La escuela sonora

Marisol Ayala

El 15 de febrero de 1965 una voz de mujer anunció el nacimiento de Radio Ecca; ella y otros tres docentes ejecutaban así la idea de un jesuita que se empeñó en usar la radio contra el analfabetismo en Canarias. Habrá que decir que gracias a Antonio Torres, Maru Alburjas, Mari Sánchez y José M. Sáez en los años sesenta / setenta los canarios hallaron en ese dial una luz en la oscuridad de la cultura básica, de las cuatro reglas. Canarias vivía en el analfabetismo. Estos días Ecca cumple 53 años de existencia. Esos cuatro docentes y otros tantos, fueron el brazo ejecutor de aquella idea revolucionaria que en 1962 trasladó a Gran Canaria el jesuita Villen Lucena y que pretendía “enseñar a leer, escribir y hacer las cuentas” por la radio; con el profesor dictando lecciones en un lugar de Las Palmas de Gran Canaria y el hipotético alumno escuchándolo en un chamizo de Tejeda, pongamos por caso.

Ecca debutó con 277 alumnos captados en parroquias, barberías, de casa en casa, hasta alcanzar miles que a lo largo de los años muchos acabaron siendo profesores de la emisora que nunca traicionó su ideario; ni publicidad, prioridad a los desfavorecidos y máximo respeto al alumno que llamaban “señor o señora alumno / a”. Ellos contaron así los inicios de una aventura en la que no creían. “Teníamos veintipocos años, así que cuando Villen explicó que en Córdoba había implantado eso de dar clases por la radio nos moríamos de risa. Si en ese instante nos dicen que esto iba a funcionar 50 años no lo creemos”. Y así fue. Cuando en 1962 llegó a Canarias se acercó a personajes con poder económico. A ellos les habló de iniciar una obra social, impartir clases en zonas de analfabetismo, pero se guardó bien mencionar que no lo haría a través de una emisora.

Aunque le ayudaron no fue lo suficiente para hacer realidad lo que quería; una emisora vehículo de cultura. Entonces alguien le dio un consejo, hablar con la marquesa de Arucas “que le gusta ayudar a los demás…”

Ella aportó un cheque de 2.000.000 de pesetas del año 1964 y ya entonces Villen buscó maestros jóvenes, con ganas de trabajar y ganar poco. Así que el día 15 de febrero de 1965 a las 6 de la tarde se escuchó por primera vez una voz en Radio Ecca. Era una mujer. Era Maru: “Muy buenas tardes, señor alumno”.

La maestra estaba en la radio. Revolucionario.

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Vuelve el Guaca

Marisol Ayala

Otra vez El Guaca, M. A. Rodríguez Rodríguez, histórico del narcotráfico en Canarias, en los papeles. Personaje que a golpe de delito esculpió la leyenda del traficante de barrio desde su cuartel general en la ladera de San José, ha vuelto. En los años 90 arropado por toxicómanos que daban lo que les quedaba de vida por el jefe. Fue el Dios de la droga. Cuando estos días su nombre ha vuelto a copar titulares, he recordado episodios que tenía olvidados.

Siendo un pibe, con unos 20 años,  El Guaca se metió de cabeza en el narcotráfico desde su zona de confort, San José, más tarde, casoplón al que los periodistas soñamos con visitar algún día. Un chabolazo construido con todas las comodidades e ilegalidades posibles. Para  los que seguimos sus pasos entre sucesos y tribunales El Guaca siempre fue garantía de titular. En una ciudad en la que las chabolas abrieron la puerta a los supermercados de la droga, El Guaca encarnó el poder de la miseria. Compraba, vendía, amenazaba y se enfrentaba a quienes osaban merodear por su terreno. Todos sabían a qué dedicaba el tiempo libre; su poder llegó a controlar más allá de lo que él imaginó pero la provocación, las idas y venidas de toxicómanos a “tienda” fue lo que encabronó a padres y vecinos de San José de tal manera que un día armados con palos fueron subieron la ladera y arremetieron contra El Guaca y los pobres toxicómanos, zombis, enfermos, que mendigaban desesperados su dosis de muerte. La Delegación del Gobierno intentó frenar la situación pero “chapaban” un garito y abrían diez. Mucha, demasiada demanda. Martín Freire, a dos pasos de San José, también formaba parte del universo Guaca. En ese contexto de carreras nació entonces un movimiento, Plataforma Ciudadana Contra la Droga, que aglutinó vecindad y padres. La movida la lideró un vecino con menos cabeza que un alfiler plano. Lo cierto es que entre todos vimos crecer a una trituradora de vida. El Guaca. La policía dio largas zancadas por aquellas laderas pero detenerlo era complicado. Su bunker era infranqueable y sin pruebas no hay paraíso. Pero cayó.

Los que tenemos años y memoria recordamos uno de sus primeros juicios. 1992. Su llegada a la Audiencia Provincial fue un baño de multitudes. Se rodeó de familia y seguidores que repartían manotazos a todo periodista que intentara disparar la cámara. De esos tumultos hay una frase que revela la personalidad del fulano. “Si quieren fotos nuevas que las paguen”.

