La niña que no veía bien

Era una niña de seis años. Sus padres vivían en Zárate, papá auxiliar de clínica, Alberto, un buen hombre y mamá ama de casa. Su pequeña sufría estrabismo y los padres querían corregir esa alteración que afectaba a su visión y a su estética; así que con miedo porque en los noventa esas operaciones implicaban un riesgo que hoy no existe, dieron el paso. Eligieron a un oftalmólogo que operaba en una clínica privada. Sería una intervención sencilla. Un par de horas y a casa. Llegó el día y la madre aguardó pacientemente en la sala de espera mientras la niña estaba en quirófano; el tiempo transcurría y nadie explicaba la razón de la tardanza. Cuando había pasado cuatro o cinco horas apareció el cirujano. Algo había ido mal; la enferma no despertaba y llevaban horas intentando reanimarla. No hubo suerte. La niña había recibido más anestesia de la aconsejable y no respondió. La pequeña era un vegetal. Sabían que estaba viva porque respiraba. Con el dolor que se imaginan se la llevaron a casa después de permanecer ingresada unas semanas. A partir de ese momento los padres se enfrentaron a un infierno que incluía cuidados especiales y gastos, es decir, silla, cama articulada, pañales, comida triturada. Recuerdo ir a su casa y ver la impotencia de aquellos padres. Eran tiempos en los que los médicos eran vacas sagradas a los que nadie hacia frente.

Un amigo llamó al abogado Fernando Sagaseta (DEP) expertos en atropellos sociales que llevó la defensa. Estuve en la primera reunión entre abogado y padres. Alguien tenía que responsabilizarse de lo ocurrido. Había que publicar lo noticia: “Una mala práctica médica deja en estado vegetativo a una niña de seis años”. Esa publicación puso en pie de guerra a la clínica y a los responsables de intervención alegando que el periódico había dañado su imagen. Del estado de la pequeña hablaban poco. El otro paso fueron los tribunales que después de años de lucha le dieron la razón en el Supremo. El anestesista fue amigo de adolescencia y aunque él nunca me presionó si lo hizo su entorno. Cargaron contra la periodista por publicar lo sucedido. Su pretensión era alcanzar un acuerdo económico con la familia lejos de los tribunales pero así, no. La justicia tenía que velar por los derechos de la enferma.

Una década después publiqué la condena millonaria pero no fue consuelo para unos padres a los que les destrozaron la vida.

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La lata de mantequilla

Carla Sánchez

Cuando era pequeña, fui una pesadilla para comer, mi madre era una buenísima cocinera que siempre tenía la mesa llena de gente, pero hasta que yo fui cogiendo fundamento culinario, las pasó canutas para que me comiese un triste plato de sopa. Ahora las cosas han cambiado y mucho, paré de crecer a lo largo para centrarme sólo en lo ancho y como de todo, es más, puedo clasificar mi afición a la cocina como un placer, me encanta cocinar, comer y beber, casi tanto como viajar o escribir, alguno que me conoce, va a leer esto, mal pensado, dirá por dentro, “beber es lo que más te gusta, que nos conocemos”.

Hace semanas me vi frente a este bote de mantequilla en un supermercado, me lo pensé durante algunos minutos, mis analíticas siempre son combinación ganadora con reintegro y complementario, imaginé a mi hermana echándome la bronca porque no me cuido, pero es que un bote como este, fue testigo y culpable de mi madurez temprana, así que pasé de todos los consejos de saber vivir y me lo llevé a casa.

Como ya dije, yo era malísima comiendo, pero toda regla tiene su excepción y yo abría mi apetito al mundo siempre que comíamos en un restaurante (preferencia estrella por las tapas en una barra) o me invitaban a comer en otra casa. Mi madre se indignaba, por un lado, pero por otro, cansada de escuchar la palabra anemia en el pediatra, con tal de que comiese, cuando me daba por algo, me dejaba darme un festín sin límites.

La lata de mantequilla

Algunos años, mientras fui pequeña, todas las tardes, mamá visitaba a su amiga Paca. Ella y su marido, eran buenos amigos de mis padres y entre los cercanos eran conocidos como Tata y Cacú, para más señas, “Cacú el cuartapan”. Cuartapán es una referencia-título nobiliario de los típicos en barrios y pueblos, que, según contaban mis padres, tiene su origen en los padres de Cacú, que regentaban una tienda de aceite y vinagre, donde te servían con lo que pidieses para beber un cuarto de pan.

