Herir el corazón de los genios

Suárez de Lezo. Cardiólogo.

Con profunda tristeza y el corazón encogido, escribo estas letras de despedida y de recuerdo del Dr. Alfonso Medina Fernández-Aceytuno. Sintiéndome amigo intemporal de Alfonso desde hace más de 40 años y habiendo tenido juntos trayectorias comunes, no sé si soy yo el indicado para hacerlo. Pero asumo el reto, consciente de la dificultad de tratar de describir a un ser excepcional, tanto como cardiólogo y profesor como investigador y científico y, no digamos, como persona.

Medina Fernández, Carmelo Cabrera y Marisol Ayala junto al alcalde, Augusto Hidalgo.

Alguien irrepetible que nos dejó. Yo conocí al Dr. Medina en 1976. Recién acabada su residencia en cardiología en la Clínica de la Concepción de Madrid, fue contratado en la Unidad Coronaria del Hospital La Paz, centro en el que yo estaba finalizando mi residencia. Conectamos desde el principio en la visión médica de nuestras vidas. Ambos decidimos la aventura de volver a nuestras ciudades de origen a luchar por la cardiología partiendo de cero. Aquello coincidió con el comienzo del intervencionismo cardiaco y la gran expansión de la denominada «cardiociencia». Viajábamos juntos a los cursos de Ginebra y hablábamos y hablábamos. Él, con la ayuda inicial de los Dres. Armando Bethencourt y Carlos Macaya, construyó un equipo de primera línea en la cardiología española en el antiguo Hospital El Pino, y después en el Dr. Negrín. En aquel momento se comentaba en toda España «Las 3 emes» (Medina, Manzano y Mainar) como los pilares de El Pino. A comienzos de los años ochenta, comenzaron sus contribuciones. Su mente imaginativa llegaba a hacer diseños de dispositivos que interesaron a la industria y que resolvían problemas de aquel momento, como los balones Medina de la firma Schneider, que permitían variar la longitud del balón en función de la longitud de la lesión, o los introductores adaptables Medina. En 1987, coincidiendo con la expansión de las valvuloplastias percutáneas, se fundó CORPAL, o asociación entre personas de Córdoba y Las Palmas para avanzar juntos en el enfoque de las nuevas técnicas intervencionistas, haciendo juntos las cuestiones e intentando responderlas con nuestra experiencia en cada centro. Se hacían ficheros comunes y se explotaban juntos. De esta manera, CORPAL quería ser una actitud médica con ausencia de personalismos, suma de mentes, auditoría perpetua y concepto de colectividad. Queríamos aprender por nuestra experiencia antes que por la lectura de la experiencia de otros. Juntos organizábamos cursos CORPAL de cardiología intervencionista y publicábamos nuestras investigaciones clínicas. Muchas y todas brillantes eran las contribuciones del Dr. Medina, que siempre sorprendía con sus propuestas. Estas contrastaban con una inconsciente humildad que le hacía autorrebajarse continuamente. Quizá su contribución de mayor repercusión fue la clasificación Medina para el tratamiento de las bifurcaciones coronarias, mundialmente utilizada desde su publicación en Revista Española de Cardiología. El caso es que, en su diseño, él no le dio ninguna importancia. Lo hizo para nuestro fichero común. En aquel entonces existían unas complicadas clasificaciones, difíciles de sistematizar. La suya fue adoptada por el grupo CORPAL con naturalidad y, al presentarse en el PCR de París el año 2005, causó un gran impacto. Tanto que con celeridad nos reunimos para escribirla como carta al Editor en nuestra Revista. El número de citaciones fue tal que, de alguna manera, contribuyó a aumentar su impacto (a día de hoy se contabilizan 335 citas).

