Tener hijos

Marisol Ayala

El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) ha hecho público un estudio según el cual en España nacen menos niños y mueren más personas mayores. Recuerda el estudio que el bajón de natalicios nos pone a la altura de la España de 1941, que no es poco. Es decir: una parte de  la población envejece y muere en tanto que otra, mujeres jóvenes en edad de maternidad, en parejas o no, se lo piensan tanto para ser mamá que cuando hacen números rechazan la maternidad y no por capricho, no, sino porque hoy traer un hijo al mundo se ha complicado tanto con trabajos en precario, sueldos escasos etcétera, que mejor lo dejamos. Sin un plan gubernamental que incentive la maternidad con ayudas socioeconómicas traer hijos al mundo, al menos en la España actual, es una heroicidad. Sin  una población laboralmente activa las pensiones, y en consecuencias otras tantas cosas, están en peligro; no hay más que hacer una simple operación matemática y el resultado es inequívoco.

Lo cierto es que la migración, esa que algunos desprecian, la misma que usa la derecha frente las urnas, es la que gracias  a sus mujeres han colaborado este año al incremento de la natalidad: uno de cada cinco bebés nacidos en España en la primera mitad de 2018 es hijo de una madre extranjera; el preocupante descenso se ha registrado entre las mujeres españolas. En la década anterior  mejoró mucho el balance vegetativo pero ahora que la inmigración ha descendido resulta insuficiente para compensar la mortalidad. Y no hay más cera que la que arde. Así que ya saben los gobiernos; no les cierren puertas a los que traen una riqueza social, la maternidad, que nosotros no somos capaces de generar. Cuando en un parque ves a un persona mayor jugueteando con una joven de otro país que habrá dejado en el suyo una vida, una familia, una ilusión, algunos los miramos con gratitud otros les miran con desprecio. Así de ingratos y torpes somos.

Otra lectura que ofrecen los datos del INE es que la crisis económica ha repercutido decididamente en el número de nacimientos entre los españoles. La crisis redujo mucho más la natalidad entre trabajadores temporales que entre asalariados con contratos fijos.  Lógica aplastante.

Resumiendo que con ese cuadro ¿quién piensa en pañales? Pese a todo la población en España, unos 46,6 millones, sigue creciendo, también gracias a la inmigración, ojo.

Pues ya ven, las cosas no son como nos cuentan, son cómo son. Los necesitamos.

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No quería dormir con él

Marisol Ayala

Debió ser a principio de los noventa. Fue la primera mujer que yo recuerde que contó en estas mismas páginas la violencia física que su marido ejercía sobre ella. Entonces te imponía ver como una mujer sin otras armas que su verdad, cuestionada como no podía ser de otra manera, se presentaba en un periódico para poner freno a una situación sin límites. Se llamaba Lola y vivía en uno de esos edificios donde la banda sonora son gritos, discusiones, música sin tino y un inequívoco olor a pobreza. Siempre digo que la pobreza huele; huele a potaje de esos que se pone al fuego con lo que haya. En estos días el foco mediático se ha parado en una cruz del calendario señalado como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de manera que hemos escuchado a mujeres de todas las edades relatando el infierno de la violencia sufrida. Algunas han recordado cómo temblaba camino de la Comisaria de Policía. Ya había algún Centro de la Mujer en Las Palmas de Gran Canaria donde las víctimas eran asesoradas. La mujer a la que recordé huía de un marido que cada vez que lo amenazaba con denunciar su maltrato se ponía al volante y le perseguía allá donde fuera. Ella desarrolló una curiosa forma de burlarle; llevaba un vestido en el bolso que usaba durante aquellas persecuciones. Con eso y un sombrero estaba irreconocible. Era enfermera y tenía dos hijos. Durante años recibió golpes, amenazas de atropellos, insultos, todo lo imaginable. Le tenía pánico pero el día que de una paliza casi pierde un ojo fue a casa de su hermana y con ella tiró por este orden, primero al médico y luego al periódico. No era fácil publicar una información de ese tono por varias razones, había que presentarle al director del periódico un documento que avalara su denuncia en comisaría y aun así, el riesgo que corría la denunciante no era pequeño. Más de una vez aconsejé a las víctimas que no dieran el paso de ir a la prensa, mejor al juzgado, que su vida estaba en peligro.

Pero Lola era valiente.

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En la misma piel

Marisol Ayala

En Las Palmas de Gran Canaria está a punto de constituirse la Asociación de Adoptados, niños que ya no lo son, claro. Fueron coincidiendo y una vez se sinceraron confirmaron que tenían el mismo origen, la adopción, y le dieron vueltas a la cabeza. Hombres y mujeres. Entendieron que habiendo tenido la ilusión de compartir una familia numerosa, unirse,

era una buena idea, tal vez cubrir un vacío de los centros de acogida. La mayoría fueron adoptados por matrimonios sin hijos o como mucho con uno. Los impulsores de la asociación tienen edades por encima de los 40 años. Conocí a tres componentes que me contaron su intención y tuve curiosidad por saber algo más. Y entonces supe que es tal el agradecimiento que tienen a sus padres adoptivos que si siendo adolescentes ocultaban sus orígenes hace tiempo que la gratitud a los papis que los rescataron de la incertidumbre merecen saber que nunca les cambiarían por nadie.

Hasta tal punto, que se plantean en el primer encuentro organizar una especie de fiesta sorpresa en la que solos en la intimidad de invitados seleccionados agradecer el cariño el cobijo y el compromiso que asumieron.

Los adoptados tienen recuerdos frescos de los días en los que conocieron a sus padres. Sus relatos están llenos de emoción. Muchos recuerdos. Pero la magia ha posibilitado que la mayoría no quiera pasar la línea roja de los recuerdos. «Yo tenía nueve años y estaba en un centro de acogida en Barcelona. Lo que más grabando tengo de aquellos años ha sido el patio, el olor a barniz y el sonido de la campana», cuenta quien hoy vive en Canarias y cuida con esmero a quienes son sus padres. Se los come a besos. Tiene 49 años, dos hijos y una gratitud enorme. «De mi madre biológica no tengo ni un recuerdo. He sabido que tuvo siete hijos y pidió ayuda a Menores de Galicia. Allí entré con dos años hasta que un día, cuatro más tarde, me sacaron de clase. Un hombre y una mujer me subieron a un coche y pronto supe que viviría con ellos».

Una mujer, hoy madre de dos niñas, dice que la primera vez que salió de Madrid fue para viajar a Las Palmas Gran Canaria. Viajó con una señora, su tía adoptiva .No sabía cuál era su destino pero con nueve años era lógico. Eso sí, lo que cautivó a la pequeña fue la playa.

Era la primera vez que veía el mar y estrenaba una nueva vida.

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