Lo dicho, una trituradora de vidas.

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Tú, te, ti, contigo

Carla Sánchez

Hacía muchísimo frío y llovía, era el día perfecto para pasarlo con una manta, pero esos días pueden repetirse cuando quieras, esos no son tus días. Me vestí, me abrigué, cogí mi cartera, las llaves y el móvil en modo avión, pues sólo lo usé de reloj. Eché a caminar unos pasos y la guagua que necesitaba coger, llegaba y me llevó hasta mi primera parada.

Hay un sitio en esta ciudad que para mí personalmente tiene algo que respiro al entrar, pasa por mis fosas nasales, llega a los pulmones y se envía una orden a mi cerebro para hacerme saber que estoy en casa, no quiero hacer publicidad, pero “La Casa Suecia” es un lugar tan mítico, donde merendé tantas veces de niña y donde ahora adoro ir a desayunar y leer. Cuando te sientas allí, tienes la sensación de que estás en una cabaña y fuera está nevando, aunque sea agosto. Allí tomé mi desayuno despacio, mientras leía y junto a mi mesa se sentó una mujer de unos cuarenta y pocos años que gritaba bastante al hablar y estaba contándole a un señor mayor su vida:

“Yo le pedía permiso para todo, la casa tenía que estar limpia, la comida hecha, la ropa planchada, no tenía ni voz, ni voto, ni dinero y encima, si los niños cuando fueron creciendo, hacían alguna bobería, la pagaba yo…y la pagaba bien, por eso me separé y ahora tengo mi sueldo, mi casa, mi vida, no doy explicaciones a nadie (por fin respiró, pues lo dijo todo seguido, como quien necesita vomitar una pena)…¿Usted sabe lo feliz que soy yo ahora conmigo misma?”

Yo, conmigo misma

Como siempre, no escuché esa conversación por casualidad, la escuché en el día que había decidido pasar conmigo misma. Al salir, el tiempo había mejorado, vi el escenario del carnaval, que, aunque esté vacío sin público, me suele dar un chute de energía y alegría, tanta, que eché a andar hasta la puntilla y avancé por los vestigios comerciales que aún quedan en la ciudad, esos establecimientos que no han cambiado nada, lo más que se adaptaron a los nuevos tiempos fue poniendo el 928 delante del número fijo. Esas tiendas de telas, pijamas o tecnología estaban aquí cuando los extranjeros se sacaban fotos con Lolita Pluma y grababan con una super 8 la playa, para acabar cenando en Juan Pérez y tomarse una copa en La Bella Época o el Britania, cómo tenía que alucinar esa gente al llegar a un lugar tan recóndito y tan cosmopolita al mismo tiempo.

Decidí meterme en el papel de guiri y la mejor forma era subirme a la guagua turística. Con mis auriculares puestos, escuché las hazañas de Juan Rejón y como Néstor Martín-Fernández de la Torre, proyectó cerca de los jardines del Hotel Santa Catalina, lo que ahora es El Pueblo Canario, finalizado por su hermano Miguel, ya que Néstor murió bastante joven, sonreí al pasar, porque hace bien poco se descubrió en sus obras de rehabilitación, lo que parecía ser una cámara masónica, curioso y valiente, el atrevimiento de construir algo así en ese tiempo.

Todo este recorrido lo pasé sola, pensando en mi y las cosas de las que he sido capaz, pero las he hecho siempre por inmediatez, porque es lo que toca y eso no me ha dejado ser consciente de todo lo que he logrado por mi misma, porque siempre me ha parecido necesario, inmerecido, obvio.

Llegando a Vegueta, decidí volver a ser canaria y bajarme de la guagua. Hacía mucho frío para seguir paseando y divagando, así que me acerqué al cine Monopol y pedí una entrada para la película que acababa de empezar, sin saber cuál era. Por suerte era una comedia, pero iba sobre una boda, ¿Qué hago yo aquí?, pensé. Realmente esa boda era el escenario de fondo para reflejar la vida de un hombre de mediana edad, perdido, desbordado, estresado, infartado durante toda la película porque el banquete salga bien, incapaz de delegar, que lo quiere siempre todo perfecto y esa perfección tiene como destino al resto, porque para él, sin embargo, no hay tiempo nunca. Ese hombre era yo.

Al salir, vi en el cartel que el título de la película era “c´est la vie” (así es la vida) y no podía poner un final mejor a mi día, porque sí, así es la vida, sólo TÚ puedes saber cómo te sientes en cada momento, si TE escuchas, sabrás lo que necesitas para ser feliz, además, todo el tiempo del mundo es poco si es para TI y es CONTIGO con quien pasarás el resto de tu vida, quieras o no.

Esto no es una oda al egoísmo, así es la vida, los demás existen, pero primero, tú, te, ti, contigo.

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