La casa de Tata, era la sede de Europa Press de este barrio, de hecho la puerta sólo se cerraba de noche y allí, se reunían por las tardes todas las vecinas para arreglar el mundo, dar golpes de Estado, contrastar noticias, acordarse de los muertos de alguien o suspirar deseando tener veinte años menos, cuando Andoni Ferreño salía en el telecupón. ¿Qué pintaba yo tan chica en ese cuadro? Pues ciertamente nada…pero era demasiado chica para quejarme y mi madre empezó a notar que ganaba peso (siempre estaba en los huesos) y mejoraba a medida que pasaba tardes en casa de Tata. El secreto era simple, Tata se pasaba la tarde entera dándome trozos de pan de matalaúva untados con mantequilla del Castillo y los alternaba de vez en cuando, con trozos de chocolate Tirma con almendras. Ante este panorama, como comprenderán no iba a quejarme y pasaba la tarde poniéndome ciega y escuchando historias de todo tipo, allí se lloraba, se reía, se escandalizaban, se recordaba y para completar un debate serio, obviamente se criticaba. Estas historias, seguramente me hicieron “vieja desde pequeña”, pero yo las recuerdo con muchísimo cariño y nitidez.

Tata tenía hijos y nietos a los que adoraba, pero sentía algo especial por mí, siempre me dejaba la pintura de labios marcada por todos los cachetes. Siendo muy pequeña, me dio una crisis convulsiva y cuando se enteró estaba en su casa descalza, lo soltó todo y descalza llegó al hospital. Nunca me faltó su regalo por el día de Reyes como a una nieta más y me gustaba escucharle, porque exageraba todas las historias y eso nos hacía mucha gracia. Cuando se fue no pasó inadvertida para nosotros, Tata y Cacú están en casi todas las historias felices de la infancia de mis hermanos mayores y también, como ven, en las mías.

Estoy escribiendo este texto mirando la lata de mantequilla para sentirme niña de nuevo, como la miraba mientras escuchaba la vida de medio barrio, a la espera de que las manos, con manicura esmerada de Tata, terminasen de untarme el siguiente trozo de pan. Una vez, alguien que cree en la reencarnación me dijo, para convencerme de que existe, que yo, era una persona “muy vivida”, no tengo tantos años como para serlo, lo que sí es seguro, es que he sentido la vida de otros, casi tanto como si fuese mía.

La lata de mantequilla se está acabando, como todo lo consumible, todo lo material, pero las tardes en casa de Tata y todas sus protagonistas, pese a que ya no están, seguirán conmigo para siempre.

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Canarios en un país al borde de la guerra civil

La esperanza aún está en la calle, en padres y abuelas que por primera vez se manifiestan contra Nicolás Maduro

Testigos y víctimas de lo peor de un paraíso acogedor que recibió a miles de emigrantes de las Islas y se ha convertido en un infierno

Manifestantes en Caracas protegiéndose de la carga policial

Desolación y miedo. Entre esos dos sentimientos se mueven los canarios y sus descendientes, que están siendo testigos y víctimas de la peor Venezuela, un país al borde de la guerra civil, con una situación límite de la mano de gobernantes que ejercen el poder como pollos sin cabezas. Un país de pesadilla. A rienda suelta. Sin norte, en el caos, en el temor. El miedo de los nuestros en la Octava Isla es tal que de las más de 20 personas con las que he hablado estos días en Isla Margarita, Puerto La Cruz, Caracas o el Estado de Vargas para sondear su situación, todos, salvo una mujer, han pedido omitir sus nombres y apellidos. “Aquí hay persecución”, dicen. Si elegimos algunas de las frases pronunciadas por los entrevistados las hay hasta de esperanza: eso sí, una sola. Aunque una esperanza a largo plazo, tal es el caso de Ángela Molina, cuyo padre nació en Gáldar y emigró a Venezuela, donde ella nació. “Venezuela resurgirá, no tengo la menor duda; los jóvenes universitarios, los abuelos, las mamás que nunca han salido a protestar están ahora en las aceras haciendo presión contra el gobierno. Se han echado a la calle. Esa presión no hay gobernante que la aguante y no te cuento si hablamos de la fuerza que tiene el hambre. Es duro ver cómo los hijos y los nietos no tienen qué comer, que carecen de todo. La protesta de abuelas y padres es muy tenaz y eficaz”, aunque no saben si servirá para algo. Hace dos años que Ángela retornó a Gran Canaria; una decisión impulsada por la violencia que domina el país y que sufrió dos veces en primera persona haciéndole temer por la vida de sus hijos.

“Se metieron en mi casa de Caracas varios encapuchados”, dice. “Estuve 6 horas encañonada”. Reconoce que su actual situación económica en Canarias le permite unos lujos que otros emigrantes isleños no tienen. Dos o tres veces al año viaja al país para ver a su gente, otear la situación y “paliar en la medida que pueda la falta de medicamentos o leche para bebés; en fin, una larga lista de carencias que tratamos de cubrir entre nuestros conocidos. En Venezuela no encuentras ni paracetamol. Imagina”, relata. Su corazón está allá, con los suyos, los que dejó en la Octava Isla. Se pasa el día pendiente de las redes y se sorprende de que un tuit (está muy presente en esa red) que informa de un acontecimiento crítico sea superado a los pocos minutos por otro que eleva la gravedad de la situación.

