Los mejores mentirosos

Marisol Ayala

Vivió el extravío de una hija, a punto de sucumbir en el agujero negro de la droga. Con más coraje que conocimientos dio pasos que le condujeron a tratamientos que la chica iniciaba y abandonaba casi siempre. Promesas y mentiras. Poca gente tan mentirosa como los toxicómanos, poca. Tal era su desespero que cuando creyó ver en su hija una luz intermitente que pedía ayuda la llevó a un centro especializado. Mamá hizo todos los esfuerzos que pudo y ella juró mil veces que lo dejaría todo. Pero no era de fiar. En esa ruleta rusa cada tarde aparcaba el coche en la puerta del Cat (Centro de Atención a las Toxicomanías) y allí la esperaba. No la perdía de vista. De eso ya hace unos diez años. Hoy habla de aquellos días con dolor y satisfacción. Sabe que libró a su hija del infierno. Cuando se viven episodios brutales o te haces guerrera o te acobardas. Siembre supo en qué bando estaba pero cuando paseaba por la ciudad evitaba las zonas en la que esas personas mentirosas y vulnerables se dan calor y compañía. Tiene grabado a fuego los días y noches de mamá enfermera, de mamá policía y es sensible a escenas en las que se huele la derrota.

Hace unos meses paseaba por San Telmo cuando se le acercó un hombre joven y entre lágrimas le contó que acababa de salir de la cárcel, que vivía en El Hierro y que no tenía nada. O sí. Tenía hambre y los bolsillos vacíos. Le contó también su pasado de drogas y eso a la mujer le impactó mucho pensando en el pasado de su hija y en tantos otros hombres y mujeres que han dado pasos torcidos, así que se lo llevó a comer y le dio 10e para llegar al aeropuerto. Es generosa, comprometida e ingenua. Solo así se entiende que el caradura lamentara entre lágrimas no poder llevarle un regalo a su hijo. Un  móvil, precisó. La mujer no dudó en comprarle uno. Algo más le sacó pero lo obviaremos. Mejor. Estaba tan conmovida con el relato del hombre que le facilitó su número de teléfono “por si tienes problemas para llegar a casa”.  Cómo estaba previsto las llamadas pidiéndole dinero se sucedieron. Menos mal que no conocía su dirección. Una voz femenina que dijo ser la compañera del cafre también le pidió dinero. Solo pararon cuando los hijos lo amenazaron.

Y es que la mentira preside esas vidas.

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IN MEMORIAM. No pudo ser Perico …

Marisol Ayala

La muerte de Perico González Lino, el Gofión más querido, ha dejado en mí despacho tres folios en blanco. Tres folios con los que hace dos años decidimos vernos y poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, dedicarle a Lino un capítulo de la sección “Memorias”, que habíamos iniciado en La Provincia, es decir, un amplísimo reportaje de cinco páginas que se publicaba durante tres días seguidos. Hablo de hace dos años, un tiempo en el que me metí a escribir mi libro Historias Prestadas. Se lo dije. “Tengo que terminar un trabajo, nada, un par de meses”. Respuesta. “Marisolilla, termina, termina eso que hay tiempo”. Cuando salí de aquel lío algo se puso por medio (La Ser creo) y se retrasó todo. Los meses iban pasando, el libro viajó a Barcelona y un día de hace aproximadamente un año, mucho más liberada, decidí llamarlo y comenzar el trabajo. No sé, pero un pálpito me aconsejó hablar con amigos comunes, es decir con gente de la música, amigos de la familia. Supe entonces que estaba sometiéndose a estudios médicos y volví a ponerme en modo espera. Un día de hace un año y algo lo llamé y se alegró, eso siempre lo notas. El bueno de Perico Lino celebró la llamada y me dijo cariñoso: “los domingos abro La Provincia y me quedo en tu columna, me gusta”. Aproveché para allanar el terreno de cara a la entrevista que teníamos en marcha. Como soy una experta en meterme en todos los charcos ya me había metido en otro. La vida seguía arrancándole páginas al calendario.

