del periodismo. No tenía más de 12 años cuando en sus vueltas a lomos de su bicicleta paraba en la Avenida Marítima y entraba en La Provincia. Allí pasaba el rato entre ordenadores, periódicos viejos y teléfonos que no dejaban de sonar empapándose de un escenario que le enamoró.

Un día tuvo la suerte de estar en la redacción cuando ocurrió un suceso importante y allá se fue con el fotógrafo y la redactora. Iba nervioso. “Baja a cafetería y compra un zumo y un bocadillo que no sabemos cuándo regresaremos ¡Venga!”, le dije. Era la imagen de la felicidad. Tendría entonces unos catorce años. Hizo amigos entre los compañeros. Discutidor feroz de la prensa con los periodistas, lo cuestionaba todo. Siempre hubo entre nosotros la empatía que nace de la pasión compartida. Era un niño y yo una adulta. La vida siguió su rueda y cada uno tomó un camino. Las nuevas tecnologías nos permitieron conocer nuestras andanzas. Hoy es docente y siembra entre el alumnado su pasión por el periodismo.

Hace tres meses me habló de unas jornadas de comunicación que celebrará en su centro. “Quiero que vengan los mejores…”, me reí y le dije “no seas pelota y dime condiciones”. Más risas: 50 euros, no podemos más. Bueno y una sorpresa”. Mi carcajada se escuchó en todo Puerto de Rosario estando yo en Gran Canaria. “Siempre te conté que el periodismo estaba mal pagado y ya ves”. Resumiendo, que el día 5 de abril daré una charla sobre periodismo para los alumnos del IES de Valsequillo y el mes próximo otra con mi amigo en Fuerteventura. Me ilusionan ambas porque a la de Gran Canaria asistirá un alumno que cuenta los días para escucharme. Su familia es amiga y le han hablado de mí. Lo que más me preocupa es que no se aburran. Lo cierto es que de esas charlas siempre me llevo recuerdos entrañables que sorprenden cuando menos te lo esperas.

Semanas después de una entré en un supermercado y la cajera se acercó a mi oreja y susurró “…Mi hija quiere ser periodista desde que la escuchó .Vino encantada”. Mejor pago imposible.

“No será rica pero será feliz que no es poco”, le contesté.

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