Cuando Ángela habla acerca del origen en que sitúa el principio del fin del Estado de Bienestar venezolano, sobre cuándo fue consciente de que su país transitaba en dirección equivocada, no tiene dudas: “1989 con El Caracazo, el juicio a Carlos Andrés Pérez y la llegada al gobierno de Hugo Chávez en todo su esplendor. A partir de ahí, Venezuela se convirtió en un país a la deriva y hasta hoy”. Pese a todo, se niega a caer en el pesimismo.

Salvador, de 69 años, vive en Isla Margarita y tiene cuatro hijos de tres mujeres y el miedo metido en el cuerpo. Llegó a la isla caribeña porque su padre tiró de él y luego de sus hermanos, niños y adolescentes, a los que había dejado en El Hierro hasta buscar casa y un trabajo en el país latinoamericano. “Es que en aquellos años”, recuerda, “en Venezuela el dinero corría, el trabajo sobraba y la gente era feliz. Después vinieron mis hermanas y ya hicimos una piña y vivimos todos juntos aquí. Unos en Puerto La Cruz, otras aquí, en Margarita, y otras en Caracas. Mire usted, las fiestas en fechas grandes como Navidad o un cumpleaños eran una cosa muy linda. Por ahí tenemos fotos todos juntos; recuerdo que mi madre hacía un ponche que nunca he olvidado, ninguno era igual al que ella hacía; fueron los sabores de nuestras adolescencia. Fiestas que nunca se repetirán”. Salvador es todo nostalgia: “Ahora esto es una prisión: ni hay libertad, ni hay comida, ni hay alegría, ni hay dinero… Hay tristeza. Y miedo, eso. Cada día voy a la cola para agarrar unos panes pero a veces estoy cuatro horas allí y cuando me toca la vez ya no queda nada. O la leche. Tengo una nietita de cuatro años y no todos los días comemos. Yo puedo pasar, pero ella no. ¿De todo lo que veo qué es lo que más me anima? Que la gente se ha botado a la calle y eso es importante porque ya no son solamente los jóvenes. Y que hasta los que estaban con Chávez antes y con Maduro hoy están en la calle con protestas. Amiga, aquí hay hambre y el hambre de unos hijos puede más que cualquier arma. Mucho más. Yo planto alguna cosa, berros o hierbas, y hago caldo, le echo papas y de ahí saco algo caliente. Dichosos los que viven en Canarias”, termina.

Todos cuentan las lágrimas del consejero de Empleo, Comercio, Industria y Desarrollo Socioeconómico del Cabildo de Tenerife, Efraín Medina (CC), cuando, recientemente, en un emocionante discurso lloró recordando las miserias que sufrió su familia en Canarias y que paliaban sus familares desde Venezuela en los años 70. “Tuve que emigrar a Venezuela en 1975 pero siempre recuerdo el cheque que desde allí venía por Navidad”, recordó Medina, que agregó: “Los hermanos de la Octava Isla piden que no les olvidemos y están clamando libertad y justicia”.

Francisco. Vive en el Estado de Vargas y fue de los últimos canarios que llegaron a Venezuela como emigrante. “Llegué un viernes, el 11 de mayo de 1970. Había tanto bienestar que cada tres años viajaba a La Gomera para ver a mis padres. Con 28 años monté una especie de restaurante donde vendía arepas y me iba muy bien. Pero yo no conocía el negocio y acabé quitándolo aunque vivía de otros trabajos, y mis tres hijos sobrevivían bien pero, poco a poco, con los años, todo se fue viniendo abajo. Llegaron unos políticos que no estaban preparados y se lo digo yo, que a pesar de todo le voté tres veces a Chávez porque prometió ayudas, cambiar lo que ya venía mal y al final? ya sabe cómo acabó todo”. Dice que nunca pensó ver esta Venezuela “donde los niños no tienen ni para desayunar y eso es horrible. Yo no soy optimista, no creo que viva para ver un país mejor. Las instituciones son calamitosas y los gobernantes un desastre. Los padres y los abuelos no comemos para que puedan comer nuestros nietos, nuestros hijos. Más espero una guerra civil que un progreso y eso, el enfrentamiento entre hermanos, es mi pesadilla. Personas muy mayores que no tienen medicamentos, ni comida, ni nada. He perdido la esperanza y si pudiera regresaría a Canarias pero es muy costoso y mi familia en Canarias tampoco puede acogernos. Somos un pueblo masacrado, asustado, que sobrevive en un túnel sin salida”.

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