Pero al margen de sus múltiples contribuciones, creo que lo que más destaca es su persona. Su ingenio y su capacidad deductiva, junto a su análisis sereno de cualquier tema, resultaban siempre cautivadores. Su ilusión de residente perpetuo siempre le hacía estar al lado de los jóvenes valores que accedían a la formación en cardiología. Él nunca daba importancia a lo que hacía y sentía una enorme responsabilidad por el trabajo en el hospital, lo que llenaba su vida. Nuestras conversaciones y discusiones sobre la medicina y sobre la vida fueron constantes. Dialogar y discutir con Alfonso a lo largo de los años ha sido uno de los mayores placeres que he encontrado en mi vida y su amistad, un enorme enriquecimiento intelectual, médico y científico. Para mí Alfonso era el mejor profesional de la medicina que he conocido, y el más humilde, el que menos miraba hacia su persona. Desprendía humanismo con mente muy crítica, lo que siempre impresionaba a todo aquel que le conocía. Respetado y temido, no sé por qué, porque él siempre mostraba seriedad pero amabilidad con todos y apoyaba y hacía crecer a todo aquel que iba llegando al servicio de cardiología con el paso de los años. Le interesaba la humanidad y su devenir. Temía la destrucción del planeta. Como genio que era, combinaba la sublimación intelectual con el menosprecio y la desconsideración hacia su persona. Era capaz de tocar el cielo y a la vez verse como un sintecho con naturalidad. Para él, su persona era menos trascendente que el servicio de cardiología. Esa fue su extraordinaria grandeza, que debemos proclamar y no silenciar. Le preocupaba su jubilación por lo que iba a suponer de desconexión con el hospital, su verdadera casa durante toda su vida. Sin embargo, se implicó a fondo para dejar su legado en las mejores manos, lo que fue su último orgullo. Siempre acertó en sus apuestas.

Por último, una amarga cuestión surge. ¿Qué tipo de sociedad somos? ¿Cómo somos capaces de desperdiciar el talento, la experiencia y la entrega de un líder clínico y científico internacional por el simple hecho de cumplir 70? Si esa era su vida, ¿por qué se la quitaron? Yo tuve la suerte de ver al Dr. Denton Cooley operar 15 extracorpóreas al día en el Texas Heart Institute con 79 años; era una figura respetada y querida en el centro y nadie podía plantear su marcha. Creo que estuvo activo hasta su muerte. En 2003 hice un viaje científico-turístico a China con el Dr. Tsung O. Cheng, chino de origen y profesor de la universidad de Washington, así como admirador de Alfonso. Allí, conocí a su amigo, el profesor Wo, al que visitamos en su casa. Tenía 92 años y había estado dirigiendo la cirugía cardiaca de su centro las últimas 4 décadas. Conservaba su despacho en el hospital y comentaba que había estado bien activo hasta los 85, aunque aún no le fallaba la cabeza, que era bien lúcida. Era muy querido y respetado y nadie podía prescindir de él. Creo que nuestro querido Alfonso se hubiera merecido ese grado de reconocimiento en vida, ser nombrado sin sueldo un buen consejero, un disfrutón de la medicina, un amante del hospital, orgullosos de tenerle y de mantener su liderazgo, orgullosos de su prestigio. Pero no, no fue así, se le negó el acceso. Qué burda forma de herir el corazón de los genios…

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Tenía que conocerte

Carla Sánchez

Pudo ser en 2004 y para intentar identificar personalmente lo menos posible, diré que entré en una tienda que vendía productos a granel, bastante caros, porque su elaboración era especial. Compré al peso varios de ellos y en uno en concreto, se pasó al servirlo, 5 mg de lo que pedí y fue quitándolo poco a poco de la bolsa en una tarea, minuciosa, grano a grano. Salí de allí indignada, eran cosas carísimas, y me dejé un pastón en la compra, me pareció una falta de educación por su parte no dejar esos miligramos de más, era una usura, vaciarme eso, con todo lo que me llevaba. Al poco tiempo pasé por la zona de nuevo y la tienda estaba cerrada a cal y canto y el local vacío, “no me extraña”, pensé, o, mejor dicho, juzgué.

