“Mamá no me hagas pedir el ADN, sabes que soy tu hija”

Marisol Ayala

Ángeles Quesada acude a la Fiscalía para aclarar su origen, después de haber buscado a su madre durante 40 años

Lleva 40 años buscando a su madre. Hace mucho que sabe que es alguien cercana a la familia. Realmente la tiene localizada. Hace unos años, harta de desprecios, tocó en la puerta de la mujer y le gritó: “¡dame un pelo tuyo y demostraré que soy tu hija!”.

Sabe cómo se llama, sabe que tiene cuatro hermanos, pero las puertas se cierran. Tiene relatos familiares y comportamientos que avalan esa teoría. Hace unos años Ángeles Quesada González, que así se llama, acudió a un programa de Telecinco sobre bebés robados. Para su sorpresa ella habló por teléfono con esa madre que se oculta y que luego acepta una invitación para entrar en televisión. “Mamá no tengo nada que perdonarte, pero no me hagas pedir una prueba de ADN que vas a sufrir y yo no quiero. Solo te quiero a ti”, escribe Ángeles.

Ángeles Quesada González

“Hola mamá?”. “¿Cómo estás, hija?”. “Mamá ya eres abuela?”; “Hija, tienes cuatro hermanos?”. En ese tono de indudable amor, en medio de un mar de lágrimas, se desarrolló la primera y la última conversación de dos mujeres, madre e hija. La charla está grabada; en ella se puede leer en los labios de Ángeles, la hija, un “haz un esfuerzo?”; se supone que es un ruego a su madre para poder al fin abrazarla. Las dos nacieron en Las Palmas de Gran Canaria. La madre adoptiva falleció en 1975.

Pero vamos a ordenar el relato. María de los Ángeles Quesada González nació el 6 de marzo de 1961. Lleva 40 años intentando que la mujer de quien sospecha que es su madre biológica haga un gesto para verla, para mirarla a los ojos, colocar las fichas de su vida y sin un reproche, sin un por qué, respetar su decisión pero sabiendo que nació de esa mujer. Y que el futuro sea el que mamá desee.

La historia de Ángeles es la de un bebé “robado o vendido” que tiene una particularidad no menor con otros tantos bebés igualmente arrebatados a sus madres. Ella sabe quién la trajo al mundo, una mujer que vivió en su entorno y lo sabe porque un día de hace unos años madre e hija hablaron por primera vez por teléfono en una cadena de televisión nacional, charla que la madre dio por finalizada con un evasivo “hija, hablamos en Las Palmas?”. Pero esa cita nunca se produjo y esa es la lucha; su hartazgo y su amargura. María de los Ángeles jamás podrá pronunciar su nombre porque ni un solo documento avalaría esa afirmación. Indicios, muchos; certezas, ni una.

Con el tiempo ha sabido que su madre la tuvo con 14 años; una niña ayer y hoy. Mari Ángeles es un torbellino que llega a la entrevista con documentos producto de su personal investigación en centros oficiales a los que ha accedido con la ayuda de su marido, Domingo Caballero.

Entre ellos figura su partida de nacimiento y el certificado de matrimonio de sus padres adoptivos, Soledad González Jiménez y Francisco Quesada Auyanet, ya fallecidos. La partida de nacimiento de Mari Ángeles es la partida de nacimiento de un bebé fantasma en la que no consta nada. Ni quién la parió, ni con quién llegó al hospital, ni de donde, ni los nombres de su madre y su padre. Nada. A todas las preguntas, diez o doce, la contestación es invariablemente un “no consta”. Lo único claro que aporta el documento es que a María la adoptaron Soledad y Francisco “de forma conjunta”, dice, y que nació el 6 de mayo de 1961.

Dicen que sus padres adoptivos fueron “buenos. Mi madre, un cielo, mi padre, otra cosa”. Justo por eso la chica nunca verbalizó lo que le chocaba de sus padres. La edad, la apariencia de personas mayores.