Total, que me planté en el año que acabó y con la esperanza de sentarnos de una vez llamé a su casa y le noté preocupado así que de nuevo aplacé la cita. Eran entrevistas largas así que esperé a que estuviera animado. Seguí picando de acá y de allá y pospuse el encuentro; no insistí hasta hace cuatro o cinco meses, no recuerdo bien. Hablamos un rato y ya quedamos en firme para un día en el que Perico Lino tenía control médico y no lo recordaba. Ya me mosqueaba tanto médico y pregunté. “Está delicadillo, deja que remonte”, aconsejó un amigo común. Así lo hice pero le llamé en varias ocasiones para saber cómo seguía. En una de esas comunicaciones hablamos un rato y le recordé un “esperándote estoy, Perico. Desde que quieras nos vemos”. Y no.

Yo creo que hace un mes y medio, dos como mucho, lo llamé de nuevo preocupada. Sin rodeos me dijo un “No sé si sabes que estoy enfermo, cuando me ponga bien te llamo”. El amigo Fernando Benítez me situó en la gravedad de Lino de tal manera que moriría semanas después.

Después de haber coincidido tantas veces durante tantos años nunca entrevisté a Perico Lino, siendo el personaje que era. Jamás. Cuando lo intenté era demasiado tarde. La vida no nos ayudó, la vida nos cerró el paso.

Descansa en paz querido y admirado amigo.

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Adiós a una buena mujer

Marisol Ayala

Ha fallecido María del Carmen Benítez de Lugo y Massieu, fundadora de la ONG Nuevo Futuro, entidad que puso en marcha en Las Palmas de Gran Canaria en 1982. Yo podía usar las 410 palabras de mi columna con solo relatar los cargos y distinciones que recibió María del Carmen, pero no. Quiero despedirla recordando las pequeñas grandes cosas de su vida. Para acotar diré que era un ser humano discreto, silencioso, alejado de polémicas, entregada a la admirable tarea de mejorar la vida de los que no pueden con ella. Cuando supe de su muerte lo lamenté porque tenía a Mari Carmen como una buena mujer, cercana, capaz y preocupados por los menores desamparados. La conocí a principio de los noventa, cuando me acerqué a su Rastrillo, en la calle  Franchy Roca, una de sus obras más expuesta y amada cuyo objetivo era recaudar fondos para ayudar a mantener Nuevo Futuro, su proyecto mimado. Eran años en los que NF despegaba y Mari Carmen con su carisma y compromiso implicó sutilmente a la sociedad canaria en su batalla que acabó volcándose en todo lo que María del Carmen emprendía.

Hicimos buenas migas desde que nos conocimos. La respeté y admiré siempre. Era muy lista. Cuando tenía encuentros con la prensa me hacia esperar para contarme “una cosa que te gustará”. Un día de esos me habló de un piso en el que crecían niños que por edad no podían estar en centros de menores así que ella, y sin duda algunas personas más, los protegían; les pagaban estudios y les crearon una familia. “Un día te llevo para que veas qué maravilla”. En la casa vivían ellos y sus cuidadores. “Allí nunca ha entrado un periodista”, decía. Hablarle así a una periodista es peligroso porque desde entonces le di la lata: “tienes una deuda conmigo”, presionaba. Entre nosotras había una relación amigable, nos ayudábamos, así que una mañana su chófer vino a buscarme y me llevó a la casa misteriosa. Y allí estaba ella esperándome con “sus” niños. Caricias y atenciones, mimos. Era una casa espléndida en la que no había distintivo que hiciera sospechar que allí había una ONG con diez o doce niños que habían llegado al desamparo. Los chicos compartían habitación, comedor, cuarto de estudios y mamá, María del Carmen. Eran su tesoro.

Sola una vez la vi enfadada, cuando un periodista escribió que El Rastrillo lo habían creado mujeres “ricas y aburridas que no tienen nada qué hacer”. Bendita seas, amiga.

Gracias por tanto.

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