Pasaron, bastantes años, al menos diez, me aburría soberanamente en una clase del master jurídico que estaba haciendo, y usando mis técnicas de desaparición ninja, me fui de clase, eché a caminar y lo encontré. Encontré un lugar, que me llamó a entrar casi instintivamente, sin saber qué era. Una casa antigua, seguramente de las primeras construcciones de la ciudad, se juntaba en un mismo lugar dos de mis cosas favoritas, historia y vino. Alguien muy afable y simpática me invitó a sentarme y me recomendó un vino buenísimo del que pedí una copa, empecé a analizar aquel sitio, mirando todos sus rincones detenidamente, cuando llegué al techo, se me abrió la boca y tardé un rato en cerrarla, aquel lugar tan antiguo, tenía en el techo pintados a mano desde…vete a saber cuándo, símbolos claramente masónicos.

Nueva York desde Rockefeller Center

Yo tengo un problema, hablo con todo el mundo, siempre, aunque sea un ascensor, pero, si además esa persona me ha servido una copa de vino, lo mínimo es entablar una conversación con forma y fondo, así fue. Era encantadora, no me cansaba de oírla y abría los ojos casi deslumbrándome con su brillo cuando era yo la que hablaba. Sabía hacer numerología y clavó mi número, me dijo: eres todo mente, a nadie le gusta serlo, lo relacionan con la locura…yo me reí, y le dije, que me encantaba mi número, yo no sería nada sin mi mente, rumiante, cansina, imparable, taladrante, pero siempre en marcha….me miró, abrió los ojos muchísimo de nuevo y me regaló una sonrisa enorme.

Seguimos hablando y me contó, como en un viaje a la India, descubrió que la felicidad puede estar en un vertedero y cuanta soledad puede darte el dinero y el poder, porque hace muchos años, intentó ser empresaria, tuvo un negocio justamente en el sitio donde yo compré los productos a granel, era la misma tienda, los mismos productos, era ella. Le cambió el rictus facial mientras me explicaba las agonías que pasó para hacer frente al costosísimo alquiler de aquella zona, con unos productos con tan poco margen de beneficio y lo peor, que cuando el agua le llegó al cuello y quiso cerrar, le asaltaron diez abogados que gestionaban los locales para informarla del pastizal que debía por dejarlo antes de fin de contrato, estaba satisfecha con la experiencia, aunque sonaba horrible, porque había aprendido muchas cosas.

  • Eres tú, le dije.
  • ¿Cómo?, Me preguntó.
  • Nada, que no he llegado aquí por casualidad, tenía que venir, para saber por qué pesabas de forma tan precisa tus productos, yo tenía que conocerte, aunque fuese diez años después y no podíamos hacer nada por evitarlo.

No sé si entendió algo de lo que le dije, pero volvió a sonreír de nuevo y me sirvió otra copa más.

Al tiempo, volví a aquel lugar y le conté que viajaría en navidad a Nueva York, nuevamente la boca le llegó de oreja a oreja, porque acababan de salir de allí algunos miembros de la embajada americana y ella les contó que su abuelo emigró y vivió muchos años en Nueva York, hasta que regresó a casa con su familia.

Dicen que regalar un dólar da suerte, el día que me volvía de Nueva York, miré por la ventana, me quedé muy cerca de Wall Street, imaginé a su abuelo, con un chaquetón de paño, muerto de frío, agarrándose el sombrero (si es que como emigrante podía tenerlo), para que el viento frío de diciembre no se lo arrebatase, caminando por esas mismas calles con una montaña de horas de trabajo a sus espaldas. Saqué un dólar de la cartera, me senté en el escritorio de la habitación y se lo dediqué, lo escribí entero, cuánto podría trabajar su abuelo, por un dólar como ese, cuánto trabajó ella en aquella tienda, para que gente como yo, le juzgase.

Le perdí la pista y aún, guardo el dólar porque no he podido dárselo, o mejor expresado, estoy esperando que el destino me dé la oportunidad de dárselo, no me cabe duda, de que pasará.