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Los muros de la soberbia

Marisol Ayala

Nunca fue una relación fácil. Un padre de carácter fuerte y un hijo que desde la adolescencia lo intentó todo para allanar el camino del afecto, pero luchar contra quien no acepta contradicción alguna es una derrota diaria. Y así durante años viviendo un pulso. Hay padres que creen que pagar estudios y vida cómoda les autoriza ejercer el ordeno y mando sin un rechistar. El hijo es médico y como tal se ha desvelado por ese padre que envejece y enferma, ley de vida, pero para papaíto siempre hay médicos mejores, con más conocimientos, con mejor currículo y entre ellos nunca está su hijo, siempre es otro. La tiranía del poder doméstico. Pero la vida, la vejez, las enfermedades no saben de buenas o malas relaciones; un día llegan y hay que armarse para que no salgan victoriosas. En ese escenario todos los aliados son pocos. ¿Quién le iba a decir al papá huraño y despreciativo que el alivio a su dolencia estaba en casa? Lleva diez años luchando contra una enfermedad que no tiene piedad, dolorosa y tenaz. Aunque parezca una amarga pirueta de la vida esa enfermedad, ese diagnóstico, esa precariedad física los ha acercado como nunca. Padre e hijo son ahora paciente y enfermo sin ningún reproche, al contrario, todos los cuidados posibles para aliviarle son pocos.

Hace unas semanas escuché de ese hijo que la enfermedad ha dulcificado a su padre. Ni por un momento le dice lo que sería fácil “ahora me considera porque me necesita”. Y tal vez sea cierta. Ahora escucha palabras de gratitud, de cariño; un “no tardes, hijo” o un “¿te quedas esta noche conmigo?” Y se queda y lo mima y lo atiende y juega a las cartas y le lee en voz alta. No hay consulta médica a la que no acuda de su brazo, incluso cuando la cita se retrasa le anima para que vaya a tomar un café “que estarás cansado, hijo”. En ese escenario hay una mujer que observa y escucha lo que escucha sin abrir la boca. Su madre.  Cuando hace dos meses lo operaron de nuevo solo quiso tener a su lado a ese hijo que nunca valoró, el que habla con los especialistas, el que traduce los diagnósticos, el que sube o baja la dosis para aliviar dolores. Parece como si de pronto se hubiera producido un enamoramiento. Y no. Se han querido siempre pero la soberbia construye muros tan altos que solo derriban la generosidad.

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Chavela en el Galdós

Marisol Ayala

“No mires al pasado, mira al frente”, esa más o menos es la frase que da inicio el documental “Chavela”, retrato de su vida intensa, valiente, digna, tierna y especialmente dura. Un admirador de La Vargas me alertó sabiendo como sabe que fue y siempre será una de mis debilidades. Hay que ver cómo son las cabezas, al menos la mía; viendo el documental, emocionada y rabiosa, la sentí tan cercana, tan directa, tan pícara que de pronto aquellas manos rudas, aquellos ojos grisáceos, aquel pelo fuerte y cano, aquel poderío me llevó a una noche que tenía completamente olvidada. Les cuento. Cuando en el documental relatan cómo a la gran Chavela joven, guapa y seductora su Méjico natal la despreció por ser “mala mujer”, es decir, lesbiana, alcohólica, una descarada que seducía a las mujeres de los Ministros que se rendían a sus encantos, casi nada para la época en un Méjico tan grandioso como machista, también contaron que a La Vargas no la contrataban en Méjico; la misma sociedad dejaba desierta las butacas desde que se anunciaba una de sus actuaciones.

Chavela Vargas

La primera vez que Chavela cantó en un teatro fue en Paris si la memora no me falla. Y fue ahí, en ese punto cuando de pronto recordé conmovida una noche de octubre de 1993 en el Teatro Pérez Galdós. Ella actuaba en los actos de Iberoamérica 93 y sin saber apenas de su historia, de su leyenda, fui a cubrir el recital. Ni el Pérez Galdós era el de hoy ni yo soy la de ayer. Vi la actuación detrás del escenario donde minutos antes sus músicos reían, repasaban y afinaban. La escuché del brazo de Pepe Dámaso que entró en el camerino y me presentó. La estaban maquillando. Ya se escuchaba el murmullo del teatro llenó. Ella miraba y reía. Me llamó la atención ver un nutrido grupo de admiradores que le dieron la bienvenida en la trasera del Pérez Galdós. Vimos la actuación, yo por primera vez en mi vida, cautivados por ese poderío y sensibilidad. El querido Pepe tal vez lo recuerde o quizás Manolo González que algo tuvo que ver en la presencia de Chavela en Las Palmas. Manolo tenía preparada una cena con un reducido grupo de amigos para agasajarla al terminar su actuación. Me invitó pero no recuerdo haber ido y si estuve fue apenas nada. En fin, lo que daría hoy por una imagen de aquella noche con ella.

Momentos mágicos que se nos escapan.

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