¿Hasta qué punto crees en las casualidades? Cuantas veces, has conocido a alguien, con quien conectas en los primeros cinco minutos de conversación y quieres saber más y más sobre esa persona, quieres escucharle o te sientes totalmente identificado con muchas de sus vivencias o hasta con sus rasgos. Nadie pasa por tu vida, por casualidad. Yo tomaba cervezas con uno de los hijos de Marisol Ayala sin saber que lo era, mi madre recortaba columnas suyas, que guardaba y yo encontré muchos años después de morir mi madre y conocer a Marisol y ahora, escribo para ella y también, tomamos algún que otro vino, admitirlo es el primer paso.

Todo el mundo tiene algo que aportarte y está aquí ahora, mirándote, por algo. Ustedes me dirán, pero Carla, yo he conocido a gente mala, gente que me ha hecho mucho daño, claro que sí, a todos nos ha pasado y voy a usar para esto una frase de Alejandro Jodorowsky de su libro Cabaret Místico:

“Un ciego, de pie en medio de un desierto llano, se queja de no poder avanzar porque no encuentra obstáculos que lo guíen”

Esto nos enseña que cada persona o situación desagradable, es un obstáculo, un golpe, que duele, pero marca el límite y te devuelve al camino, que para cada uno es distinto y tiene que hacer el suyo propio. Si no tropiezas, seguirás impoluto, pero no podrás aprender, ganarás tranquilidad, pero perderás experiencia y la experiencia es lo único que podrá salvarte cuando no haya tranquilidad.

Para todos los que lean esto y me conozcan, sí, tenía que conocerte.

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Querido Quique

Será difícil que alguien iguale la más que brillante trayectoria deportiva de Quique Martínez, el hombre que situó a la natación canaria a nivel europeo y que nos ha dejado hace dos días. Quique, para los que no lo saben, que serán pocos, ha sido un grande de la natación. Amó tanto ese deporte como adoró a su mujer, la querida Filis, esa persona que siempre estuvo a su lado, la que vivía los éxitos de la escuadra de Quique como si fueran suyos.

Quique Martínez Marrero

Es fácil hablar del Quique conocido, el de las entrevistas, el entrenador del equipo nacional de natación, el que acudió a varias Olimpiadas con el equipo español llevando en su selección a nadadores canarios, el de los premios. Digo que eso es fácil, basta con tirar de hemeroteca y ver los innumerables logros deportivos de las estrellas de la natación que de su mano subieron al pódium. Pero no, hoy prefiero hablar del hombre íntegro, bueno, pasional y exigente que fue. La faceta personal de Quique era entrañable porque para sus nadadores fue entrenador, padre y consejero. Todos los días iba al Metropole. Llegaba con el entrenamiento de cada nadador en la cabeza. No permitía ni una salida de tono. Trabajar con adolescentes que solo queríamos terminar pronto y a casa no es fácil. Muchos intentamos engañarle alguna vez. Es decir, si él ordenada hacer 500 metros y podías reducirlo a 300, lo intentabas pero casi siempre te descubría. Entonces sonaba tu nombre y un pitito. Cazado. Otros 500 metros.

Siempre guardó la distancia, especialmente con los padres de las figuras que creían saber más que el entrenador. A él le debo que diagnosticaran mis jaquecas. Siempre me dañó el sol y en la piscina su reflejo en el fondo era un martirio. Nadaba con un ojo cerrado para protegerme. Nadie se había dado cuenta así que un día me pregunto y le conté. ”Dile a tu madre que te lleve al médico”. Ahí descubrí las gafas de sol. A veces lo recordábamos.

Con Quique tuve una relación muy más cercana cuando ya alejado de la natación me proponía que escribiera de esto o de aquello y yo, que lo respetaba tanto, intentaba contentarlo. Un día quiso escribir un libro sobre natación y se vino a La Provincia. Venía cada día. Desconozco si lo terminó. Sea como sea recuerden que su vida representa los años de oro de la natación canaria. Por aquí lo sabemos bien.

Con libro o sin libro

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